63 pastillas, 1009 palabras

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Se tomó 63 pastillas, de todo un poco, pero sabiendo lo peligro de lo que tomaba porque estaba asesorada por un profesional en suicidio. Mientras tanto, yo lloraba otra vez sobre mi vida en un artículo de 1009 palabras. “No es un campeonato”, me dice. Nunca he participado en un campeonato, ni siquiera cuando estaba en las Juventudes Católicas y nos llevaban a los estadios “a prepararnos”. Probablemente a gastar grasa y cansancio para evitar la masturbación, porque estábamos en edad de querer y los católicos éramos muy mirados.63 pastillas, de todos los colores, de todos los calibres. Como el militar de carrera que se mete entre sus armas y vas escogiendo. Esta sí, pero esta tampoco.Dicen que el suicidio es una cobardía. Yo no lo sé porque nunca lo he intentado y si no lo he intentado, si no he sido capaz de intentarlo es probablemente porque soy un cobarde. Quitarse la vida, cuando en estos tiempos del Coronavirus hay teorías para no curar más que a los enfermos que no hayan pasado de los 75, en España familiares han advertido de varios casos y en Holanda responsables políticos proclaman la liquidación de viejos inútiles. Hasta el loco de Trump metió ahí su manita sin darse cuenta que él tiene la edad para que los holandeses se lo lleven. El suicidio es una cosa muy seria, definitiva puede ser que en todo caso deja heridas muy hondas pero existe. Como existe la eutanasia, donde en Holanda se practica en clínicas que quizá no estén muy lejos de los escaparates de las prostitutas, la muerte y la vida juntas, vecinas, cómplices.

Hay que ser muy valiente para pegarse un tiro, llenarse las venas de medicamentos, colgarse de un árbol. Yo lo llevo pensando hace años pero he sido incapaz siquiera de comenzarlo. No he ido más allá de la intención meramente intelectual. Claro que ella, la de las 63 pastillas estaba decidida. Y esta mañana amanezco con el réquiem de un artículo donde cuento trozos de mi vida, nada extraordinario, pero son míos, algo que llevo haciendo muchos años, pero esta vez quizá con más fuerza. No lo sé. Los que escribimos vivimos en un mundo hecho a medida. Lloramos sin lágrimas, es frecuente lo que los oftalmólogos llaman “ojos secos”, y tenemos la suerte de flagelarnos con las palabras. Aunque duela mucho. Pero no hay revólveres que disparen balas de palabras mortales.

Quizá sea una revancha de la vida. No serás médico, hijo mío, pero serás escritor. No tendrás el poder de curar o de destruirte pero sí el poder de llorar sin lágrimas, de matarte con palabras y, sobre todo, de que te consuelen. El amor llega a veces por el consuelo. En un pueblo en el que yo pasé años de mi infancia, había un joven y larguirucho guardia civil que se suicidó en el patinillo de su casa. Cuando llegó el juez, avisado por la autoridad competente, se encontraron con la imagen más surrealista. El suicida estaba colgado pero había formado una especie de nudo con sus manos, no se me ocurre otra fórmula, para impedir que los pies tocaran el suelo e impidiesen que no se celebrase su ahorcamiento.

¿Por qué no se pegó simplemente un tiro con la pistola de reglamento que llevaba colgada de un cinturón negro y, luego se comprobó, estaba cargada y lista para disparar?Pese al bicho que nos han regalado esos benefactores de la humanidad que son los chinos, y que mata sin piedad, sin dar tiempo al suicidio, los suicidios siguen funcionando.

El de mi amiga fue un suicidio anunciado, porque hacía mucho tiempo que se veía venir y debe de ser muy duro hacerlo a conciencia, sabiendo que tiene en las manos las dosis que hacen falta. Es difícil pensar en este caso que era una manera de llamar la atención. Yo no he sido toda mi vida más que un aficionado. En los últimos veinte años he pensado mucho en el vuelo desde mi terraza, pero otros amigos médicos me han avisado que no es nada seguro, que puedes quedarte en una silla de ruedas para siempre.

Esta mañana, un día más de una semana de terror como las que vivimos por culpa del coronavirus desde hace ya un buen rato, mi amiga la médica había leído el artículo (1009 palabras) que acababa de publicar, “El cuento de una vida” y rápidamente me espetó con la experiencia de quien sabe de estas cosas “Buenos días. Ya te culpabilizaste esta mañana”.

Tal vez tenga razón. No soy capaz de ir más lejos. Mis pastillas para el otro mundo son un montón de palabras que a mí deben de parecerme trascendentales y que tomo por un acto heroico. Pero, qué quieres hija, soy un cobarde que sabe escribir y lo aprovecha como puede.Lo bueno es que mi suicidio lo repito cada vez que me siento un poquito deprimido. Y puedo realizarlo cuantas veces quiera. Sin correr más riesgos que el de volverme loco o tonto.