El virus chino arrastra ruina

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Para cuando todo esto acabe, cuando la peste china se quiera ir, el mundo tendrá otro color. Seremos diferentes, el coronavirus nos habrá transformado en aterrorizadas víctimas de un ensayo que a un loco asiático le salió mal. Y los psiquiatras entrarán en acción. En mi pueblo de Andalucía, en mi isla africana, una parte de la población importante vive del comercio a los que acuden los miles de turistas que se han implantado aquí y otros que vienen regularmente todos los años. Ahora se teme que no haya por mucho tiempo ningún turismo o no el suficiente para mantener el presupuesto de la más importante región de España.Los que vivían de bares y chiringuitos turísticos playeros están por lo menos cabizbajos. Uno de ellos, se ha sabido muy calladitamente, se pegó el otro día un tiro cuando vio que ya no podrá ponerse en su mostrador para servir a sus clientes. Porque las nuevas leyes exigen que los establecimientos donde cabían cincuenta personas no podrán acoger más que a la mitad (por el posible contagio), por turnos, y a cierta distancia unos de otros, en un país donde a la gente le gusta estar pegada. Es probable que obliguen a disponer pantallas de protección, que los dueños del establecimiento tendrán que pagar de sus bolsillos y muchos otros requisitos cuyo costo es probable que no sean capaces de afrontar. Los cafeteros están preocupados, es lo menos que puede decirse. Pero a estas horas ya hay bula para salir a la calle, recibir en su casa, en un país donde nadie recibe, que no es como Francia. Y sobre todo andar por la calle haciendo ver que todo es normal. Que ha sido una pesadilla. Voy a salir hasta yo para que no me señalen con un dedo. El coronavirus no solo está dejando muertos por cientos sino que es una ruina para todos los que vivían de los demás como ocurre aquí. “¿Qué haré cuando una clienta me pida probarse tres vestidos? ¿Tendré luego que llevarlos a la tintorería para desinfectarlos?”. Esta es la reflexión de una dependiente de una tienda de ropa.

Solo dos grandes almacenes de comestibles que hay en el pueblo podrán vivir sin dilema, porque la gente algo tendrá que comer. Las tiendas pequeñas, donde muchos iban a por lo necesario para comer y a veces a plazos, se las tendrán que ver con esa feroz competencia de los gigantes de la alimentación. Hay bares se han inventado un sistema de comida para llevar, con lo cual las amas de casa podrán tener un poco menos de trabajo. Si es que les queda dinero para comprar, claro. Porque de todas las subvenciones que el Estado prometió dar por las buenas a los sin trabajo y sin esperanzas, los bancos no han recibido una perra gorda. Mentiras, todas, muchas.

Mi isla tiene una playa de siete kilómetros que a partir de los primeros rayos de sol eran tomados por asalto por turistas del mundo entero, incluyendo a muchos españoles. El sol y el calor ya están en las calles, que siguen medio desiertas, porque la gente tiene miedo. Han sido muchos los muertos, 1256 hasta la fecha en Andalucía y 25.264 en España, todo esto oficial, claro. Aunque de vez en cuando surge el locutor optimista: Hoy hemos tenido un muerto menos… Es como si estuviésemos en guerra. Cuentan que parte de una de las colonias extranjeras más importante, la de los finlandeses, está yéndose a sus nórdicas tierras. Seguramente porque prefieren morir en casa. Pero seguramente que a base de sol, calor y fritería interesada de los medios de comunicación, habrá gente que vaya a las playas, aunque les advierten que el bicho anda por la arena, por el agua…

Esta localidad, que cuenta unos sesenta mil habitantes, y que en verano podía llegar a los trescientos mil, es conocida como el pueblo de los viejos (que se dejan aquí sus pensiones, para beneficio de los habitantes locales).

Ni el gobierno sabe lo que va a pasarles a todos esos comerciantes que han vivido toda la vida de esos turistas. Las previsiones más optimistas tienen visos de catástrofe económica. Resistirán los funcionarios y quienes tienen empleos que no dependan de lo que los turistas gasten o dejen de gastar.

La ruina ha caído sobre el pueblo. En toda Andalucía, sur de España, por estas fechas ya empezaban las romerías (procesiones religiosas), las ferias (instalaciones de cacharritos para grandes y pequeños y borracheras para los que más) y fiestas locales de todo tipo que dejaba en las arcas de cada ayuntamiento pingües ganancias. La más importante feria de España, la de Sevilla, ya fue anulada en abril que es como si se hubiesen llevada por una temporada a la Estatua de la Libertad. Se suprimieron todos los ritos de la Semana Santa, que suponían millones y millones de euros en habitaciones de hoteles, restaurantes, bares, sin contar todo el consumo caprichoso del turista. Todo eso se ha quedado en un sueño.

La otra tarde, uno de los magnates de la hostelería decía desesperado en una radio: “En toda España no hay a estas alturas del año una sola reserva de hoteles”. ¿Y qué será de todo el personal hotelero, camareros, cocineros, camareras…? El gobierno mira hacia Bruselas en busca de dinero, pero no parece que los socios de la Unión Europea estén por la labor.

“Lo peor –decía un médico—es que nadie puede prever cuánto va a durar esta pandemia. Y si no habrá otra…”

En espera de lanzarse como locos a pegar saltos por las calles, mucha gente sigue atrincherada en sus casas como manda el gobierno, saliendo a la calle solo los ratitos que están autorizados, sobre todo para acompañar a los niños, que no tendrán escuela hasta septiembre. Muchos ni salen, asqueados por la sensación de encontrarse en un gigantesco campo de concentración donde la policía está por todas partes, dispuesta a multar las infracciones como que hayas salido media hora antes de lo que manda el reglamento.

Es un enorme cuartel.

El miedo ha caído como una roca carpiana aunque la gente trata de animarse, en espera de que el gobierno consiga los millones para pagar a los obreros sin trabajo que han aguantado Dios sabe cómo. Pero nadie cree ya en los milagros.

Imaginen un pueblo turístico, donde los principales atractivos son el mar y los bares, con playas que muchos dudan de que la gente vuelva a pisar con cierta confianza, sin miedo al coronavirus. En una temporada esos bares, llamados chiringuitos, se hacían de oro puesto que son caros y el turista paga, o más bien pagaba una copa de vino tinto como si fuera jerez. Por el momento siguen cerrados porque probablemente nadie sabe qué hacer. Los “técnicos” dicen que habrá que reducir el número de clientes para evitar contagios. Un bar que recibía doscientos clientes no tendrá derecho a hacerlo más que con la mitad o menos de la clientela.

“¿Y cómo voy a pagar a mis seis camareros si me reducen el número de clientes al máximo?”, claman los propietarios. Y los más pesimistas temen que no haya ni clientes para cubrir los gastos. Porque todavía, que se sepa, no hay una vacuna, y los más optimistas dicen que habrá que esperar por lo menos un año para conseguirla.

El bicho chino seguirá mientras tanto haciendo de las suyas. El único negocio que marcha viento en popa es el de la venta de mascarillas, que ya se han convertido en un incierto mercado porque se venden muchas que no sirven para nada, otras que tienen precios astronómicos y la gente espera el milagro. Un negocio de truhanes… chinos. Por cierto, que desde Desde China, la patria del coronavirus, avispados comerciantes han vendido a España miles y miles de mascarillas totalmente inútiles. El sentido comercial de los chinos es maravilloso.

Otros que hacen su agosto son los enterradores. Las tiendas que venden cajas de muertos están en alza, así como compañías que han surgido de la nada y pasan el día llamando por teléfono vendiendo pólizas de deceso como si fueran jamones pata negra.

¿Qué ocurrirá dentro de unos meses, junio, julio, agosto, cuando los turistas tendrían que estar presentes para levantar la economía? Nadie sabe si se atreverán a viajar hasta la playa sabiendo que el peligro está en cualquier sitio. Difícil imaginar gente bañándose con mascarillas y guantes. Y el temor inevitable de que el maldito virus chino está en todas partes y se cuela por donde le da la gana.

Un diario digital, El confidencial, titula “El jinete del hambre ya galopa entre nosotros”, refiriéndose a la cantidad de gente que sin tener aspecto de indigentes acude ya a los comedores sociales de las ONG como Cáritas, abiertos a toda prisa.