Puta vida

Sergio Berrocal| Maqueta Sergio Berrocal Jr

Puta muerte que reparte sus papeletas cuando menos te lo esperas. Entre la vida y la muerte no hay más que un sortero que nadie sabe dónde ni quien lo hace. Son caprichos. El otro día, el que fuera secretario general del Partido Comunista español, tiempos pretéritos, de cuando con la muerte de Francisco Franco, el dictador, la gente esperaba una España más racional, Julio Anguita, se lo llevó un ataque cardíaco. Había tenido unos cuantos, pero para qué dar fechas ni cifras. Era joven, unos 40 años, cuando le conocí en 1977 en un congreso en Madrid. Le llamaban el Sultán. Era el retrato de un personaje de Alí Baba. Era maestro de escuela, de los que enseñan de verdad. Luego creyó que la política. Tenía cara del pillo Omar Shariff en cualquiera de sus brujerías. Un día, hace años, cuántos ni importa, su hijo, periodista, fue nombrado enviado especial a Irak, donde Bush cometía sus tropelías. La suya fue una más. Estaba filmando a unos militares norteamericanos desde un balcón y el teniente que probablemente todavía no había echado un buen polvo en su vida, que esperaba una medalla, apuntó un cañón de su tanque y mató de la forma más estúpida al muchacho que se estrenaba. Triste, muy triste fueron aquellos días para aquel Julio Anguita que todos conocíamos sonriente con sorna, caballero de una política donde no hay casi más que malvados. No le oí hablar más del muchacho. Intentaron que el teniente asesino que solo quería que lo desvirgaran fuera juzgado, pero no pasó nada. Nunca pasa nada cuando se te mata un hijo, o cuando te lo matan. Satanás es así de caritativo. Ya no le volví a ver porque cuando se han pasado por los mismos varapalos mejor es dejar estar. Pero él siguió predicando la moral en política en un país donde la corrupción en política es cosa de todos los días. Y el otro día le metieron a toda prisa en un hospital de Córdoba, la ciudad de los jalifas, su ciudad. Y allí se quedó. Ya no volvimos más a ver su sonrisa. Una señora por la que tengo sentimientos mitigados me dijo: “Ha muerto feliz. Estaba deseando morirse para encontrar a su hijo”. No sé si lo encontrará. Ya les diré cuando me toque el turno, porque somos de la misma quinta.

Adiós, Anguita. Eras el político más honrado que he conocido en el mundo. Seguramente por eso tu muerte no fue celebrada con zarabandas como las de los homosexuales cuando se acatarran el pito pegando saltitos por las calles.

Esta es la cruz de la puta vida que vivimos porque no nos han dado otra elección y porque hay que pasar el tiempo con algo. Esa misma tarde en que yo le rezaba un padre nuestro en la esquina de mi sofá, me cayó de la bonita revista Paris Match la historia de otro hombre, también de nuestra edad, 82 años, feliz, contento, sonriente como cuando se es moderadamente feliz. Claude Lelouch lo conocen hasta los gastos ciegos. Es el director de cine que más éxitos ha cotizado en Francia, sobre todo uno, “Un hombre y una mujer”, la historia es de los años sesenta, 1966, y cuenta como Jean-Louis Trintignant resucita de una vida de un hombre muerto por un amor fallido al lado de una mujer de belleza turbadora, Anouk Aimée, con una musiquilla simple, sencilla hasta las lágrimas. Es una gran película pero no era bastante para el señor Claude Lelouch. Ahora le ha llegado un amor lindo, una escritora de 53 años, Valérie Perrin, que ha escrito tres libros, tiene pinta de señora de película elegante y por lo visto se ha enamorado de él. A menos que no se haya enamorado de su celebridad. Pero da igual. Yo no pediría más que eso. Porque cuando te dicen “Mon amour” en francés, con acento del mediodía y una sonrisa de ganadora tienes que sentirte por lo menos feliz, sino más.

Un día la puta vida también le pasará la factura a Lelouch, porque de lo contrario sería una injusticia. Él, muy feliz en una foto en color, ha afirmado que ha encontrado el amor de su vida, aunque lo haya buscado o quizá hasta perdido por el camino. El hombre tiene 60 películas a sus espaldas, ningún dramón como el de mi amigo Julio Anguita, de veras me hubiese podido ser su amigo, aunque me temo que hubiésemos chocado porque los dos sabemos muchas cosas y queremos saber más. El hasta en la muerte. Yo no sé si Lelouch da algunos euros a los niños hambrientos que la televisión presenta como un desfile de modas, pero sí sé que Anguita, el maestro, porque esa era su profesión antes de meterse en política, renunció a su sueldazo parlamentario para que otros se lo comieran. No creo que fueron los negritos de la película. No sé si les choca que yo considere que todo esto es el efecto de una puta vida. Pero es que es así. Anguita se fue con el pensamiento probablemente clavado en aquel periodista de hijo que le mató un yanqui probablemente tarado y Claude Lelouch sonríe estúpidamente con sus blancos y lujosos dientes que Dios sabe cuánto le habrán costado.

Pero así es esta puta vida.