El fin de Audrey Hepburn

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal

Qué pena, penita, pena, una elegía por favor, Audrey Hepburn, lo más bonito del cine de los años sesenta convertida en muñeca de trapo con un robusto Georges Peppard a su lado y un noble español al otro, José Luis de Villalonga, mitad escritor mitad actor, en aquella película que todos pensábamos sería inolvidable, “Desayuno con diamantes” (1961). La canción Moon River, de Henry Mancini, el libro de Truman Capote, el niño malo y perverso de la literatura norteamericana, el inevitable, el inimitable. Tú andabas por París, acababas de comprarte tus primeros mocasines de lujo, creyéndote el Peppard un poco bruto. En el mar, Cuba y la Unión Soviética jugaban un juego peligrosamente explosivo. Podía estallar una guerra nuclear. Y el mundo se entusiasmaba por Audrey Hepburn, vestida de muñequita adorable con unas enormes gafas de sol que cubrían todo Manhattan. Y todos, jovencitos y menos jovencitos, entusiasmados. Todavía nos duraba la borrachera de la Hepburn jugando a la extraviada de una vida facilona, de dólares norteamericanos que son los que contaban entonces, porque los europeos éramos pobres con nuestros francos, nuestras pesetas. Ay, qué pena, penita pena. El 4 de agosto de 1982, el cadáver de la reina de Hollywood, de la hermosura de todo un país, de tantas ilusiones aparece muerta entre sábanas sudorosas de una noche espantosa de verano. Marilyn Monroe, la amante del Presidente John Kennedy, ha muerto mientras todavía recordamos las fantasías de la Hepburn, en un papel absurdo, que entonces nos parecía genial.

Pero la película se ha caído del televisor este otro verano del 2020, cuando el mundo no tiene ojos y miedos más que para un bicho chino, que nos amenaza, que nos mata, que nos arrincona en una calle donde parece carnaval, porque todo el mundo lleva unas ridículas mascarillas que ya están convirtiéndose en moda, las hay de todos los colores, de todos los modelos. Pero el Coronavirus llegado de la poderosa China comunista-capitalista se ríe de la imbecilidad de los occidentales, siempre preocupados en memeces, siempre perdedores. Y esa noche de mayo del 2020 de calor también insoportable, como aquella otra noche de agosto cuando nos dijeron que probablemente Marilyn había sido asesinada, se te ocurre ver, contemplar, bañarte en “Desayuno con diamantes”, porque creías que ibas a volver a encontrar la dicha de los años sesenta, cuando conquistó, aplastó todos los conceptos de belleza del mundo. Y ella, pobre, ella la inocente Audrey Hepburn haciendo payasadas con un Peppard que no sabía dónde meterse y terminaría en películas de acción y sin esa música de “Moon River” que te fascinaba, te enamoraba, te decía que había otro mundo. Aunque en el mar se estuviese jugando una partida de ajedrez, de cartas o de dados de la que podía depender que el mundo diera un estallido nuclear.

Sonaba la armónica de “Moon River”, y te secabas furtivamente las pestañas que no podían más de lleno, de emoción. Pero esta noche del bicho malo chino no era el momento de emocionarse. El idilio, los idilios, de la flacucha actriz te sonaron de pronto a pitorreo. Íbamos quizá a morir todos y la lancinante Moon River se escapaba una y otra vez de la pantalla, como queriendo tranquilizarnos.

Peppard regalaba una baratija a Audrey Hepburn nada menos que en Tiffany, el capitalismo a alcance de los desgraciados del amor que creían que el mundo era de ellos, que los sería en cuanto Kennedy y Kruschov acabaran por entenderse. Y mientras los funerales de Marilyn Monroe se preparaban en silencio, con sábanas usadas, pero los chicos de la CIA están acostumbrados a todos. Menos mal que esta vez que me ha tocado el martirio de “Moon River” ha sido con esas gafas que no son las de la Hepburn sino que ocultan mis cataratas, que dan otra visión al mundo. Audrey ya no era tan bella. Ya no la hubiese invitado a bailar el tango que Al Pacino desgranaba, ciego él, con una chiquilla bella vestida de negro esplendoroso y dispuesta a entregarse al coronel que ya no le quedaba más que el uniforme de una guerra perdida, porque todas las guerras se pierden tarde o temprano y solo las gana el diablo.

Está amaneciendo, con un sol insolente, un sol que todavía ilumina los últimos (je.je) féretros de la pandemia. Y Audrey, pobrecita Audrey, ya tampoco estaba, jugaba a la dama neoyorquina que tiene un amante forzudo al que espera una millonaria. Qué pena, penita pena. Todos murieron y Moon River se calló. Amén.