La magia de la foto

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Se han cargado la magia de la foto. Se ha desvanecido el embrujo de la imagen ganada a pulso. La técnica ha podido con el encanto de la creatividad. Los fotógrafos ya no serán más lo que fueron.Ahora cualquiera será un atrevido reportero gráfico. Y a muchos no nos quedarán más que los recuerdos de los tiempos gloriosos en que retratar la actualidad era pura angustia. La incertidumbre que permite y admite la genialidad como un dulce el diabético. Antes había que cuadrar el sujeto, el objeto, y siempre surgían las dudas de la luz, el reparo del foco, el pánico de la falta de la sensibilidad de la película agazapada como una mala bicha en el vientre del aparato. Cuántos excelentes reporteros han perdido su alma y el reportaje de sus entretelas porque su aparato les había jugado una mala pasada. Cuando no era el carrete. O el laboratorio. Y cuando todo iba bien se trabajaba a ciegas, en espera del momento mágico en que la cruda oscuridad del laboratorio diese vida a la hoja de papel sumergida en un baño de revelador, que empezaba a dejar ver, en la espuma de la creatividad, la foto por la que se había suspirado. Kodak ha tenido que arrojar la esponja. Todos sus esfuerzos se dirigirán ahora hacia el desarrollo de la foto numérica, ese invento que permite almacenar fotos sin la angustia de un carrete demasiado corto, que permite visionarlas en el momento de hacerlas. Meterlas en el ordenador. Tratarlas en un frío programa informático. Ya no huele al hiposulfito que embriagaba mientras fijabas las imágenes en los carretes o en el papel. Ese hiposulfito que en mis años mozos utilizábamos también en la Agencia Keystone de París para enfriar los botellones de cerveza en las tardes insoportables del mes de agosto. No sonrían, por favor. La cosa es muy seria. Está desapareciendo toda una civilización, toda una cultura. Los ojillos maliciosos de Frank Sinatra o el dulce reproche de la mirada de Ava Gardner no serían lo que fueron si en lugar de haber sido recogidos en un Rollei o en un Speed Grafic, y les dejo llegar hasta el Nikon y el Canon, estuviesen plasmados en la insensible tarjeta electrónica que ha reemplazado al carrete.¿Qué cámara digital-teléfono hubiese sido bastante comprensibles – porque las máquinas clásicas también tienen su alma – para recoger la indefinible sonrisa de Marilyn Monroe mientras una ventolera le levanta unas faldas perdidas en el tiempo y en los sueños de lo que ya no es? ¿Qué cámara digital habría podido grabar a Marcello Mastroianni y a Anita Ekberg metidos en la fuente de Trevi de Roma en una de las escenas más eróticas de toda la historia del cine? ¿O la desdeñosa sonrisa de Humphrey Bogart sin soltar el cigarrillo que le llevaría al cementerio de los fumadores sin causa?.

En mis años sesenta del París de la Torre Eiffel, los periodistas jóvenes lo hacíamos todo, texto y fotos. De lo primero entendía bastante pero de lo segundo mis luces iban hasta apretar el botón, con gracia y talento probablemente pero con un insoportable desprecio por la técnica más elemental. Cuando llegué a Keystone Press Agency, entonces considerada como una de las grandes agencias fotográficas del mundo, me encargaron hacer reportajes para la prensa española. Pero rápidamente me impusieron la condición de ilustrarlos. La primera vez que salí a la calle con mi Rolleicord de los años cincuenta, una maravilla que conservo como oro en paño, era para fotografiar a un célebre actor francés que llegaba en un tren a la estación de Lyon.

La pronunciación del francés, lengua que para mí estaba entonces plagada de misterios, me llevó a confundir a un señor con una señora. En el andén me acerqué a uno de los primeros viajeros que bajaba del tren y le pregunté azorado – llegaba tarde, el Metro también tenía muchos secretos para mí – si conocía a la actriz que tenía que fotografiar y entrevistar, Françoise… El hombre apreció mi juventud impertinente y con una enorme sonrisa que mi gratitud todavía no ha olvidado me explicó que no se trataba de la señora Françoise sino del señor François. Y que el tal actor era él.

Cuando regresé a la agencia me designaron un laboratorio para revelar mi obra maestra. Era un cuartucho diminuto con dos enormes cubas de estaño que miré con el espanto del primer amor. Salí corriendo y telefoneé a un reportero del semanario Jours de France al que había conocido la noche anterior. Le expliqué mis cuitas y el muchacho le echó paciencia al negocio para detallarme la terrible maniobra de abrir el aparato, sacar el carrete y, ahí estaba el trabalenguas, separar la película de una capa de cartulina. Muy serio, deletreando casi, me advirtió que si metía la cartulina en el revelador me quedaría sin fotos.

Milagrosamente funcionó la operación y quince minutos más tardes, con las tripas retorcidas por una repentina diarrea de puro miedo, pude comprobar que la magia química había resultado.Ahora mi tecnicismo se ha ido por el retrete. Claro que si hubiese tenido a mi disposición una de esas cámaras digitales habría evitado que se me soltara el vientre.Tal vez, pero no me hubiese permitido conocer esos momentos mágicos de ver cómo la imagen aparece repentinamente en una solución química, como el hijo que empieza a salir entre los muslos angustiosamente abiertos de su madre. La ilusión, el sobresalto y la preocupación del creador se han ido al garete. Y luego me contarán que tiempos pasados no fueron mejores. Infinitamente superiores. Pese a la invención de la Penicilina y del DDT.