La mujer que nunca me amó

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

De pronto se me ha llenado la cabeza de caras de mujeres que rellenaron mi vida,  que solo me quisieron o creyeron quererme o decidieron que solo seríamos amigos. No creo que esta avalancha de rostros que probablemente, el tiempo ha pasado, los recuerdos son como un tango, sin consistencia, encharcaron de alegría, de pena, de gritos triunfales o de disgustos inconmensurables, me la haya provocado el remordimiento o la pena de haberlo desperdiciado. De pronto me he dado cuenta de que si el periodismo ha sido lo más importante de mi vida, las mujeres fueron el motor que me empujaban desde el puerto de Tánger en 1957 a París, donde no voy a morir porque con el bicho chino es muy complicado. Me conformaré con el adefesio de cementerio de mi isla africana. Total para una incineración. Espero que algún majara quiera embalsamarme como a Mao Tse Tung o a Stalin. Porque a medida que acabo, que termino de darle patadas al teclado me percato que cada día hay más chalados en el mundo. Vivimos y morimos en medio de mandamases que en otros tiempos, en la época de Leonardo de Vinci digamos, no valdrían ni para guardar las puertas de las ciudades. Y son Primeros ministros, ministros y no sé cuántas cosas más. Ah, sí, sobre todo son Ministros del Interior, algunos de los cuales se toman por Vidoc, el bandido que en Francia en una época ya lejana fue primero bandido chivato, luego espía mayor y terminó siendo Ministro de la Policía, que era mucho más, infinitamente más, que un vulgar ministro del Interior. No sé por qué me he levantado de la cama para escribir estas majaderías, pero todas esas mujeres que se metieron conmigo en la cama me han trastornado. Qué maravilla de hembras, como aquella morita de Ceuta. Lástima que muchas de ellas, casi todas, tengan tan poco sentido del valor del hombre y se guarden en las faldas un desprecio infinito por todo lo que lleva pantalones, aunque les encante quitarlos en cuanto tienen una oportunidad. Habría querido ser Emile Zola, que en el siglo XIX fue probablemente el escritor francés que más dinero ganó contando crónicas de su tiempo y anotando cuidadosamente lo que hacía el multimillonario Saccard o los trucos de Nana para que un personaje de primera importancia del Régimen se convirtiese en un muñeco que ella barajaba como le daba la gana, sacándole hasta la cera de los oídos como se dice vulgarmente,

Enorme escritor, cronista de su época, un Balzac moderno, conocía como nadie a la mujer y le hacía jugar papeles no demasiados geniales en sus novelas. Prefería a las criadas que recibían a sus amantes en la entonces clásica habitación del séptimo piso, donde tradicionalmente se alojaba la nobleza de la palangana. Pero no le importaba escribir que las damas de la alta burguesía eran putas como las gallinas, o quizá un poquito más. Me hubiese gustado ser Emile Zola. Con ese apellido, Zola, podía escribirle al presidente de la República y armar el escándalo del siglo porque un judío metido a comandante del ejército había sido acusado de alta traición. Dreyfus se llamaba aquel mozo por el que el escritor hizo más que sus pobres padres. Y de paso se ganó una publicidad que probablemente redundaría copiosamente en sus cuentas bancarias.

Soy como Zola. Pienso que las mujeres son para un ratito de mil años. Salvo Nana, con la que se hubiese casado el mismísimo Papa, porque era una chiquilla moldeada admirablemente  por el barro de la pobreza de la clase obrera parisiense que se había convertido en una gran señora a la que hasta sus criadas más chismosas reconocían que era capaz de volver loco y arruinar en un santiamén a cualquier hombre que cupiese más de una noche entre sus sábanas.

Nana era el amor con todos sus nervios y el sentido de amar le corría desde la nariz hasta la punta de los dedos del pie izquierdo. En medio estaba el paraíso en el que ella te dejaba entrar, y hasta bucear si le daba la gana. O te guardaba para siempre como la bruja de Ulises. Ninguna Nana trota esta noche por mi cabeza ni por mi cama. Son mujeres menos fatales, pero que no tenían nada de tontas. La verdad es que nunca he conocido a ninguna mujer tonta. Son ellas las que se casan con nosotros y no lo contrario. Son ellas las que deciden casarse y las que un mal día nos mandan a paseo vía el divorcio. O nos esclavizan para una vida aburrida de cartón. Es lo que ocurre casi siempre. Luego te entierran. O te echan. O te venden a una amiga que odian. El hombre es como un chicle y los hay de todos los gustos.