Y la matanza continúa

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Chirria bestialmente el entendimiento entre dos sollozos desquiciados, desgarrados, sin compasión, sin remedio, y números de muertos que no cuadran porque no pueden cuadrar.Patinan las meninges ante tanto horror, ante tanta sinrazón horrenda, creado, amamantado por un bicho de película de terror que no para de matar porque no obedece a ninguna orden de “¡Corten!” eructada con aburrimiento por un director de cine de película mala para asustar a los niños.Patina la locura que cada uno de nosotros lleva escondida en un rinconcito del cerebro cuando hablan de esos viejos sacrificados porque eran viejos y ya que más daba. Claro que todos los negaran. “Con lo que yo quería a mi abuelito”. En Nuremberg, donde se juzgaba a los criminales nazis, se oyeron cosas peores. Y no pasó nada. Porque nunca pasa nada mientras el Banco esté dispuesto a pagar las cajas de madera del último paseo. La infamia humana no tiene razón que la sinrazón no conozca. Desde el imbécil de presidente brasileño, Jair Bolsonaro, que empezó diciendo que aquello no era más que “un catarrillo”, con su cara de personaje de jaula de zoológico, hasta el amo del mundo que desde Washington es incapaz al menos de hacer pagar, de azotar, a los presuntos culpables de estos horrores que están vivitos y coleando, con rimbombantes títulos de Presidente, Presidente del Partido, aquel partido que era el de los pobres y que ahora, allí en el fin del mundo, se convierte en el de los diablos.Ni lo cuelgan de un gancho de carnicero como a Mussollini, que había cometido muchas menos tropelías que él. No hay justicia, Señor, y no quieras que además vayamos a rezarte, a rendirte pleitesía. ¿Dónde te has metido para dejar pasar estas matanzas de inocentes? Es el fin de las religiones, el punto final de esos seres superiores que ahora habremos de reemplazar por Superman, que quizá él si nos eche una mano.Número de ataúdes que no coinciden con el número de muertos. Y dicen que todos viejos, gente de edad para decirlo más educadamente, que aquí el que más y el que menos sabe leer y escribir. Y piensas en que sin Louis Pasteur, Alexander Fleming y otros genios el mundo hubiese sido desde hace años una fosa común. Y esos hombres tenían 72 y 73 años. Si hubiesen muerto un ratito antes, si se les hubiese dejado marcharse un cachito antes sin nombre ni grado el mundo hubiese estado perdido. Porque fueron ellos los que inventaron las vacunas salvadoras, la penicilina que tantos años después sigue siendo el remedio que más cura.Unos insensatos los hubiesen dejado morir porque un bicho chino había tenido el capricho y nuestro terrible mundo sin piedad habría caído en el sopor de la muerte lenta a todas las edades.Una vacuna y el niño será un hombre sano, un poquito de penicilina y el infectado seguirá viviendo, pensando, esperanzado en la vida.

Pero de pronto el mundo se volvió loco. Ya no cuadraban los muertos con los cajones donde los metían. ¿Eran más, menos? Y qué más da si después de todo el Coronavirus exige su parte de sacrificio.¿Y para eso murió Jesús en la Cruz? ¿Y para eso las religiones del mundo oficiaron por la misericordia divina. Claro que en Irak, en todo el Oriente Medio, en Japón, en tantos y tantos lugares la muerte querida por cristianos de todas las iglesias se amontonó. Y se olvidó todo. El ahorcamiento bestial de Saddam Hussein, los fusilamientos de Goya, las espadas conquistadoras de Napoleón.

Hasta Amazonia, que parecía el paraíso protegido por todos los dioses, ya entra en la cuenta de muertos y heridos de la pandemia. No queda nada a salvo.Y día tras día, en periódicos, en radios, en conversaciones, la infamia continúa. El desastre económico sigue muy de cerca. Y en Changai la comunista se baila el cha cha cha del tren y los bancos chinos están que ya no pueden más de tanto dinero.El chulo del Presidente que parece vestido por Armani sonríe como en un teatro chino de cuando Mao Tse Tung mandaba a sus esclavos construir su mundo, el de los comunistas chinos, con las manos, con las uñas, con los dientes, con lo que fuera. En nombre de la humanidad. Triste humanidad que niega a sus muertos.