El Coronavirus acabó con todo
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

El siniestro y chino, aún más siniestro, Coronavirus, que sigue matando como una gripe española cualquiera, ha puesto al descubierto la falsedad de todos nuestros sentimientos cristianos y bondadosos. Desde que ha aparecido, ya nadie parece acordarse de que el mundo entero, desde África a Tierra de Fuego, es un quejido que no cesa de pobreza, guerras, asesinatos y toda clase de perversiones. Que hay una guerra feroz en Siria, que hay refugiados por todas partes que buscan una vida mejor, que en muchos lugares del mundo se traman otras tragedias. Que el mundo es un caos. Pero por el momento nuestra única preocupación es ese bicho repugnante e invisible. Hasta que el hijo putativo del primer ministro chino, Xi Jinping, viajó desde China al resto del mundo en una especie de siniestras vacaciones, como una pandilla de Dillinger liquidando todo lo que se le pone por delante, lo pasábamos muy mal con la televisión de cualquier país europeo, donde aparecían invariablemente niños negros, bebés, a punto de morir de hambre y personas de acompañamiento, todos rostros conocidos en cada país que no olvidaban su publicidad, pidiéndonos que nos acordásemos de esos niños que iban a morir por falta de alimento. Bastaba un euro o poco más para salvar a uno o dos.

Los presentadores de tamañas y terribles imágenes siguen bien y no han necesitado que los alimente nadie. Otras veces era la mutilación genital femenina, esa práctica espantosa de algunos países africanos durante la cual se le rebanea a las muchachas la parte más gozosa de su cuerpo. Supongo que en nombre de algún dios africano.Algunas veces nos recordaban las televisiones, que son misericordiosas como el Vaticano que no suelta un real más que para mantener en pisos lujosos o en monasterios cinco estrellas a sus propios pederastas de uniforme, que teníamos que hacer un esfuerzo, ayudar, siempre ayudar. Entonces llegó el Coronavirus, que debe de ser ateo, y ya no se habló más que otra cosa. Los niños negros moribundos de la televisión han desaparecido, ya no hay más hambre en África ni niños guerreros a los que hace unos meses había que salvar con algún donativo, porque, finalmente, el truco es sacar dinero. Ya no tenemos más guerras. Ni monstruosidades en países donde la religión y un multimillonario mandan. Los europeos ya podemos comer tranquilos delante de la televisión. Todo se ha resuelto milagrosamente. Lo han resuelto los chinos mandándonos ese bicho que debe de ser muy feo, porque ni el Presidente de la Gran China, donde supongo que siguen ejecutando a bala pagada (la familia tiene que abonar el precio de los cartuchos con los que se matan a sus delincuentes) quiere verlo. Lo niega todo, debe de ser mudo o imbécil por culpa de los misioneros ingleses, y de vez en cuando consigue que el Presidente excelso de los Estados Unidos, Donald Trump, recuerde cuando el 7 de diciembre de 1941, sin estar en guerra, Japón atacó la base norteamericano de Pearl Harbour y no dejó ni un barco de guerra ni un avión para volar. Entonces, todos los japoneses que vivían en Estados Unidos, la mayoría ciudadanos yanquis, fueron recluidos en campos de concentración. Luego, el Pentágono, el infierno norteamericano desde donde se dirigen todas las guerras, se acordó de sus bombas atómicas que todavía no habían sido probadas y en cuya concepción participó el mismísimo Einstein. Y los estadounidenses arrasaron con dos bombas atónicas, las primeras, las ciudades más floridas de Japón, Hiroshima y Nagasaki, y no dejaron nada. Una masacre perfecta que hubiera dicho el general Custer, el de los indios con flechas.

Pero ya está todo perfecto. Los chinos, más listos que los japoneses, inventaron bichos raros y ahora nos mandaron el más malo de todos a ver qué hacíamos. Pero lo esencial es que ya no nos ocupamos de los negritos que padecen paludismo toda su vida, y que mueren con un mosquito en la nariz, nos importa un carajo que se mueran de hambre, para eso están los generales que mandan todas esas tropas en África en nombre de la libertad dictada por los países maravillosos de democracia que somos nosotros.El único problema es que en un país a la que pertenece mi isla africana hablan de abrir las escuelas de los más pequeños para que los niños tengan por lo menos una comida al día, la de mediodía, la que le daban cuando iban a clase, y que las organizaciones caritativas han abierto a toda prisa comedores por todas partes, porque el país está en la ruina, la gente no tiene dinero pero sí hambre.

Dios bendiga a los chinos inventores del Coronavirus que nos mete el miedo en el cuerpo y no nos da ni para gritar porque ese bicho se mete por todas partes.La gente evita las vacaciones al extranjero, antes tan frecuentes, porque les pueden obligar obligan a permanecer encerrados en su habitación de hotel durante catorce días para que no atrapen el maldito virus. Propongo que los europeos le fletemos al Presidente chino un avión, como el que tiene el Presidente norteamericano, incluyendo a su señora, que no parece hacerle mucho caso, para que vaya a desafiar a la espada a Donald Trump en el monte de los Olivos, allá por Jerusalén, porque usted que no tiene más religión que el Mal hasta podíamos bautizarlo en las aguas del Jordán y hacerlo monje budista, aunque tendrá que soltar los trajes Armani. Y luego crucificarlos. Le perdonaremos y hasta le ofreceremos la hoguera de Juana de Arco para que queme todos sus pecados que son muchos.Y que viva la Republica de Hong Kong, si es que todavía ha dejado usted a alguien vivo que piense o por lo menos sepa escribir. Y recuerde a Mao Tse Tung, que nos legó su libro rojo. Usted nos da a cambio un Coronavirus que deben de mantener en las granjas de su familia. Porque usted, señor, es un burgués que ha debido de estudiar en Harvard y criarse en Harlem.