Lágrimas habaneras

Joe Bradley | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

 

Ver llorar a un actor o a una actriz en una película es algo tan corriente y moliente que a nadie sorprende. Son seres camaleónicos que unas veces sueltan la lágrima y otras sonríen. O ríen. .Pero verlos soltar lágrimas de llanto de verdad en la realidad, eso ya es otra cosa, amigos míos.En aquel mes de diciembre de 1985 fue la primera vez que veía llorar de veras a un actor. Era Jack Lemmon y el lugar el Teatro Carlos Marx de La Habana durante el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano.Para entonces, en mi currículo periodístico yo tenía vistas catástrofes de esas en las que la gente llora a lágrima viva. Porque cuando un descarrilamiento se ha llevado a tu primo hermano, algunas lagrimillas se caen de los ojos, por cerrados que estén por la fatalidad o el desenfado. En mi casa tengo una foto de unas inundaciones en algún lugar de América Latina en la que un hombre al que se le salen por los ojos las ganas de vivir, se aferra desesperadamente a una rama que emerge de la riada. El fotógrafo que la tomó me contó que no sabía si al pobre se lo llevó finalmente el agua enfurecida al cabo de un rato. Pero en la instantánea, por encima del moribundo de esas aguas vivas que normalmente son símbolo de vida, se ve escrito en una pared blanca como la vida misma: “Dios tarda. Pero no olvida”. Cabrón. Pero nunca en mi oficio de recogedor y divulgador de malas noticias había visto lágrimas de emoción real, por supuesto no la de los funerales multitudinarios donde los deudos se saben espiados por la cámaras de los fotógrafos y camarógrafos. Aquellas del náufrago de la riada eran de desesperación, espanto y rabia. Aquel día de diciembre la noche era tibia en La Habana. Por entonces no se paseaban tantos cineastas norteamericanos por el Festival como ahora. Sólo Harry Belafonte le hacía un mengue al departamento de Estado norteamericano y daba conferencias incendiarias en la capital cubana. Lo único que nunca entendí es porque no lo hacía en español pero, después de todo, pese a su piel moruna, era natural de Yanquilandia. Creo que era la primera semana de diciembre de 1985 y el Carlos Marx estaba a rebozar. Lo preciso porque hoy este evento internacional del cine latinoamericano y anexos ha cumplido o cumple veinticuatro años y las memorias se enmohecen. El mismísimo Fidel Castro hacía apariciones, sobre todo en la noche de clausura, para hablar de cine, y hablar bien. Todo el país no parecía vivir más que para el Festival. Y no hablo de La Habana, donde la gente se precipitaba detrás de una butaca de los cines, sobre todo el Yara y el Chaplin, como si fuesen a encontrar Bonos del Tesoro. Aquella noche, una de mis primeras en La Habana yo estaba emocionado. Por la mañana había compartido casi mesa de desayuno en la cafetería del hotel Capri con Jack Lemmon y una señora que probablemente sería su esposa o su amante, aunque los norteamericanos no suelen exhibirlas más que en películas como aquella de ese mismo actor, El pisito, o, qué digo, la inolvidable Avanti. Luego una camarera me había servido una Tropicola, no Coca-Cola, y pedido a cambio un peso, no un dólar. Yo empezaba a creer que Cuba era mi liberación de esa tonta Europa – Fidel Castro me trató de periodista “centroeuropeo” en un discurso de clausura – pero lo sueños no tienen más que un tiempo de cocción, como los espaguetis.

Jack Lemmon, que se pasó la noche con Fidel contando chistes sobre su amigo Ronald Reagan, al día siguiente apareció en el escenario, pulido por el tiempo, cuando acababan de proyectar “Desaparecido”, una historia de un padre (JLemmon) que adora a su hijo y descubre que al muchacho se lo han llevado a no se sabe dónde, probablemente a la muerte, los esbirros del dictador Augusto Pinochet, allá en Chile. Lemmon, en aquella noche de pajarita y cóctel mundano, tenía los mismos ojos tristes de una muchacha que yo amé y que tenía las pupilas verdes cuando murió en un infame accidente de automóvil, muy lejos de La Habana, en Francia, país donde añoramos el Caribe pero no nos atrevemos a acercarnos de veras a sus aguas, a su gente, a sus ciudades, como turistas, que compran tonterías en vez de leerse la última carta del Che Guevara ante de que le crucificaran en Bolivia. Yo confieso que la primera vez que estuve en La Habana pasé más tiempo bebiendo rica cerveza en un bar de la playa de Cojímar, donde Ernesto Hemingway había estado largos ratos hasta que se le ocurrió escribir, “El viejo y el mar”, lo mejor que se ha escrito sobre la desesperación. Y la mejor novela del norteamericano.

Pero volvamos a los otros recuerdos. Aquella noche el Carlos Marx estaba hasta la bandera, igual que en 1993, cuando triunfó aquella película cubana que por primera vez fue seleccionada para los Oscars, “Fresa y chocolate”. Como un colegial en ese curso terminal que los norteamericanos creen que es el fin de los estudios superiores, con lo cual se crean criaturas como George No-se-quéBush, Jack Lemmon empezó un discurso y, de pronto, se echó a llorar. Gimoteaba, no sabía qué hacer en tan magno escenario, arropado por el aplauso de un público cubano, entre el que nos habíamos metidos algunos periodistas “centroeuropeos”, todavía no habían llegado los norteamericanos, que le aplaudían como sólo he visto aplaudir en La Habana. Yo aplaudía con más ahínco que el cubano que tenía a mi izquierda y al que se le veían las lágrimas y no porque se fuera a ahogar en una riada. Yo creo que esto es lo que diferenciaba al Festival de La Habana de todos los otros festivales internacionales, con muchísimos más medios, más glamour y más champán. Les juro por mi vida que el ron con el que me nutrí aquel año me supo a todos los champañas del mundo. Cuando te lo tomas hace calor, el hielo malhecho apenas suena contra las costillas del vaso.

Aquella noche de Jack Lemmon él no fue el único que lloró. Yo también. Como algunos compañeros periodistas que estaban a mi lado. Porque sabíamos quizá que estábamos fuera de un país amado por Estados Unidos. Porque todo lo que nos daban, desde un café a una sonrisa, llegaban del corazón. Dios te bendiga, Jack, allá donde estés, al lado del Padre supongo. O quizá lloramos porque preveíamos que algún día todo eso se acabaría. Se acabaría la Revolución y nuestras Ilusiones. Y que Fidel se marcharía al infierno o al paraíso. Y que no habría más fidelismo.