Cuba, los niños y el encierro
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Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

Los niños, con su candidez congénita, han devenido héroes en la lucha contra el nuevo coronavirus en Cuba sin que nadie aún se atreva a pronosticar cuánto los marcarán 80 días de encierro, cuando a nivel planetario son más de 400 mil los fallecidos por la pandemia. “Suman 242 los niños cubanos que han enfermado desde que comenzó la epidemia, aunque no ha fallecido ninguno. Los que se mantienen ingresados evolucionan satisfactoriamente y 212 han sido curados”, de acuerdo con el parte oficial del 7 de junio.

“No puedo salir por el coronavirus”, me comentó Juan Karlos S. Rodríguez, de 7 años, quien junto con su perro Lucas, 2 años, mira a la calle desierta desde el portal de su casa.  Él, como sus amigos, no alcanza a saber la dimensión exacta de lo que dice, no entiende lo que sucede en el barrio, en su escuela, pero cumple el encierro añorando desde muy adentro la vuelta a la normalidad. En la isla está prohibido que los niños salgan a las calles, incluso de las manos de los mayores. “No hay otra manera de prevenir el contagio y son los padres quienes deben evitar los contactos con otras personas aunque sean parientes”, asegura el doctor Francisco Durán, principal especialista en epidemiología del país. El curso escolar ha sido suspendido y Juan Karlos, como los demás muchachos, trata de mantenerse al día mediante las clases que por la tv pública transmite el ministerio de Educación para todos los niveles de enseñanza. A veces juega desde el patio o el portal, distancia y cercas por medio, con un par de amigos. Siempre tiene a su perro Lucas para retozar, y hasta soñó que “el coronavirus está en mi cuarto”, según gritó cierta noche sin luna. Otros niños en apartamentos pequeños o cuartuchos, quizá la mayoría, pasan peor la cuarentena obligatoria.  Ahora, Juan Karlos dice que está aprendiendo de un tirón las tablas de multiplicación (se ha enredado en el 6 x 9), y embullado por su padre ha aprendido a sembrar tomates y calabaza en el patio. También a freír papas. Desde antes de comenzar la epidemia, el 11 de marzo, la isla registraba una aguda escasez de alimentos que ha ido profundizándose a la par de la epidemia y nadie, ni los adivinos de lujo, se arriesgan a pronosticar el futuro. Faltan además medicamentos básicos por la persecución financiera de Estados Unidos y aunque todavía hay gasolina la gente no deja de rellenar los tanques de sus autos como anticipo a lo peor. Pero este niño a los 7 años tampoco sabe de eso, son sus progenitores los que corren para mantenerlo alimentado y feliz; son ellos, transformados en maestros y hasta en payasos, quienes lo ayudan a sobrepasar el encierro. Por estos días buscan mascarillas sanitarias en abundancia con vista al reinicio del curso escolar en septiembre. “Usted sabe cuántas se necesitarán cada día cuando recomiencen las clases”, dice la madre.

Este es otro de los dramas silenciosos de la pandemia. Padres e hijos son héroes anónimos, en tanto los sicólogos no se ponen de acuerdo en pronosticar cómo será el futuro. La crisis económica de los años 90 del siglo pasado en Cuba, cuando los apagones oscilaron entre ocho y 16 horas diarias y se soñaba con comida, hizo de los niños de aquella época una generación pragmática, más interesada en el consumo que en la espiritualidad. Entonces, está por ver lo que sobrevivirá al encierro actual.