Cuba, sin bichos raros (1985)
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Cuba de nuevo acudió a la cita de los recuerdos, quizá porque hacía calor, porque se había olvidado de la úlcera gastroduodenal y se había tomado una dosis de antidepresivo en botella, según la vieja fórmula de un amigo médico andaluz y cachondo que pretendía curar todos los males del universo con unas copitas de Fino.Él prefería medio vaso de güisqui con un pedacito de hielo suficientemente grande como para dar la impresión de frescor sin estropear la poción. En aquella primera visita a Cuba que no dejaba de rondarle por la cabeza había descubierto, él, liberal, anticastrista convencido, anarquista por tradición, que no todo es como parece ni todo parece como es. Bueno, algo por el estilo. Con no sabía ya cuántos años de periodismo a cuestas, se había dejado intoxicar par quienes en Castro no veían más que un dictador y después de haber coincidido allí con Jack Lemmon y haber visto cómo reaccionaba ante aquel marxismo aquel actor que todos consideraban como un firme pilar del más conservador sistema norteamericano, la intoxicación había operado en sentido inverso. Y se había vuelto castrista. De lo que más se acordaba era de los chiquillos que había visto en el recreo de una escuela de un barrio de la capital cubana al rayar la media mañana y haberse perdido entre casas de decorado colonial que hubiese envidiado el mismísimo Hollywood y entre las cuales circulaban verdaderas joyas del automovilismo, cuando un automóvil era algo más que una carrocería con ruedas. Los Buick, Plymouth y otros Chevrolet surgidos de los años cuarenta y cincuenta se deslizaban por amplias avenidas casi solitarias, dejando al pasar nubes de gasolina mala. Un alto mandamás del partido comunista cubano le había explicado que si a La Habana le faltaba pintura por todas partes era porque necesitaban en prioridad otras cosas. Y aquellos niños aparentemente tan bien cuidados, tan bien vestidos, le habían impresionado, porque estaba en un país del Tercer Mundo y porque al lado, en México, había leído toda la desesperanza del mundo en ojos de criaturas de 12 años que parecían resignadas a limpiar todos los zapatos que se pusieran a tiro en las anchas aceras de la capital de uno de los primeros países democráticos de América.

Le entró sueño y se encontró andando sobre los adoquines de la plaza que alberga la catedral de La Habana. El templo estaba desierto, exceptuando a un señor sesentón que resultó ser un sacristán casi sin fieles. Estaba encendiendo una vela y rezongaba: «¿Como quiere usted que esto esté lleno?. Desde que Castro llegó al poder no hay religión, así que los católicos..».

La patrona de Cuba, la Virgen de la Caridad del Cobre, callaba y seguramente otorgaba también en un rincón solitario iluminado por un rayo de sol. Había pasado un largo rato pidiéndole el milagro que no se había realizado. El siempre había creído que la fe podía conseguir más que los medicamentos. Se lo había dicho un célebre oncólogo, que meses después, probablemente harto de intentar solucionar lo que no parecía tener solución, se había disfrazado de político y poniéndose al frente de menesterosos se pegaba con la policía en las calles de París para que la gente sin vivienda pudiese ocupar un edificio y tener la ilusión por un ratito que había vencido en ese injusto combate contra una sociedad del hartazgo para unos pocos y ni lo esencial para los demás. Aparentemente, al cancerólogo se le había acabado la cuerda de creer.  El sopor del güisqui volvió a meterle en el Ilyuchin soviético que desde el aeropuerto de Orly iba a permitirle descubrir por primera vez la Cuba de sus entretelas, la que había hecho soñar a toda su generación. Toda la gente joven, todos aquellos que en 1959 tenían suficiente juventud como para esperar algo bueno de un semejante se habían volcado en el barbudo llegado de Sierra Maestra para devolver la esperanza a mucha gente.

En La Habana se conservaba el auto norteamericano de Ernesto Che Guevara, porque probablemente él también fue un muchacho que tenía como bandera la de los Estados Unidos de la estatua de la Libertad. Era un Impala verde, en un viejo hangar transformado abusivamente en museo del automóvil. Al lado del Impala, vio el auto, igualmente llegado de los USA, que hasta su misteriosa muerte había utilizado otro héroe de los tiempos de Sierra Maestra, Camilo Cienfuegos.

El avión era destartalado pero iba lleno de jóvenes europeos dispuestos a «ayudar» a la Revolución cortando cuatro tomates y hartándose de ron. Una terrorífica cerveza hizo olvidar a todos el frío aterrizaje en una pista helada de Canadá, escala obligada antes de llegar al aeropuerto José Martí.

Recuerdos, recuerdos y más recuerdos enmarañados que él había querido dejar reflejados en un artículo escrito a vuela pluma en el avión de regreso, cuando el frío de París parecía todavía más siniestro recordando el calor mojado de La Habana. Notas de ilusión que más tarde habían de perderse en el desamor pero que en aquel momento eran su realidad:

I LOVE YOU COMPAÑERA.

A la salida del aeropuerto, una chiquilla de diecisiete o dieciocho años, vestida de negro, con pelo azabache y ojos verdes rabiosos. Rojos labios como herida de amor propio. Se la lleva un viajero con maleta cansada. A la niña le chispean los ojos verdes como el delco del autobús que se niega a llevarnos al hotel. Mañana de invierno cubano –hiela en París– con olor a chirimoya podrida, penetrante, de borrachera. Por la amplia avenida que sube al Copelia, templo mundial del helado, las chiquillas y las señoras se contonean en ceñidos vaqueros con la marca yanqui de Donna Sumer pegada en el culo, último grito en este mes de diciembre caribeño. En medio de Buick, Plymout y otros Chevrolet de los años cincuenta que embelesan a los europeos, mi primera miliciana. Chaquetilla y pantalón verde olivo. Sobre el pecho izquierdo, una discreta etiqueta — Ministerio del Interior. Los dientes blancos acentúan el rosa de la lengua que se asoma traviesa a la punta de los labios como claveles de patio encalao. En el Salón Rojo del Hotel Capri, el olor a chirimoya me marea. Una periodista cubana, chiquita, moño negro y ojos verdes en marco de cejas profundas, me cuenta el extraño destino de esta sala de fiestas, antro de juego mafioso cuando los norteamericanos convirtieron Cuba en el burdel de los Estados Unidos. Muchos se dejaban los billetes verdes en los tapetes igualmente verdes tapetes verdes. Cuando cae la noche sobre el Caribe, rápida como un hacha de sombras oscuras, hay cola en el Salón Rojo para bailar como en tiempos de Pérez Prado. La «compañera» periodista tiene 33 anos. Criada y amamantada dentro de la Revolución que hizo llegar a La Habana a un Fidel Castro que lucía en el pecho una medalla de la Virgen de la Caridad del Cobre. Días antes, dos palomas blancas se habían parado en sus hombros durante un mitin. Ella me asegura que la Revolución lo es todo. Por supuesto que tienen problemas. El de la falta de intimidad por ejemplo para muchas parejas a las que no les queda más remedio que vivir con papá y mamá en exíguos apartamentos. La Habana se ha quedado chiquita con sus dos millones de habitantes. Pero ella se empeña. Después de tantos años de soledad –el bloqueo de Cuba por Estados Unidos no es — la gente de su edad sigue esperando con ilusión. O quizá más con perseverancia. «¿Has visto a nuestros niños?»… Me parece imposible que quepa tanta ilusión en un mañana que nadie ha visto todavía. Los ojos me miran serios: «Sí, yo se que nuestras tiendas son muy pobres, que nos faltan muchas cosas superfluas, pero estamos en una etapa de transición y creo honradamente en el futuro. Vosotros tenéis todo, hasta violencia a destajo, y paro. Algún día, nuestra sociedad, ya verás…» Tú lo verás, compañera. Vivimos en mundos distintos, a muchas horas de vuelo que son como años luz. Pero deja que te diga aquello de I love You, I love You, compañera. Por tu fe. Por tu inquebrantable confianza cuando a mí, representante de un mundo que se dice libre y rico, de un mundo que todo parece tenerlo y nada tiene, me cuesta trabajo creer más alla de mi Dios. Imagino que tú, mujer marxista caribeña, tienes el tuyo. Lo que no me has dicho es si es el mismo… »