El sol de mi amiga cubana

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Hace ya un pilón de años, todavía trabajaba en la central de la Agencia France Presse en París. La vida era bella pero yo atravesaba una espantosa crisis existencial de película con James Dean que me ponía al borde de la locura. Se lo conté a mi mejor amiga, una periodista cubana gracias a la cual había conocido el país más desconcertante de todos cuantos hay en el mundo. Era por los años sesenta y pico y yo y otros amigos nos habíamos entusiasmado con la Revolución cubana, que en aquellos momentos atravesaba momentos peores que los míos. En serio, eran tiempos duros para los cubanos y yo lo sabía. Un período muy especial. Ella, pese a que tenía que hacer frente a diario a mil problemas que estaban muy lejos de mis pobres miserias de niño acomodado, me mandaba regularmente desde La Habana una notita que decía más o menos: “Fíjate bien que mañana cuando amanezca volverá a salir el sol”. Con ello me daba a entender que era un pelma quejica. Poco a poco fue limando mi desconfianza por la vida y aunque en París el sol salía solo en raros momentos, cuando estaba a punto de resbalarme por el tobogán del psiquiatra me acordaba de aquella frase suya. De aquello hace infinidad de años y han ocurrido cientos de cosas, buenas, malas y regulares. Cuba ha atravesado momentos muy difíciles, que yo siempre, como europeo sin demasiados apuros, que sabía que siempre podría seguir adelante, había terminado por confundir con los apagones que en los sesenta del siglo pasado eran frecuentes en La Habana. Y no sé por qué se producían sobre todo durante el Festival de Cine, al que tuve la suerte de asistir algunas veces. Pero Cuba es una isla, con un enemigo mortal y jurado a lontananza, los Estados Unidos que parece como si tuviesen envidia de que uno de los más bellos países del mundo lo tengan en los morros. Y que la ciudad más indescifrable del universo, La Habana, siga firme desde que Fidel Castro hizo aquella Revolución que de un modo u otro nos salpicó a todos. Siempre he pensado que es pura envidia. Los norteamericanos nunca han podido soportar tener que salir por patas de la isla al mismo tiempo que el protector que cubría todas sus maldades, el Fulgencio Batista aquel, auténtico malo de película. Y como venganza, ahí está el embargo norteamericano, el que hace que la gente tenga que romperse la vida por conseguir lo necesario. Por supuesto que admiro de veras a mis amigos cubanos, que llevan toda la vida aguantando esas maldades, sin derecho a defenderse y ahora, cuando empezaban a venir turistas en aviones llenos, en trasatlánticos repletos de turistas que dejan dólares, un malvado de película china, manda por el mundo entero un virus, una peste espantosa con el bonito nombre de Coronavirus. Maldito, mil veces maldito. Mis amigos no me cuentan ni una mijita de lo que este bicho es para ellos, ya que ha cortado de cuajo el turismo. Los cubanos tienen un aguante que ni Victor Hugo lo hubiese entendido por mucho que supiera de lo que iba con sus Miserables. El otro día hablé por teléfono con mi amiga que, eso sí, vive en uno de los lugares privilegiados de la capital cubana. Estaba asustada o más bien alarmada, pero creo que más por el arroz que se le iba a quemar en la cocina que por nuestra dantesca conversación sobre el coronavirus. Porque en Cuba también muere gente y como es más chiquito las posibilidades de ver morir a un amigo son mayores. Yo le hablaba desde el otro lado del mundo, desde 7756,56 kilómetros, cifra de la distancia que hay entre nosotros y que el otro día me precisó un compañero cubano que no le gustaba que hablara de ocho mil kilómetros. Pero a mí el profesor de matemáticas que tenía en el liceo me decía que no tenía nada que hacer con los números y que me dedicara a otra cosa. Y, ya ven, he terminado escribiendo. En un momento de nuestra charla, mi amiga parecía más tranquila que yo, ay, las mujeres cubanas son increíbles, y estuve a punto de recordarle aquella frase que ella me decía y que para mí fue mágica mucho tiempo: “Mañana cuando amanezca volverá a salir el sol”. Pero entonces me di cuenta de que aquellos tiempos maravillosos se habían acabado. Que el sol ya no sale de la misma manera. Desde que nos mandaron con toda la mala fe del mundo el bicho chino, el mundo ha cambiado. En Europa, en América Latina, incluso en Austria, la vida ha cambiado. Por primera vez he visto al presidente Donald Trump desconcertado hablando de la cantidad de muertos que llevan, más que en la guerra de Vietnam según he leído. Y todavía no ha terminado. Porque el bicho, criatura de una guerra bacteriológica que probablemente se libran Estados Unidos y China por el domino del mundo, no para de matar. Y nadie lo para. No hay vacuna, aunque últimamente me han aconsejado que tome mucha vitamina D. Probaremos. En Europa y supongo que en Cuba, Washington o La Paz, quien entiende de virus sabe que tenemos para rato. Que esto va a ser una chacina siniestra. Que ni los buenos se escapan. Mi amiga y yo hemos invocado brevemente a Jesús, que en otros tiempos vigilaba a todos los malditos mercaderes del templo y los echaba a patadas.

¿Dónde estás, Jesús?