El rictus bobalicón de Mona Lisa
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La más hortera de las sonrisas, la de la gordinflona Mona Lisa, hija del venerable Leonardo da Vinci – pero no le juzguen, por favor, todos los genios tenemos debilidades –, sigue provocando epilépticos delirios entre quienes se ponen frente a ellas, sobre todo si son japoneses.Es la leyenda del siglo. Un cuadro olvidado de uno de los grandes genios de la pintura de todas las nacionalidades en casa de un rey francés que lo colgó en lo que entonces servía de cuarto de baño. Así lo cuenta la leyenda y así se forjan las mentiras históricas. Cuando no ha estado recorriendo el mundo y se encuentra en su marco-fortaleza, vigilada por infinidad de cámaras de seguridad, siempre que he ido al Louvre he preferido irme a disfrutar de la sonrisa de la Venus de Milo, despejada, sin misterios y hasta sin sonrisa. Lo de Mona Lisa se ha convertido con los malditos agentes publicitarios en un estúpido marketing que ha generado infinidad de preguntas, algunas tan inteligentes cómo intentar saber si la modelo del cuadro estaba embarazada, era esposa o concubina de un agente de la propiedad o amante de un electricista.

En cuanto al por qué de su sonrisa (¿y a quién le importa realmente que sonría de lado o de frente, que lo suyo sea un rictus macabro, consecuencia directa de una dolencia de muelas o virginal muchacha asomada al balcón de la vida?) Tal vez sea una prostituta que ya había inventado la técnica de Ámsterdam donde las señoras de vida más o menos ligera se exhiben lo mejor que pueden en escaparates alimentados por luz eléctrica frente a la estación de ferrocarril. La primera vez que fui a verla con receta médica al Museo del Louvre de París fue por prescripción expresa de mi entonces psiquiatra, empeñado en curarme lo incurable a base de lo que había bautizado risoterapia. En realidad el médico aquel estaba locamente enamorado del cuadro más falsamente enigmático de la historia del Arte y mandaba al Louvre a sus pacientes para darse celos. Se volvió loco de celopatía y nunca he vuelto a saber de él. Amén.

Ya les digo que a la sonrisa de Mona Lisa, siempre he preferido la de la Venus de Milo, que tan feliz me ha hecho desde que aterricé frente a ella un día que en mis primeros pasos por París creía hacer cola delante de un prostíbulo. La Mona Lisa esa me recuerda a la sonrisa de una guapa panadera de la calle Mouffetard, en el París de mis años sesenta. Nunca comí tanto pan como en mis inicios a la vida parisiense. Me había enamorado de aquella mocita y cuando me llegaba la vez para comprar mi baguette le soltaba una frase muy cursi en francés y trataba de que mis ojos tuviesen una apariencia inteligentemente enamoradiza, como cuando Errol Flynn (Robin de los bosques) ve por primera vez a. Olivia de Havilland (la dulce protegida del Rey con sonrisa de Mona Lisa). La panadera se limitaba a sonreírme, tan tontamente como la modelo de Leonardo da Vinci. Empecé a cansarme de tan fallido enamoramiento al cabo de quince días. Justo a tiempo para enterarme que mi Julieta era polaca recién llegada a París, por lo que mis enamoradizo lenguaje francés le hacía tanta mella como un croissant en el estómago de un jacaré perdido en el Pantanal brasileño.

Y ya que estamos en faena de estupidez concreta, ¿recuerda alguien la sonrisa de Madame Bovary, ese personaje de mujer fatal o ideal, según se mire, que el franés Flaubert inventó ya hace ciento cincuenta años? A ella nadie la inmortalizó en un cuadro que se fuese a contemplar a través de los tiempos, de las modas y de las revoluciones. Fue sencillamente esa mujer que se casa con un médico de campo, cuando esta apostilla tenía tela marinera para el ego, trata de ser un ama de casa en un pueblo perdido en Normandía, tierra de manzanas, que se beben más que se comen tras un concienzudo paso por un ilegal alambique que produce alcoholes para inmolarse por dentro. Normandía es también, y sobre todo, un infinito solar de aburrimiento. Me pregunto si, aunque es yanqui, uno de los personajes de la novela Otra noche de mierda en esta puta ciudad, no habla de esos parajes cuando pontifica: “No te fíes de quien no bebe. Los que no beben tienen algo que ocultar, un secreto horroroso que saldrá a la luz el día que se emborrachen”.

Madame Bovary bebía poco, cidra, o no bebía, ni siquiera por aburrimiento y sólo una vez según Flaubert cuando se tragó como para desafiar a alguien medio vaso de aguardiente, el de esas manzanas tan bonitas. En realidad, ahora que lo pienso, sonreía poco, desde luego y en ningún momento con la estupidez de la Mona Lisa. La mujer del médico tuvo algunos amores, que hasta la hicieron medio sonreír como su primer amante, con el medio noble y en todo caso cacique del lugar Rodolphe Boulanger, propietario de un castillo bautizado la Huchette.

Llevo años preguntándome si no sonrió con ganas, con la desesperación un tanto triste de la desenamorada, cuando decidida a acabar con la estupidez de su vida se apodera de un frasco lleno de arsénico, lo abre y empieza a comerse el polvo mortalmente blanco como si paladease una chuchería. Y llevo dos semanas agotado de espanto pensando que más de una mujer que se cruzó por mi vida me recuerda todavía por mis zapatos italianos. Peor que el cianuro a puñados.