Aventureros del teclado
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Me hubiese gustado ser un aventurero de los que describo a veces porque los conocí con este rifirrafe de medio siglo de periodismo que te permitía, en tiempos de entonces, meterte en todas partes. Uno de ellos fue el comandante Prouteau, un guerrero de verdad, que enseñó a los europeos a luchar contra la lacra del terrorismo. El otro era un cachondo llamado Porfirio Rubirosa, dominicano y jodedor ante los hombres y sobre todo delante de las damas, que tuvo en su cama y en su cuenta bancaria a las mujeres más ricas del universo. Ricas en todos los sentidos. Un amigo de París, que tiene también una historia bastante aventurera pero que todavía anda encerrado en el secreto de Estado o de estado, me ha dicho que Prouteau, que llegó a ser guardaespaldas del presidente François Mitterrand y guarda de lo que sea de una hija al margen del matrimonio que tenía el Presidente, (¿imaginan un nombre más bello que Mazarine?) anda de asesor en algún país de África. Prouteau, que fue célebre en el mundo entero porque era el único que estudiaba y era capaz de enfrentar a los terroristas, ni los norteamericanos, es un poco menor que yo, que ya es bastante, pero hay que ser de una raza aparte para jugar con la suerte en países y en medios donde hoy eres el rey de bastos y mañana el condenado a desaparecer. Rubirosa no corría grandes riesgos, aparte alguna que otra enfermedad venérea. Se casó con una multimillonarias, a la que se le caían los millones de dólares del bolso, como Doris Duke, la reina del tabaco rubio la llamaban cuando yo andaba por esos mundos. Luego se cansó y le cazó, porque él se dejaba fácilmente cazar por el olor del dólar, Barbara Hutton, millonaria porque había nacido así. Su primera esposa había sido Flor de Oro, como la llamaba su papá, el sanguinario dictador dominicano Rafael Leonidas Trujillo de quien todavía se acuerdan algunos dominicanos aunque esa República sea ahora un baúl de turismo sexual.

He sido toda mi vida, ya lo saben ustedes, aunque no todo el mundo puede jactarse de ello, periodista, que es como un aventurero legal sin medios porque se trata de hurgar en lo más profundo de las cosas sin que te den un rublo. Hoy hay muchos periodistas, infinidad de periodistas, muchos medio analfabetos, que conocen los libros por el forro pero que en realidad no buscan noticias sino que les paguen bien. Son lo que en una época se llamó en Estados Unidos public-relations, gente encargada de hacer publicidad a empresas, políticos y otros truhanes, incluyendo a grandes empresarios e incluso a otros que quieren llegar a dirigir un país. Mi amigo Guido Orlando, ya muerto y enterrado, era italo-norteamericano y durante toda su vida presumió de haber sido quien lanzó a presidentes como Roosevelt.

Los auténticos periodistas están en las agencias de prensa mundiales, que son tres, France Presse, Associated Press y Reuter, y alguna que dejaremos en suspenso. Son también los peores pagados porque no te piden que hagas publicidad ni que hables por boca de otro. Los agencieros de los años sesenta éramos aventureros, porque ganábamos justo para vivir aunque en el caso de France-Presse-París te conseguían un piso muy decente y de acuerdo con tu sueldo, flojito, en las afueras de París. No tengo amigos periodistas millonarios ni con propiedades. Los que yo conozco, y aquí les hablo de Cuba, son algunos que se ganan la vida y se juegan parte de sus vidas dando noticias para el extranjero que a veces no le hace gracia al gobierno. Claro que ahí mismo hay muchos otros periodistas que tratan de ejercer su profesión pero se tropiezan con funcionarios del Estado, bien pagados a juzgar por sus pretensiones que no sirven para nada. Suelen ser gordos, analfabetos y pretenciosos.

Algunos hemos sido un poquito aventureros porque la noticia lo mandaba. Pero sin que a final de mes nos pagaran una piastra de más. Voy a sacar de esta lista de que les hablo a Mario Vargas Llosa, que además de un excelente escritor era un buen periodista. Tuvo mucha suerte y hasta le dieron un Premio Nobel. Ahora puede permitirse el lujo de jugar a los aventureros tipo Rubirosa enamorando en el mundo de los multimillonarios. Y hasta estuvo a punto de ser Presidente de Perú, “pero me acojoné, Berro, cuando un día saliendo de una recepción en coche, mi guardaespaldas me tiró brutalmente al suelo y me dijo que no me moviera, mientras sacaba de la cintura un enorme pistolón”, me contó una tarde en Biarritz, esa ciudad de Francia donde se comen ostras de oro.

Pero todos los buenos periodistas, y hay muy pocos, porque tenemos que descontar los que están pagados por el Estado o grandes empresas todavía más poderosas, hemos vivido aventuras dignas de un aventurero, y perdón por la redundancia. En los años sesenta entrevisté después de mucho rogarle a una princesa iraquí que había llegado a Paris en espera de casarse en Irak con el rey Faisal II. Ella era la princesa Fazila Khanum Sultana, según las notas que conservo. Y a su novio lo ahorcaron unos días después de su llegada, nada menos que el 14 de julio, fiesta nacional francesa, el día o dos días antes de la ceremonia nupcial. Faisal II había dejado de existir. El golpe de Estado lo habían dado los partidarios de un canalla llamado Sadam Hussein, al que el demente de Bush odiaba tanto que mandó no fusilar sino ahorcar a lo canalla, como un vulgar bandido, con una gruesa soga. Bush no estuvo nunca en ningún loquero No les voy a decir lo que hablé en los días del reportaje con la princesa, que no era muy bonita, pero tenía unos ojos verdes de locura. No les voy a contar nada porque, como dice un compañero español radicado en Francia que conocía todo lo que ocurría a través de los aviones, y no pregunten más, carajo, “eso es secreto de Estado”.

Pero estábamos en un piso ultramoderno e inmenso los dos solos tomando una bebida cualquiera, y le mirabas el vestido que tú nunca podrías quitarle porque antes tenías que haberlo comprado. Ella te sonríe, porque se aburre, pero como tú te enamoras fácilmente y eres joven te lo crees. Al fondo, casi invisible está el mayordomo, una especie de Barba Roja salido de algún relato de Alí Babá.

Lo genial es cuando llega la hora del adiós. Nunca sabes si hubieses hecho tal gesto o dicho aquello en lugar de lo otro. Claro, que si ella hubiese estado al borde del síncope del aburrimiento, quién sabe lo que habría podido ocurrir. Te había pasado como con aquella deliciosa actriz norteamericano que no conocía más que dos palabras en nuestra lengua común Coca Cola. Salisteis juntos porque a la productora le interesaba y algún periódico de la prensa amarilla insinuó un idilio. Y tú llegaste a creértelo pese a que tenías que pedir dinero prestado a alguna amiga para invitarla a una Coca Cola. Y el día que le ofreciste una rosa delante de doce fotógrafos fue uno de ellos el que la pagó. La película que había venido a rodar, una novísima Juana de Arco, fue un fracaso pero la muchacha de la sonrisa mimosa consiguió una popularidad mundial con la película que rodó con Jean-Paul Belmondo, “A bout de soufflé”. Tú ya llevabas rato fuera del circuito.

Luego hubo aventurillas con un loco de la organización terrorista vasca ETA que quería a toda costa que yo le sirviera de pasaporte para volver a España. Doy gracias a Dios de que le matasen al intentar atravesar la frontera porque nadie me había hecho sentir nunca tanto miedo.Pero, ya ven, vivimos para contar no para que nos den medallas o títulos nobiliarios, o algún premio como el Nobel. Y personalmente considero que eso ya es un privilegio del que poca gente puede presumir.Así que, aunque alguna vez nos metamos por casualidad en el pellejo de héroes, el periodista, el bueno, claro, no es más que un mirón, que ve, anota y luego escribe, aunque a veces tenga que esperar a que el susto se le haya pasado y las manos dejen de temblar para poder darle al teclado.