Resurrección

El día que el auto de su niña se comió la pared de un convento, la vida acabó para Robertito. Se volvió loco, por voluntad propia según dijo el jefe de los psiquiatras de la elegante clínica de París donde lo metieron en cura de sueño sin saber muy bien qué hacer con él porque no atendía ni quería saber nada. Estuvo en el entierro encuadrado por cuatro enfermeros vestidos de paisano, lo había exigido así, y durante toda la ceremonia estuvo comprendiendo que su vida se había acabado. Que sin Corinne, así se llamaba la chiquilla, la vida había terminado de tener la gracia que hubiese podido tener. Sus otros hijos intentaron consolarlo pero los mandó todos al carajo y se recluyó en aquel elegante sanatorio de Neuilly, un regalo del periódico para el que trabajaba y donde hasta entonces había sido la estrella internacional. Una Oriana Fallacci con pantalones.Nunca supo cuántos meses pasó entre sueños y duermevelas, porque los compuestos que le metían en el cuerpo le tenían encerrado en el sueño durante veinticuatro horas. Durante el primer mes, solo le despertaban para el cuarto de baño, algo de comida, cuando no le arrojaba los platos a los enfermeros que pertenecían al equipo de catch que todos los jueves hacían una representación en Montmartre y a la que él asistía debidamente custodiado. Le gustaba la violencia. Después de la muerte de su hija, toda violencia era poca. Pero al cabo de un año, lo soltaron. Anduvo dando tumbos por el periódico y cuando el Redactor Jefe, que además de ser un cretino no tenía picha por la gracia de Dios, se cansó de él, la empresa llamó a sus abogados y le dieron una pasta gansa para que se fuera voluntariamente.De la clínica salió para el aeropuerto de Charles de Gaulle, donde tenía un billete de primera clase especial (dicen que existió en un momento) rumbo a La Habana, donde ya había estado varias veces y le consideraban como un majareta fidelista que no creía más que en el Comandante, Fidel Castro, despreciando solemnemente a todo lo que no viniese de él. Ni estuvo en el bonito cementerio donde la niña había sido enterrada aunque había gente encargada de que su tumba fuese la más bella del cementerio.

En La Habana se instaló en el Nacional, con orden estricta de que nadie sabía dónde estaba, menos la jefa de planta a la que no había olvidado llevarle una montaña de medicamentos que quisieron pararlos en el aeropuerto. Bastó una llamada para que todo se arreglase, pese a que a una de las temibles controladoras de las entradas del extranjero la trató de jinetera. Seguía siendo un personaje fuera de serie. Todo el mundo le amaba en aquella Habana donde todavía Fidel Castro mandaba y no una pandilla de aburguesados pìntureros.Alguien, por orden de Fidel, organizó una presentación del libro que aquel majara había escrito entre sueño y sueño, “Ojos verdes”. La verdad es que su hija, la muerta por culpa de un muro, tenía los más bellos ojos negros del mundo.Seleccionaron el salón más bello del Nacional para la presentación. Una fiesta por todo lo alto. Porque cuando el Comandante mandaba callar o bailar el cha cha cha nadie se preguntaba imbecilidades. Fidel Estaba allí, a su lado, aunque solo un ratito. Tenía un discurso en la Plaza de la Revolución.Durante la firma de libros malditos se le acercó una señora europea, 35 años, calculó, él que no sabía la regla de tres, y le presentó un ejemplar. Se lo entregó mientras miraba contemplaba su delicioso rostro de virgen portuguesa

-No quiero que me lo firme. Estoy en la suite 217. Vaya a verme. Tengo que decirle cómo resucitar a su hija.

Ni quedó sorprendido. Pero media hora después estaba en la suite. Habían preparado un pequeño festín para dos con lo más exquisito que podía encontrarse. Su invitante era una mujer que debía tener 35 años, probablemente francesa o belga, bonita en la tradición clásica y de un cuerpo que parecía salido del ballet nacional. Estuvo a punto de darse media vuelta pero la curiosidad le mató.Sentados en una terraza que caía al Malecóm, con balcones hacia Estados Unidos, le dijo: Llevo años buscando una niña como la que usted ha perdido. Y le sacó un montón de fotos de ella que él nunca había visto. Si quiere volverá a vivir. Pero será de los los dos.

–No tenemos ni que casarnos, ni que juntarnos ni nada de eso. Tendremos esa niña maravillosa y procuraremos que reparta su cariño entre usted y yo. Mi marido es XBN, ya sabe usted. Es maricón desde antes de nacer y lo aborrezco. Acabamos de divorciarnos. No le pido matrimonio sino que tengamos una niña que sea una nueva Corinne. Yo me encargo. Usted solo tendrá que ayudarme.

Pasaron dos semanas encerrados en la suite. No era desagradable, y el loco no se enteraba. Una mañana ella le dijo: “Tengo cita en una clínica, quiero que la niña sea como la queremos”.El, que se alimentaba de tres a cuatro de la madrugada de ron, no lo entendió. Se había enamorado de aquella mujer que le había enseñado el amor, perdido desde su viudez.La miró y le dijo: “Señora, ¿usted tiene algún sentimiento por mi?”. El sol entraba desde el Malecón como si estuviese en su casa. “Me gusta bastante, porque todos los desgraciados son gente que conoce el cariño. No me casaría con usted pero parar ser el padre de Corinne, no está nada mal”.

Nueve meses después, en la misma suite, nacía una niña adorable. El no supo que decir. Era Corinne, la primera vez que la vio en una clínica de París.Han pasado tres años, porque lo que yo les cuento es una historia de cuentistas.La niña era una prenda Igual a las fotos que ella no dejaba de sacar a cada rato. La habían recreado. Los cubanos son gente muy lista.-No tendrás que pagar nada. Mañana la inscribiremos en el registro civil como nuestra hija. Pero creo que ante deberíamos formalizar las cosas y casarnos. No queremos que la niña se encuentre con dos desconocidos.La boda fue apoteósica y aquella noche, cuando por primer vez eran maridos y mujer, Robertito entendió que tenía una mujer entre las piernas. Ya no se trataba de un trato. Se dijeron cosas muy dulces. Cuando llegaron al aeropuerto, Corinne había renacido, hasta tenía el acento andaluz de sus cortos años. Corinne estaba de nuevo en este mundo y un montón de guardaespaldas sabían que tenían que protegerla de todo mal, si no querían que lo peor les ocurriera a ellos. Corrinne creció y con dieciséis años era una maravillosa chiquilla que estudiaba cinematografía en San Antonio de los Baños. Una tarde, a Rpbertito le encontraron muerto. Nadie supo o no quiso decir qué le había pasado.Seis años después, Corinne presentaba su primera película en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, apadrinada por Fidel Castro. La madre estaba feliz.Al padre un amigo le dedicó una palabra, pero un oficial le dijo que se callara. Muerte por vida. Así había sido el trato.