La otra Diana

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Hace ya muchos años que no he leído nada de Diana. Aunque no hace falta leerla para sentirla viva en una foto, en una sonrisa, en el pelo de mujer fatal cuando probablemente no lo sea.Con pocos años de servicio en Cuba su escritura libre, sin cuentos chinos y de una frescura inenarrable me sorprendieron. A ella la había conocido antes en su casa, luego nos chocamos en la calle del Obispo, tomando una copa, mirando con esos ojos que nunca saben lo que te quieren decir pero que te están diciendo algo.Las mujeres que corrían por las páginas de aquel libro suyo eran las de la libertad más absoluta. Se veía que era lo natural de otras mujeres que ella había observado, o que fueron sus amigas, o que le contaron cosas de las que se cuentan las mujeres, porque los hombres somos callados o delirantes, pero casi nunca auténticos. Para nosotros muchas veces una mujer es un trofeo, el objeto que había que conquistar y nada más. Menos en Europa, donde la mujer se ha transformado en un ser aparte, con una libertad que ella cree, pero que en realidad es simplemente ganas de dominar al amo, al esposo, al novio, al amante, o al hermano menor. O al perro. La mujer es conquista pura y vista por Diana mucho más. Probablemente porque ella debe de saber dominar y no permite que ni Antonio, ese pintor tan extraño que todavía tantea en busca de su sitio, se le rebele. No sé si la domina pero si es así es porque ella juega. Diana tiene una sonrisa ambigua que no sabes si te está diciendo que sí o que no. No se parece a otras mujeres, no pertenece a ninguna tribu. Es cubana, sin duda alguna, pero no lo deja translucir. Se metería en un tren de noche europeo, de aquellos en que cineastas europeos y norteamericanos encerraban a sus víctimas, y les harían recorrer miles de kilómetros, algo menos, porque Europa es corta, en busca de la nada.

“Compañía urbana en la noche” ha sido para mí una sorpresa. La autora hace que una heroína duerma con Mozart o con Bach, es bastante inconstante. El niño que busca la mano de la madre y que ella no quiere darle, no le da, me ha parecido el rechazo de la autora ante el hombre. No hay entrega, sino capricho, a veces la concesión de un rato, nada que ver con aquellas otras mujeres de otras novelas que vivían su vida sexual in cortapisa, sin pausa, a veces aceleradamente. Los mismos cubanos dicen, por lo menos un amigo mío, que Cuba es la tierra soñada para follar, y ustedes perdonen pero es una palabra fuerte pero necesaria en cualquier diccionario de la lengua. El único país donde hubo un regimiento de mujeres llamadas las jineteras, que todos hemos conocido más o menos. Muchachas, muchachas eran entonces, sin complejos, a veces con cierta ternura. Creo que desde que murió Fidel Castro han cambiado, como tantas cosas.

Sé que todo lo que he leído de Diana, incluso esta novelita que tengo entre las manos con las piernas sueltas por portada, me ha entusiasmado. Y la novela que acaba de publicar demuestra ese entusiasmo que aquí se nota un poco, porque esta Diana que yo conocí juega ahora con todos los géneros. Hasta se atreve con lo invisible del lenguaje, con lo absurdo sin llegar a Albert Camus o sin meterse en ningún jardín donde Tolstoi hubiese jugado a pillar muchachitas apenas salidas del cascarón.

La Diana Fernández Fernández, ya el doble apellido repetitivo, como para dejar bien sentado que es suyo, que no es de nadie…pese a ser mujer, demuestra la voluntad de ser y no de estar, de “Compañía urbana…” No tengo en la cabeza la otra novela, una que me encantó, cuando Diana no era más que una amiga lejana con la que comunicaba por internet. Lo que ocurre es que no la recuerdo con exactitud porque hace unas semanas decidí olvidarlo todo y volver a empezar, en la medida en que se puede empezar un punto de cruz cuando ya se ha vivido hasta la exageración.

Pero está claro que su libro, el que tengo entre las manos, es un panfleto de rebelión. Ya no ama, ni se deja amar como en aquella otra novela de la que no me quiero acordar tal vez porque me enamoró y estar enamorado es malo para la salud. Diana la rebelde, como una de las aguadoras de los ejércitos de Napoleón que iban detrás de los hombres de la guerra para darles el agua… ¿Agua y algo más? Ella no da más. Da patadas. Es como ese aire acondicionado que no alcanza porque está pegado al techo y ella no puede o no quiere alcanzarlo.

¿Se han fijado ustedes que Diana siempre o casi siempre o la mitad del tiempo de todo el tiempo está un paso atrás del hombre, de su hombre, del hombre de los gallos, de ese pintor que, como ella, te asusta porque no lo entiendes. Y no es porque sea sumisa o quiera parecerlo. “La vieja mujer cansada de la ciudad, se asombró de no sentir ganas de llorar, ni de pedir auxilio siquiera y decidió morirse tranquila junto al sucio charco… Sin preguntar adónde la llevaba el conductor, ni indicarle su destino, recostó la cabeza al cristal, miró con pesar la multitudinaria bola humana que pugnaba por subir a la vez al ómnibus aún vacío, sonrió y se quedó dormida”.

Triunfa Diana disfrazada de vieja, cuando ella sabe que no lo será nunca porque ningún hombre en su sano juicio la dejará.La otra noche vi sus cabellos artísticamente revueltos. Se burlaban de mí, del otro al que solo le quedan blancos pelos aplastados por el tiempo y el sudor del sufrimiento. Diana, Diana, ¿por qué juegas así con los hombres, cuando sabes que todos te quieren, que a todos los conquistas sin apenas sonreír ni hablar?