La firma del notario

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal  Jr.

El notario parecía salido de un libro de Balzac. Enorme, una mole, simpático lo suficiente para que te olvidaras de que una firma suya estampada en cualquier acta rellena de fórmulas que la mayoría de los humanos no entendían,  valía más que veinte mil ejemplares de cualquiera de las novelas de su cliente.Por el momento andaba dando vueltas por el despacho explicando precisamente al escritor el cómo y el porqué de los garabatos suyos que valían oro.-Cuando decidí hacerme notario tuve un profesor muy práctico aunque quizá un poco demasiado realista. Yo estaba ensayando firmas para mis futuras actas porque lo que la gente quiere cuando viene a vernos es que quien vea la estampilla del notario comprenda que quien sabe escribir así no puede tener más que poderes sobrenaturales.La entrada de otra cliente, una mujer de apenas 40 años, esbelta, rubia, con unos ojos bellos y atrevidos, cortó la demostración.Le dieron un papel para firmar por el que confesaba dejar todas sus pertenencias a tal y cual persona.En espera de que fuese su turno, ella parecía divertirse enormemente porque el notario había concluido brillantemente por qué había elegido una firma fuerte pero simple:

 

 

-Evita la artritis y cuando se tienen que firmar decenas de actas al día es como una cura en un establecimiento de talasoterapia.

Salió como había entrado, deslizándose sobre unos zapatos marrones que, saltaba a la vista, habían sido confeccionados por un artista del pie.

La señora que había entrado se sentó a medias en la mesa suntuosa, dejando que las piernas adorables (eso pensó el escritor) embriagaran a cualquiera, y dejó en la mesa unos papeles, sin dejar de mirarle.

El no se pudo contener:

-Me gustaría saber escribir como el ilustre notario.

– Pero si el pobrecito se aburre estampando constantemente su firma.

– Y cobra una fortuna cada vez que lo hace, replicó con rabia y envidia.

Ella dijo que hacía calor y él, en su cabreo inacabable, susurró algo como “¡Menudo cabrón!”.

La mujer se rió y entonces él se fijo en que llevaba un traje, de calidad parecida a las firmas de su patrón, de un amarillo que desde que amó a Van Gogh le volvía loco.

Hablaron de colores. Y de pronto ella dijo:

-Yo ya he terminado así que me bajaré a un bar que está oculto en aquel hotelito que siempre parece vacío, y lo está, y me tomaré un vermut, o dos, o los que encarten. La patrona, que tiene 92 años, sigue confeccionando los mejores vermuts que pueda usted imaginar. ¿Me acompaña? Yo invito, si no le importa que una mujer se adelante.… Se lo propongo porque me gustaría hablarle de sus libros. Debo confesarle que los adoro, sobre todo “Ojos verdes”, que encontré en un mercadillo por un euro… Es una historia muy triste y siempre me he preguntado si esa niña resucitara de una manera u otra… Bueno, no me haga caso porque soy muy peliculera.

Reía como una muchacha que ha hecho una locura o que parece dispuesta a hacerla.

-No sé si ya con mi edad me servirán un vemut…

– Ya he visto en su documentación que tiene usted 73 años, que es escritor, que no es rico, y que adora las mujeres…

Cuando se sentaron en la salita del hotel que estaba construida como una cueva, un refugio, ella le preguntó:

-Me sé su vida de corrido pero no he entendido cómo una persona de su calidad ha venido a aterrizar a una isla africana como esta.

Ya se habían tomado dos vermuts que a los dos les supieron a algo más que gloria. Unas aceitunillas verdes y de un gusto inimitable jugaban en un platillo.

– La señora dice que se las traen de Sicilia. Ella es en realidad griega pero debió pasarle como a usted. Se equivocó de estación…

-¿Y usted se ha instalado en este lugar que ni de la Mancha por gusto o corriendo de un marido peleón?

Volvió ella a exhibir unos dientes de risa cachonda.

-Nunca estuve casada pero sí es cierto que vine a esta isla por un hombre. Mi padre que tenía el capricho de morir aquí. Y luego… Me divierto leyendo los testamentos y otros documentos que caen en mis manos. Son como leerse dos o tres veces a Balzac y a George Sand. Algún día me gustaría plasmar todas estas impresiones. ¿Por qué no me enseña usted a escribir?

-Sabe que soy viejo y que ya he corrido lo suficiente para dejarlo todo. Ya vio mi testamento.

– Y me sorprendió que con sus años piense ya en ello. ¿No sabe usted que Charlie Chaplin tuvo un hijo con más de ochenta años de edad? Y le salió un tío muy listo.

La viejecita siciliana se aceró a ella por la oreja de babor.

-Me pregunta Madame Saccard si queremos tomar la próxima copa en otro lugar más tranquilo, porque ahora es la hora en que la gente sale para el aperitivo.

Se encontraron en una habitación del primer piso primorosamente y elegantemente diseñada con tonos celestes y amarillentos.

Antes de que tuviese tiempo de verla venir, ella le estaba besando como ninguna mujer lo había hecho nunca o casi, Porque casi no recordaba la última vez, aquella chiquilla que quería suicidarse por una de sus novelas.

No se dijeron una palabra hasta que ella hizo un brindis con su copa de vermut.

-Brindo por mi hija, perdón, por nuestra hija.

No le dejó contestar:

-He decidido hace ya unos meses dejar una descendencia, me gustaría que fuese una niña, a causa de su pasado. Y durante todo este tiempo he estado buscando al futuro padre. Ni se imagina la cantidad de hombres elegantes y guapos que se encuentran a veces. Pero le he elegido a usted. ¿Qué me contesta?

Dio un sorbo al delicioso vermut antes de contestar:

– Yo también he buscado durante tiempo una mujer para fabricar a medias una niña. Y no la he encontrado. Usted es de una belleza poco común, refinada, se parece a ella. A….

Se echaron a reir.

Hasta muy entrada la noche estuvieron metidos en la cama. El legatario había descubierto una mujer excepcional, casi virgen pese a que no era una niña. Tenía el cuerpo perfecto, oloroso con el que sueña cualquier hombre que todavía puede soñar. Algo impresionante y sabía hacer el amor aunque con algo de principiante. Pero siempre que terminaban un asalto ella se recostaba de un modo especial.

-Me lo ha aconsejado el ginecólogo. Tengo solo 42 años pero él pretende que todas las precauciones son pocas.

Estuvieron viéndose día tras día durante dos semanas, incluyendo los sábados y los domingos.

Luego ya el vermut y la cama se habían convertido en una costumbre. Había enamoramiento. Ella lo confesaba sin tapujos. El a media, con bromas. Pero sabía que aquella sería la última mujer de su vida.

Él estaba en un banco de París realizando algunas gestiones cuando su teléfono portátil sonó:

-Vamos a ser padres. Mi ginecólogo es formal. Dice incluso que es una niña, que su intuición y sus aparatos digo yo, no mienten.

Los seis meses siguientes en la isla fueron un encantamiento para la pareja. Ella le ayudaba con la preparación de sus libros en una enorme casa que desde hacía una eternidad. Había sido la herencia de su madre que, la suerte es así, había tenido al comienzo de la Isla africana la notaría más reputada de la ciudad.

La niña era un encanto. Había sacado todo lo que de bello y agradable tenía su madre y algunos gestos inconfundibles de mal humor de su padre.

Cada vez que la miraba se acordaba del notario y de su firma y de la suerte de haber pasado aquel día por aquella notaría que no conocía de nada.

-¿Crees que se parecerá a ella?

– ¿A ella? Se parece mucho a ti.

– No, me refiero a la muchacha de tu primera novela, la que se mata en el auto…

– Yo creo, aunque ando mal de recuerdos, que algo o mucho tiene de ella a su edad. Su mirada incisiva y algo regañona es la misma y cuando clava sus ojos verdes en los míos recuerdo todo un pasado. Ah, quería decirte que mañana tomaré el primer vuelo de París para cumplir con ciertos ritos en el cementerio.

Dos días después, en la casa de la felicidad se recibió una llamada de la Gendarmería de un pueblo de los alrededores de París.

La niña miraba fijamente con sus ojazos verdes el aparato que su mamá apenas podía sostener en la mano. Era pura intuición.

– Mire usted señora, son cosas que pasa en esta época del año. Un camión que llevaba demasiada prisa… Quisiera decirle que su marido tenía una gran sonrisa cuando llegamos. Parecía muy feliz. Ya sé que es una tontería pero…

– No, no es una tontería. Gracias por habérmelo dicho.