Cuba y la corrupción
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Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

La corrupción con sus caras múltiples es como el aire, está por todo el planeta desde que el hombre, dicen, se irguió para diferenciarse de sus antecesores. Cuando en Cuba unos forjaban la nacionalidad sin darse cuenta y hasta se disponían a luchar por ella, otros contrabandeaban, y al surgir la primera república, en tiempos en que el mercado estaba de sobra abastecido y regían los precios, el asunto era, como casi siempre ha sido, llenarse los bolsillos a mayor velocidad que el sonido. Y así, rodando con una revolución por medio llegamos a estos días de pandemia que en la isla tienen su expresión más dramática NO en hospitales colapsados o en muertos por enterrar, debido a la fuerza práctica de un sistema de salud pública y una comunidad científica que previeron, actuaron de conjunto en tempo record y han minimizado las bajas: 79 muertos en 67 días de enfermedad para una letalidad de 4,36% de total de contagiados, cuando la media en América es de 6.2% , según datos de la OMS hasta el 16 de mayo. NO, aquí el drama radica en el mal endémico de repartir poco entre muchos, y ante esa dicotomía las mil costuras con las que se han tratado de remendar los males de la sociedad cubana revientan a la vista de todos.

Revisando ese “chismoso” con más alcance que la pandemia, como le dice el maestro Sergio Berrocal a Facebook, desde la isla sobran los post reflejando intervenciones policiales para desactivar hasta una fábrica clandestina de pinturas (a la baja o inexistentes en los mercados oficiales) con materias primas robadas del predominante sector estatal para su posterior venta en el mercado negro ; o la intervención en un centro de aislamiento de personas para evitar contagios, en el que el administrador robaba a los dos manos los recursos puestos allí. Hay también 10 mil propuestas de solución: que si identificar a la gente que hace cola por profesión una y otra vez a fin de revender lo mucho que falta a mayor precio, que si seguirlos para conocer a quienes lo financian, que si reactivar la pena de muerte por fusilamiento en los casos más hirientes.

Sin embargo, parecería que el asunto va mucho más allá que vigilar, denunciar y fusilar porque cundo los alimentos o los medicamentos no alcanzan, TODOS o casi todos, para no ser acusado de absoluto, recurrimos en algún momento a esas ofertas que se hacen en voz baja de boca en boca. Claro que hay que detener, enjuiciar y sancionar a los corruptos, pero el fondo de este asunto radica en que la estatizada económica cubana ha sido y es incapaz de producir las riquezas que demanda el consumo nacional, y aun si lograra eliminar esa constante, la corrupción, como mal endémico del planeta, solo cambiará de forma, pero al menos los mortales simples tendremos un respiro en las compras obligadas de cada día.

No abogo por el neoliberalismo (bien de pocos y agonía de muchos) , no desconozco, porque lo padezco también, los efectos de más de medio siglo de persecución económica y financiera de Estados Unidos, empeñado en que el modelo cubano no cuaje, pero sí estoy entre los que piensan que si no se desatan las fuerzas productivas, si no se estimula la iniciativa individual, si no se potencia de manera equilibrada la empresa estatal (en sectores estratégicos para la soberanía nacional) , las asociaciones privadas y las cooperativas en los ámbitos productivo y de servicio, si se sigue de pronunciamiento en pronunciamiento político sin efectividad práctica, la corrupción que hace una década llegaba más arriba del cuello de la sociedad cubana, en el decir de Raúl Castro, terminará por devorar a este país y servirlo en bandeja de plata a quienes esperan desde hace décadas la celebración de un festín.