Mi diario del Coronavirus
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Me llueven las bofetadas por todas partes y eso que soy respetuoso con los mandamientos del Coronavirus, con los mandamientos de los especialistas del Gobierno. No me permito la menor frivolidad. Llevo tres meses o poco menos enjaulado porque hace ya mucho tiempo me dijeron que me quedara en casa. Tengo una mascarilla que me pongo cuando la situación lo exige, pero como siempre estoy solo no la quiero malgastar.Es curioso porque hace apenas unos meses era un hombre normal, que se ponía un pantalón, siempre el mismo, y una camisa, o una chaquetilla según me lo mandase el hombre o la mujer del tiempo. Iba siempre al mismo sitio a tomar un café con leche descafeinado y a ver pasar la vida. Cuando el bicho chino apareció escuché atentamente todos los partes radiofónicos y televisivos y hasta ahora me he esforzado en respetar las consignas de guerra. Ni siquiera me he cortado el pelo porque no he oído ninguna instrucción sobre ello. Y porque no sé si el efecto de las tijeras en la cabeza es muy apropiado. En el rincón del sofá donde he establecido mi cuartel general leo libros que no creo estén prohibidos, aunque ya los había leído en otros tiempos, cuando las cosas eran diferentes. Nada de Anais Nim, nada de Henry Miller. Me he atrevido con una medio biografía de Marilyn Monroe pero es muy correcta. Nada que decir. Eso sí, tomo mucho té negro, seis o siete tazas al cabo del día. Cuando llega la hora de dormir me meto en la cama, pero como pese a las pastillas que me han recetado los médicos oficiales no pego un ojo escucho tertulias radiofónicas. Al principio no entendía mucho, porque no sé mucho de fútbol y debo confesar que lo había odiado hasta entonces porque me parecía inmoral que los futbolistas ganasen tantísimo dinero, cuando a mí este mes estuvieron a punto de retrasarme el pago de mi pensión. Muchos de ustedes ya saben lo que es eso. Soy periodista y escribo estrictamente por el placer, quiero decir sin ningún propósito de sacarme un dinerillo que a veces, la verdad, no me vendría nada mal. Pero como creo que al señor bicho no le gustaría esta actitud tan mercantil –él que viene de un país comunista; y esto me hace pensar que debería quizá yo apuntarme a algún partido de izquierdas–, acepto seguir escribiendo gratuitamente.

Alguien me dice que soy tonto porque a los futbolistas no les importa que el Coronavirus sea comunista y cobran una cantidad de dinero que yo me pregunto si no será un truco publicitario.La verdad es que no me importa. Yo sigo las reglas que dan por la televisión y por la radio. Creo que es lo mejor. Uno ya tiene una edad en que las aventuras son peligrosas.Oigo y leo que en Cuba la gente tiene que pelearse por conseguir comida en las tiendas del Estado y eso después de esperar horas muertas. Nosotros somos afortunados. En Mercadona nunca ocurren esas cosas. Yo me pongo en la cola, respetando lo que me dice el guarda, compro sin tardar mucho para no hacer esperar a la persona que me sigue y luego vuelvo a casa siguiendo las instrucciones. Todo está previsto y muy bien organizado. Me alegro de no estar en Cuba. Ya iré cuando vuelva la normalidad y no haya que hacer colas en esas tiendas. Quizá cuando haya otra Revolución porque me dijeron que Fidel Castro murió. Pobre hombre.

Pero cuando lo pienso creo que nos hacía falta una crisis como la que estamos pasando para que enderezásemos nuestras vidas. Lástima que haya habido tanto muerto, que probablemente no estaban avisados de nada o no siguieron las normas que dicta la televisión. Tiene razón el señor del gobierno que dice que tal vez esta crisis nos haga mejores. Mis abuelos me hablaron hace muchos años de la gripe española que dejó tantísimas víctimas pero ellos no supieron decirme si creían que había sido para mejor. La verdad es que yo era muy pequeño y todo aquello no lo entendía.

Ahora ya de mayor empiezo a entender que todo lo que creemos malo no lo es. Y que a veces ocurren cosas que no entendemos. Dios quiera que sea así.