Amor de fútbol

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Yo que odio el fútbol, lo aplaudo desde que se juega en canchas sin público, donde veintidós jugadores se rompen el alma como si fuera un partido de los de antes con miles de personas gritando, chillando, pataleando, dejándose las lentejuelas de la imbecilidad y ellos, los futbolistas, impelidos por los alaridos corrían y corrían hacia la portería contraria, hacia donde fuere, al infierno si era necesario.Desde que una pandemia china nos ha convertido en monos de feria que tenemos que llevar una vida sujeta a un estricto reglamento (distancia de una persona a otra, mascarilla, no alborotarse, etc. etc.) me he reconciliado con el fútbol porque me ha demostrado que el amor existe sin amor.

Basta con que usted quiera amar a la vecina del tercero A, lo único que tiene que hacer es imaginarse todo lo que quiera. ¿Por qué este amor sin declaración, sin cortejo, sin pasión siquiera a veces, sería más imbécil que oír cómo veintidós hombres hechos y derechos, en general millonarios, corren por un césped en el que el único ruido es el de sus botas de oro, mientras que en sus cajetines los periodistas, todos de la radio, claro, comentan entre ellos, siguen las jugadas en voz alta, se cabrean, hacen como que están entusiasmados. El fútbol, ese juego de millonarios, nos ha descubierto la piedra filosofal. El que no ama sin necesidad de ser correspondido es porque no quiere. Hay que seguir el guión de las radios cuando transmiten un partido donde no hay público, donde los jugadores deben aburrirse como cangrejos en lata, donde todo es mentira. Cuando meten un gol los únicos que lo ven son los periodistas de servicio, que berrean, como cuando en los buenos tiempos miles de aficionados se desgañitaban. Este fútbol de pandemia ha inventado el orgasmo virtual. La otra noche, un gol que magistralmente describía uno de esos periodistas o como se les quiera llamar, porque ahora se han convertido en actores secundarios, me hizo pegar un bote casi mortal de la cama y por un momento estuve a punto de descargar todos los gritos que mi alma encierra desde hace años por la ventana.Es el fútbol moderno. Como moderno es el amor unilateral que han inventado sin quererlo. Porque si tienes un poquillo de suerte, de una ventana a otro de estos edificios que ahora parecen tocarse pecaminosamente, puedes comunicar tu entusiasmo contrahecho con una señora de al lado, que no le gusta el fútbol, pero se aburre y al verte sonreír sonríe. Y así nace el amor.

Prueben y verán. El único inconveniente es la mascarilla, que hay que quitarse en esos momentos, lo mismo que los futbolistas juegan a cara descubierta, como machos de a millón de euros por partido. Luego ya es cuestión de paciencia. Hay que esperar que pase la pandemia. Y un día, a la salida o a la entrada de la tienda te encuentras con la vecina, con la que tantos orgasmos futboleros has compartido durante tantos meses, porque el bichito chino no ha venido de vacaciones, sino para un buen rato.

Ella te reconocerá en seguida, hasta es posible que se le salten las lágrimas y con vuestras máscaras –que no importan porque el verdadero espejo del alma son los ojos, o las gafas—entablareis una conversación que seguirá mientras esperáis educadamente para coger una lechuga y luego la acompañas en busca de unos calamares que recuerdan al bicho que nos persigue, pero qué importa. Cuando hayáis salido ya habréis tomado cita para el día siguiente. Y así durante el tiempo que os parezca prudente, porque el amor es como el fútbol de las estrellas, hay que ensayarlo, probarlo, evitar las heridas y seguir corriendo entre el papel higiénico, las compresas, la crema de afeitar y el jabón que está a precio de gol.

Un día os daréis cuenta de que os queréis. Os habéis ganado el amor con las voces de los comentaristas que siempre parecen a punto de fallecer de emoción, de un orgasmo balompédico. Pero será vuestra emoción. Y otro día, hablareis de vuestras cosas, de que vivir solos con este estado de guerra es una lata. Ella te invitará a tomar café con mascarilla. Y cuando la guerra haya terminado, un día os cogeréis por la mano e iréis al estadio que os enamoró. Subiréis a las cabinas de los comentaristas, sí, esos que parece que les va la vida en un gol, en un córner mal tirado o en un penalti desviado. Pediréis permiso y os abrazareis a los hombres que consiguieron que os amareis.

Por esto me gusta tanto el fútbol de la pandemia y de la pandereta.