Cazador de terroristas

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Tuve una amiga encantadora cuando iba al liceo. Me enamoré locamente de ella hasta el día que me confesó que su libro de cabecera era “El Principito”, ese libro para mayores de cuarenta años que hay gente que regala a los niños. Ahí acabó mi enamoramiento. Yo estaba a punto de confesarle que acababa de leer “Los tres mosqueteros” y que mi héroe era el mosquetero D’Artagnan.No sé por qué les cuento esto porque no, o tal vez sí, tiene que ver con lo que tenía intención de decirles. Yo ya era un periodista muy jovencito pero con más ambiciones que el cardenal de Richelieu cuando se metía entre las sábanas de la Reina. Y no me pregunten qué reina. He tenido siempre un sentido exótico de la vida pero nada arriesgado, el que suelen tener los machos que atraviesan siempre por los pasos de peatones, aunque me eduqué bajo la égida de un Coronel y de las monjas del colegio de la esquina. Quizá de ahí mi sed de aventuras. Lo malo es que a veces uno espera demasiado para ser aventurero.Ya estaba hasta casado cuando me surgió la oportunidad de desenvainar la espada de D’Artagnan. Un poco tarde, dirán ustedes. Pero bueno. Yo me había entusiasmado con la valentía de un luchador de verdad, el capitán Christian Prouteau, que entonces dirigía la primera brigada que se formaba en el mundo, el GIGN (Groupe d’Intervention de la Gendarmerie Nationale), para luchar contra el terrorismo, sobre todo el terrorismo aéreo, que entonces estaba muy de moda. Era un tío formidable. Más o menos de mi edad. Ni las gafas disimulaban su rostro que había sido agujereado por los plomos que un desgraciado le había disparado cuando quiso detenerlo para evitar un drama. Prouteau siempre sonreía. Era mi héroe. Ya ni hablaba de D’Artagnan.

“Todavía no había podido apretar el disparador del Canon cuando sintió un calor espantoso. En medio del ruido del motor loco oía tiros. Se llevó la mano al pecho y la retiró llena de algo que debía ser sangre. No entendía nada… Una llamarada llegó hasta el camión. Ahora, el tiroteo parecía arreciar. Tuvo entonces la sensación angustiosa de que nunca más volvería al pueblo, que nunca más se pasearía entre los olivos. La carta se había caído al suelo de la cabina. Se dijo que las circunstancias imponían por lo menos llorar o lanzar por la ventanilla alguna frase que quedase para la posteridad y que tal vez algún profesor de periodismo la repitiese atribuyéndosela a él.

“El camión andaba a trompicones y después de pensarlo el motor parecía tener unas ganas locas de calar. Las llamas crujían como en las películas. Sí, aquello parecía un filme.

Antes de que el camión se estrellase suavemente contra el ala derecha del Boeing 747 de Air France, vio la silueta negra de un miembro del GIGN que apuntaba con su fusil. Y como en un primerísimo plano oyó un estallido y vio casi a su lado a un terrorista que en un brusco movimiento había dejado escapar la metralleta Uzi que le apuntaba a la cabeza. Los ojos del hombre se abrieron desmesuradamente. Los ojos, aquellos ojos que le miraban fijamente, eran verdes, de un verde olivo chillón”. El anterior entrecomillado es lo que yo hubiese querido vivir junto a mi héroe Prouteau y que está en mi primera novela, “Ojos verdes”. Pero en realidad tuve que conformarme con mucho menos. Una mañana de aburrimiento me metí en el despacho de un amigo en Le Bourget, el más agradable de los aeropuertos de París. Estábamos charlando cuando sonó el teléfono. Por los ventanales se veían varias camionetas que entraban en las pistas a toda velocidad. Iban llenas de rehenes. Eran embajadores árabes en París y los terroristas, creo que palestinos de la Organización para la Liberación de la Palestina (OLP), querían asestar a la opinión un golpe publicitario.

Mi amigo, como buen jefe local de una línea aérea extranjera, salió corriendo de su despacho, donde había quedado un jefe mecánico que esperaba no sé qué. Y me vino la inspiración. Tenía mi cámara Canon conmigo, como siempre. “Súbeme al cuarto de los mecánicos para que por la ventana pueda saltar al tejado desde donde se domina toda la pista. Quisiera tomar una foto”. El muchacho, que me tenía el respeto que se debe al imbécil de turno me acompañó por una escalera interior y accedí al famoso taller. Me abrió el ventanal que daba a la pista y yo, probablemente estaba un poco alterado, salí por ella y me tiré encima del tejado, cuyas tejas resbalaban como en la película de Hitchcock en la que… Bueno. Preparé mi aparato y empecé a hacer foto de gente que embarcaba en un avión y que resultaron ser los terroristas con sus rehenes. Estaba feliz como un murciélago repartiendo coronavirus. Mi alegría duró diez o doce minutos. Todavía seguían subiendo los embajadores, vigilados por tipos con la cara tapada y armados de metralletas, creo que eran Uzi, marca israelí de prestigio mundial, cuando oí una voz recia que me musitaba al oído: “No se mueva, deje lo que tiene en las manos sobre el tejado y dese la vuelta. Ponga las manos donde yo pueda verlas”. El cerebro empezó a cogitar como aquella tarde en que en una oficina de los alrededores estaba mandando un telex y una empleada de una compañía sueca se acercó para ayudarme. El telex nunca salió pero fueron doce minutos de eternidad. Y cuando ella se arreglaba la blusa y me daba un beso de despedida, yo buscaba mi telex.

Esto no era igual. Cuando pude ponerme las gafas en situación de ver suficiente para aterrorizarme, comprobé que el señor que tan amablemente me susurraba claro y alto era un miembro del equipo del Capitán Prouteau que había acudido ante la alerta de rehenes. En primer plano vi un enorme, enorme, revólver Manhurin 357 en el que se distinguían perfectamente las seis balas. Cogió mi Canon como si se hubiese tratado de un invento del diablo y me dijo muy bajito que me levantara. Le dije que era imposible o me caería a la pista. Entonces me ayudó a reptar entre las tejas hasta la ventana. Allí me puso de pie con una mano que podía haberme roto el brazo. Y, a punto de desvanecerme salté por la ventana con tan mala suerte que mi cabeza, la pobre ya no sabía dónde estaba, tropezó con una arista metálica. Sentí una punzada y algo caliente. Pero una vez en el interior, corrí lo más que pude hasta el despacho de mi amigo que estaba al teléfono. Al verme se quedó lívido: “¡Le han pegado un tiro! Rose, le chilló a su secretaria. ¡Llama al médico!”. A punto de desvanecerme me senté en su canapé de cuero verde. En menos de lo que yo calculaba, el despacho fue invadido por un médico, un enfermero y no sé cuánta gente más. Al final, el médico, con aire asqueado diagnosticó: “Bah, no es nada. Un simple corte”. “¡Pero si me estoy desangrando!…”. La secretaria tuvo que acercarme su espejo para que lo viera. Aquello parecía gravísimo. Cuando vio que me desmayaba por segunda vez, el médico entendió y me puso un aparatoso apósito y me vendó toda la cabeza.

Yo seguí mi carrera de Periodista en la Agencia France Presse, donde no dije una palabra de lo ocurrido en Le Bourget. Por supuesto, hice desaparecer el turbante de primeros auxilios.A Christian Prouteau no volví a verlo. No me dio tiempo. El Presidente François Mitterrand le dio el título de Prefecto, le encargó de la custodia de la hija secreta que había tenido con otra señora que no era la suya según los santos sacramentos, Mazarine, y finalmente lo instaló en el Palacio del Elíseo, como jefe de su guardia pretoriana y el título nada menos que de Prefecto. Se lo merecía.A estas alturas ya está jubilado, tiene cuatro años menos que yo, y se dedica a no sé qué. Y me perdonan si les digo que, esta mañana, cuando me senté delante del teclado mi intención era hablarles del escritor portugués Fernando Pessoa. Pero el cerebro tiene teclas que la razón no entiende. Y he terminado por hablarles de un héroe al servicio de una nación.