El beso

Sergio Berrocal

No sé dónde tengo el alma pero a mí se me partió aquella noche con relentes de tarde brillante, como si los focos tuviesen que estar metidos en la fiesta, cuando recordé aquel beso infinito que se prolongó y no acabó nunca más que muy abajo, entre tus piernas apretadas, como la puerta de un castillo que tú hacías que no querías abrir. Recuerdo que no había sido intencionado, me dije para mí, pero en realidad quién sabe y tú sí que lo sabías. Tenías un libro de Cortázar abierto del que hablábamos con entusiasmo. Cortázar amaba con palabras entre crucigrama de Le Nouvel Observateur y rezos de misa dominical. Tu pelo muy fino dejaba que el viento que entraba por la terraza lo balanceara dulcemente, como una caricia. A veces jugaba con tus ojos que tenías medio abiertos cuando seguías hablando como en una confesión de las de antes. Me acerqué para enseñarte un párrafo muy cerca de tus ojos y durante cuarenta o cincuenta segundos tu boca se quedó presa de la mía, con un hilillo de saliva que entraba y salía mientras colaba alguna palabra. Estábamos quietos, tú con los ojos gachos, como avergonzados, pero seguíamos hablando en medio de besos chiquitos, como mansos, que se entrechocaban en los dientes, salvo cuando tú dijiste algo que te obligó a abrir la boca y dejarme entrar. Fueron treinta o cuarenta segundos callados, con el libro colgando de una mano y la otra mano que sostenía tu pelo para que no escabulleras tus labios que sabían. Tus labios palpitaban alocados, mientras intentabas decir algo pero ya te rendiste y callaste, muy juntos, el pelo cubriendo la escena como si hubiese que ocultar algo. Tus labios palpitaban alocados contra los míos y unos dientes pequeñitos y agudos mordieron con la rabia de quiero y no puedo. Se peleaban los labios hasta que hicieron la paz y se fundieron en las lenguas que ya no dejaban hablar de Cortázar ni de nadie.

Una gota de sangre me endulzó el paladar.

Se separaron las bocas y seguimos hablando de aquellas frases maravillosas que había pintado Cortázar. Me apretaste como para que me acercara más. Las piernas estaban liadas entre la butaca y el sillón. Estuvimos unos segundos larguísimos mirándonos callados, como si la imagen se hubiesen congelado.

–Creo que lo que realmente quiere decir Cortázar,,,, dijo ella en un suspiro mientras el libro se le caía al suelo y sus manos bajaban como si quisieran que no se hiciera daño .

Estábamos cada vez más juntos, Sonó el chasquido de una falda. Ella apenas se movió, pero suficiente para sentarse encima de él, con el pelo largo que cubría la escena. Suspiro profundamente diez segundos después y le echó los brazos al cuello. El no se movía o si lo hacía no se veía. Quedaron como pegados, empalados, mientras la butaquilla se balanceaba dulcemente y ella se agarraba al cuello del hombre, hasta que le mordió con rabia. Una gota de sangre cayó sobre la camisa blanca.Nadie hubiese podido cronometrar el tiempo que pasaron rígidos, mientras los labios de ellas se morían el uno al otro para no chillar. El tenía su cabeza metido en la pelambrera que se había bajado del columpio. Nadie hubiese podido decir cuánto duró aquel abrazo. Cuando ella le soltó el cuello y le pasó los dedos de una mano por la boca, como si quisiera agradecer una bendición, fue recobrando su posición de cuando estaban leyendo el libro, qué había caído al suelo. Ella se sonrojó. Tenía la falda húmeda.

-Creo que lo que decía Cortázar es que al final ella le había hecho el amor, lo había desvirgado.

Ella sonrió con las mejillas rojas.

-Es muy bello.

La falda seguía mojada. Ella se echó por encima una mantilla que había en una butaca.

Y entonces se besaron, pero esta vez sin pretextos. Luego, ella recordó a Anaïs Nim y se puso colorada.