El cuento de una vida

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Desesperado como todas las noches, cuando llega la hora de acostarse sabiendo que dormirás lo que los somníferos den de sí y últimamente no valen ni para una siesta rápida, me he metido en los archivos de un excelente periódico cubano, claro que los hay, con la intención de echar un vistazo a lo que fue. Y en un artículo escrito por alguien que debía ser muy entusiasta y muy joven, pero ya con una pluma bonita, me comparan con Padua y Gabriel García Márquez. Falta Hemingway, pero la juventud es así de maravillosa y agradecer se debe. Claro que me ha dado un subidón y luego un bajón, porque todos hemos tenido ese entusiasmo. Y luego, con el tiempo, han ido ajustándose a las cosas de todos los días, y todo ha quedado en la nada de la realidad.. Estaba preguntándome hojeando todos esos artículos míos, pedazos de libros, y hasta un anuncio de un editor si habrá valido la pena. Si merecía todo el sacrificio que representan esos y otras toneladas de recortes. Porque aunque muchos lectores se creen que hay magia en algunas manos, cuando escribir, lo juro por Jesús, es lo más difícil del mundo, dejando aparte el trabajo de un médico y el de aquel mecánico que siempre me tenía a punto mi Triumph Dolomite Sprint, automóvil inglés de otros tiempos, que había participado, sin mí, claro, en un montón de carreras de circuitos. Yo me conformaba con el ruido del motor, el olor a cuero embriagador y a madera de todas las locuras venida de una isla que ni su creador sabe dónde está. Mucha gente ha ejercido o ejerce, conozco a unos cuantos, el oficio de contar historias con los dedos, porque somos los pianistas de las palabras, los concertistas de verdades y mentiras que encantan a mucha gente, que hacen sonreír y hasta humedecer las pestañas. Estoy seguro, sin la menor duda, de que se hacen la pregunta porque a veces se sacrifica mucho a este hoy desprestigiado oficio de periodista. Se sacrifica la vida personal, el no haber elegido una carrera más rentable que te permite llegar a final de mes. Pero, al fin y al cabo, eres periodista. Y eso es lo que cuenta.

Y luego está el sacrificio de la familia, a la que no le haces mucho caso, sobre todo cuando estás intentando trepar (esta palabreja se la pido prestada a un compañero argentino) porque has empezado por la cara, presentándote en un periódico y diciéndole a un señor, en general el director, que quieres ser periodista. Por lo menos así era entonces, cuando te mandaban a cortar teletipos y a aprender a descifrar lo que podía tener interés y lo que no en un despacho de mil palabras emborronadas que a veces había escrito un aprendiz un poco más listo que tú.

Mis primeras mil pesetas semanales de sueldo (estábamos en Tánger Internacional, cuando aquello era el paraíso de putas refinadas como en la Sorbona, escritores, mujeres malas que estaban buenísimas y perdón por el chiste, y gente que nunca encontrarías jamás) me supieron a una noche en el harem de Ali Baba. De todo aquello me ha quedado un libro. Nunca encontrarán algo parecido a “El cielo protector”, del norteamericano Paul Bowles, que vivió mucho tiempo en Támger Tanto que ya se quedó al final para morir y que le enterraran allí. Tengo dos ejemplares siempre a mano porque poseo una biblioteca que hasta tiene una de las últimas Enciclopedia Larousse pero que es maniática porque le gusta tragarse los libros que más me gustan. Al cabo de algún tiempo suelo encontrarlos, pero con éste no quería correr ese riesgo.

Luego me embarqué para Francia porque la policía marroquí no tenía sentido del humor y Francia me hizo un hombre y un aprendiz periodista pero ya en serio. Nunca me cansaré de repetir que si no hubiese encontrado a la Agencia France Presse, que buscaba periodistas jóvenes para un servicio en español, probablemente hubiese sido mecánico de aeroplanos o dirigente de las Juventudes Católicas, porque mi amistad con Jesús El Nazareno me podía llevar a esos extremos. Allí, en la AFP, dentro del Servicio Español o Latinoamericano se llamó luego cuando se apoderó de él una pandilla de latinos, me enseñaron a escribir, a contar, a ser un hombre capaz de vivir con poco dinero pero enamorado de la profesión más bella del mundo, el periodismo. No imagino que haya una ocupación más señorial, aunque tal vez primogénito de una casa Real tenga sus ventajillas.

Corrí por el mundo que yo quería trotar, América Latina especialmente y sobre todo Cuba, que fue mi perdición porque me enamoré, y no solo de sus jineteras sino de un país que hoy, pese al coronavirus y a la escasez de todo, es el más maravilloso del mundo. Nunca había conocido un lugar donde la gente sonriera casi siempre, fuese amable, educada a ratos y que consiguiera vivir pese a todos los pesares. Y sin tener una perra gorda. Pero ahora, cuando ya me llega el camino del regreso, que hubiera podido decir Frank Sinatra, me hago muchas preguntas. Sé que no atendí a mis hijos como debería haberlo hecho sino no hubiese tenido que llorar en un cementerio divino que hay a pocos kilómetros de París. Tuve dos esposas y tampoco creo que lo hice muy bien con ellas. Hubo alguna que se enamoró probablemente de mi Dolomite Sprint, pero ese ya es otro cuento. Lo malo es que ya no creo en la Iglesia católica y no podría ni confesarme. Lo único que hice bien fue vivir como un rajá, escribir como un loco, y hasta conseguí que mis hijos no me repudiaran. Creo que no está mal.Pero ahora me arrepiento de todo lo que no hice para que tuviesen un padre en lugar de un tipo que llegaba a casa y se encerraba con su amante, una máquina de Escribir Olivetti. Pero c’est la vie. La puñetera vida.