Y se murió Tyrone Power
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La tarde iba de canciones de felicidad. Las pasaba una y otra vez hasta que llegó a “Felicidad”, que cantaban un italiano pequeñito, Al Bano, y una bellísima y joven mujer, Romina Power. Se quedó callado y suspiró mientras jugaba con las teclas del ordenador y que aquella bonita canción seguía sonando.Estaba solo y desesperado, más o menos como siempre, le hubiesen dicho quienes le conocían. Pero aquella mañana de verano le hubiese contado que había tenido a aquella belleza de cantante sentada en sus rodillas. Hacía un montón de años, tantos que ya no sabía. Había conocido en París a la madre de la cantante, la actriz Linda Christian, que se había refugiado en aquel bonito hotel de París porque un cabrón de millonario brasileño, que no aceptaba un no por respuesta le había enviado a unos cuantos desgraciados con cartelones insultantes que se paseaban delante del hotel. Yo la había conocido –hermosa entre las hermosas Linda Christian—cuando supe que Tyrone Power, acababa de morir de un infarto un día de 1958 en unos estudios de Madrid donde rodaba una película de capa y espada. Lo supe en la agencia fotográfica para la que yo entonces trabajaba tratando de abrirme paso. Y como yo era un jovencito más que impulsivo la llamé al hotel y le solté la noticia que todavía no le había llegado. Esa llamada hizo que nos viésemos en su hotel donde ella vivía cuando estaba en la capital francesa. Se portó muy gentilmente conmigo, el chiquillo enamorado de la luna. Romina tenía seis o siete años y una niñera se ocupaba de ella. Una tarde de no sé cuánto tiempo después cuando llegué Linda me dijo que estaba desesperada con Romina porque se le había metido en la cabeza que quería ir al circo. Y no podía ni quería salir del hotel para no tener que enfrentarse a los matones que el hijo de su santa madre brasileño mandaba todos los días para que no la dejasen tranquilo. Nos metimos en un taxi Romina y yo y nos fuimos a un circo que había al ladito de la plaza de Pigalle. Y la chiquilla se rio todo lo que pudo y yo empecé a odiar el circo porque donde yo hubiese querido estar en aquellos momentos era con la madre, que me sonreía porque mis cortos 18 años estaban prendados de aquella hembra al que un millonario pregonaba por no quererlo.Nos vimos a menudo y ya luego Linda y su hija se marcharon de París, tal vez a causa del mafioso brasileño. Y yo me quedé más solo que la una. Pero ya estaba acostumbrado. Poco antes había estado enamorado de otra actriz que se casó con un conde y con Linda Christian no había más que esa amistad cimentada quizá por haber hecho de niñera una vez.

La ventaja es que luego le contaba mis cuitas a mis amigas que conocía de los estudios de cine, donde yo buscaba reportajes y ellas la gloria de ser descubiertas por un gran productor y llegar al estrellato. Y como sabían de mis fracasos amorosos a una de ellas terminé por darle pena y me tuvo en su casa, un pisito en una calle preciosa que desembocaba en los Campos Elíseos, durante tres meses. Intimamos y creo que nos enamoramos un poquito. Pero, claro, ella conmigo podía tener unas fotos, un poco de publicidad que yo le hacía con algún reportaje, pero nada más. Vamos, que yo no era precisamente “un buen partido”.En los tres meses perfeccioné mi francés y Monique me enseñó cosas de la vida y de las mujeres de las que yo no tenía ni idea.Luego nos dijimos au revoir y ya nos veíamos de vez en cuando en los estudios de cine donde ella seguía buscando la oportunidad de convertirse en estrella.

Hacía mucho tiempo que no había pensado en ella. En realidad, esta tarde hacía muchos años que no pensaba en nada porque la vida que se queda tan atrás, ¿cómo la recuperas? Algunas de aquellas muchachas me ha escrito alguna vez, para pedirme un favor, claro está. Pero bueno, son cosas que pasan.Pero hace un rato, escuchando y viendo a Romina los recuerdos han vuelto. He apagado la canción y he vuelto a ocuparme de ese bicho chino que nos tiene amargados desde hace ya varios meses.Espero que sea feliz y, por qué no, que se acuerde de aquella tarde en el circo. Romina, no el bicho. Ahora vivo a miles de kilómetros de París, en mi isla africana, el último fuerte europeo antes de que las aguas del estrecho de Gibraltar dejen pasar a los desgraciados que buscan refugio y futuro en Europa. Y si aparece algún circo, lo odio. Pero volvería si pudiese encontrarme de nuevo con Linda Christian. Desgraciadamente ella ya ha tenido la suerte de marcharse para siempre, hace unos años, en 2011, y en un lugar de ensueño, según dicen, Palm Spring. Yo me quedo aquí esperando que me llegue la hora, solo y sin una sonrisa. Y con el cementerio más feo del mundo. Y ahora que Linda Christian se ha ido, ¿a quién voy anunciarle que Tyrone Power, que todavía era su marido, ha muerto allá en Madrid, en un estudio de cine? Hay que tener suerte para todo. Hasta para que se mueran los otros.