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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Terrible época en que escasean mis libros, los que yo leo, los que vienen por la Aeropostale de Saint Exupéry de París, de esas librerías del bulevar de los Italianos. Pero no hay aviones, sí, quizá uno del Golfo Pérsico, pero los moros millonarios no saben leer lo que yo. Prefieren el fútbol y compran a todos los esclavos europeos que saben darle patadas a un balón. Maldito dinero. Rebaño y rebaño todo lo que puedo. Las librerías de esta isla africana están cerradas o sin libros, las bibliotecas no sé si las habrán desinfectados. Y de todas formas yo soy un voluntario de la encerrona del Coronavirus, pero estoy en la espera de que mi Presidente, ¿qué leerá ese?, ¿sabrá leer?, me de la orden imperial de pisar la calle. Pero no quiero. Tres meses y ya me he acostumbrado al encierro, como si de verdad fuese Marcel Proust y ni siquiera tengo madalenas, quizá podría conseguir churros. Por el momento me conformo con el té negro. Todavía me queda una buena reserva. Los libros de mi biblioteca no quieren abrirse conmigo como el camisón de Madame la mala, Milady de Winter, se abrió aquella noche, se espatarró para que D’Artagnan la penetrara hasta las doce del día siguiente siguiendo las órdenes que había dado a su camarera favorita, que era más lesbiana que ella.Me gustaría poder coger alguno de los libros de Emile Zola, pero él no quiere, dice que deje a su Nana tranquila, que está para los ricos, no para mi desgracia. Ni oler las sábanas de Nana me deja porque dice que luego me envicio. A Balzac le importa un carajo lo que haga con sus libros que no han visto un aspirador en veinte años. Sabe que solo amo a su perverso e inocente Lucien de Rubempré, que no fue rico porque amaba demasiado la riqueza y no sabía que a todo se llega entre las piernas de las damas de París que tan fácilmente se abren, sin pánico a embarazos ni al marido que está sentado en el butacón de al lado hablando de literatura cuántica. ¿Sería también maricón? Pero los pantalones de entonces tenían una portañuela difícil de manejar. Quizá por eso había más machos.

Me gustaría meterme entre los insurgentes, entre los pobres de Victor Hugo, y hurgar entre los papeles de Jean Valjean y quien sabe si enamorarme de la niña mujer que todavía no sabía que habría un día en la Francia del bendito Charles de Gaulle una Brigitte Bardot que encerraría todos sus encantos con una llave de oro que abrió Vadim, aquel tipo extraño, seguramente espía del KGB, que decía que era director de cine y que la llevó a la cama, a cien camas, a mil camas, y hasta la revolcó, dice mi golondrina preferida por las dunas de la playa de Saint Tropez. También se moría en Saint Tropez mientras una pareja de ingleses hacía el amor tomándose un Ricard con agua de Vichy. Qué asco estos puñeteros ingleses que ni saben distinguir el agua de la piscina donde Alain Delon se empalaba en la emperatriz, con Romy Schneider en el papel principal, que querría quedarse embarazada, pero el agua tiene demasiado cloro, y el cloro no tiene fuerza residual para fabricar un bebé al que luego habrá que bautizar, porque todos somos muy cristianos.

He encontrado por fin buscando en la papelera un libro sobre Proust. “Cómo cambiar su vida con Proust”. Al lado hay otro que ya no he quemado porque no me quedan fósforos desde que le metí fuego a la Opera de París y murieron doce maricones y un ministro que los cuidaba. ¡Dios! Qué perverso es este otro libro de portada tan bonita, “Mrs Hemingway”. La autora, cuyo nombre he puteado, es una de esas norteamericanas que se dedican exclusivamente a escribir porque las labores de la casa las lleva el marido que es millonario de la Metro Goldwyn Mayer. La tía se llama Naomi Wood y tiene un curriculum que ya me gustaría a mí. Pero tiene también y sobre todo muchísima mala leche, más que Vidocq cuando le nombraron Prefecto de la Policía de París, que se valía de su sabiduría sobre los bajos fondos para mandar a galeras a algunos viejos amigos que le debían una mujer o simplemente una cajetilla de tabaco.

Por aquí aparecen Washington Irving y sus cuentos de La Alhambra, que cuenta dice él historias sobre el palacio nazarí de Granada donde los turistas se pasean en busca de nada. Porque ya no queda nada de la época mágica en que los árabes eran nuestros amos. Nada más que fantasmas ahorcados por mercenarios de los puñeteros Reyes Católicos que según algunos cronistas eran unos guarros de cuidado. Una vez estuve en un hotel que hay frente a la Alhambra y que tenía el nombre del escritor. Qué recuerdos más profundos. Nunca hice el amor como aquella noche que se prolongó dos días hasta la hora reglamentaria de la salida.

Pero me da náuseas Irving, a estas horas de la mañana con el pan con aceite y ajos recién tomado con un jarrillo de café con leche. Ah, he descubierto un catálogo de vinos que me enviaron anteayer por avión submarino. Está lleno de botellas. Voy a escoger una, la pediré bien presentada, bien embalada, con un bonito envoltorio y se la estrellaré en la cabeza al primer transeúnte que me cruce en el camino la primera vez que vuelva a pisar la calle, que será nunca. Que será nunca.