Enamorarse en Brasilia

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

¿Cuántas veces se enamora uno o una en la vida? Yo me he enamorado muchas veces, y muchas veces me han devuelto al toril porque no estaba preparado, porque era muy joven y finalmente porque soy algo más viejo que la media de las pijas que parpadean con lágrimas de seda por los tejados ajenos. Llegué a Brasilia en 1977, o cuando fuera porque ya no me acuerdo, porque uno se acuerda solo de lo que ha hecho, tenido y disfrutado. Yo no disfruté Brasilia porque me enamoré de ella y eso es lo peor que te puede pasar, enamorarte de una ciudad hecha para ser el monumento futurista del mundo. Y lo sigue siendo sesenta años después de su concepción. No me enamoré de ninguna brasileña porque yo era el enviado especial de la más importante agencia de prensa del mundo, France Presse, y que no estaba bien visto. Éramos como curitas. Unas copitas de güisqui con un confesor que me agencié en el cuartel mayor de los curas brasileños, donde trataban de ayudar al pobre y hacerle imposible la vida al mandamás, que en aquel tiempo era un tipo simpático y agradable, Fernando Henrique Cardoso, pero al que los pobres le importaban lo que a mí los altares de mil religiones improvisados que tenía que sortear con el coche cuando me metía en la carretera donde no debía con olor a serpiente raquítica. Miento. Me enamoré locamente de Brasilia, una ciudad a la que nadie puede pretender porque no existe. La felicidad es el amor y yo andaba por ella como si hubiese sido una amante tendida en una cama infinita con vistas al desierto que fue todo aquello, a aquella locura de sabana, donde todavía quedaban serpientes de las que yo encontraba de vez en cuando alguna en mi jardín. Amaba bajarme del coche, allí no se anda a pie, eso no existe, en coche carrilero de mis entretelas. Hundía mis manos en la arena roja y quería poseerla. Pero la arena es como una mujer de verdad, escurridiza, demasiado sabionda para un pobre humano. Y eso que pasaba más tiempo con Ani, la corresponsal de Associated Press que con mi mujer. Estábamos juntos casi todo el día. Y cuando nos reuníamos alrededor de la piscina con un güisqui enfriado a punto, cocido por los dedos como Dios manda, ella me sonreía desde la lejanía del porche. Era un bolero que nunca supe tocar. Puede que por allí rondara el fantasma del amor. La noche en que el Papa Juan Pablo II habló con su acento del Este de Europa, la comunista, en el estadio del Maracaná de Río, donde Pelé había sido hasta entonces el único dios, a Ani y a mí se nos saltaron las lágrimas. Sin religiosidad, de emoción pura, de esa emoción que certificó el cantante Roberto Carlos cuando subió la pirámide en la que habían puesto al Papa, arrastrando su pata de palo. De esa emoción de amantes en una cama perdida en el desierto de la incertidumbre.

Ahora leo a un amable despistado que dice que Brasilia sigue siendo adorada por su arquitectura, sesenta años después de que la mandase construir Juscelino Kubitchek, un presidente de la República que tiene allí su propio mausoleo que parece otra cosa.

Pero, si Brasilia no existe. No tiene arquitectura porque Oscar Niemeyer y Lucio Costa lo que hicieron fue un altar a la eternidad, para que la gente se acordara por los siglos de los siglos que un día, un artífice comunista y su compinche montaron la iglesia de los cielos, donde se reza cuando crees que estás tomando una cerveza y donde Carpe Diem tiene todo su sentido.

Kubitchek, que era un pillo, trasladó la capital administrativa del país de la ruidosa y pecadora Rio de Janeiro a un desierto donde se oye la tierra palpitar cuando desde los 1200 metros de altura hay una mijita de viento. Para castigar a los malditos diputados tragaldabas.

Pero Kubitchek se equivocaba. Los hunos, los malos, los caballeros del Apocalipsis llegan tarde o temprano a todas partes. Y hasta el Palacio de Planalto, la Presidencia, ha conseguido llegar el teniente de reserva Jaír Bolsonaro, que confunde el maldito coronavirus con un catarro de nada y todos tan contentos, ayudados por los coros de las iglesias evangélicas, poderosas, que lo auparon al trono de Brasilia y lo aguantan con sus llantos y sus rezos.

Creo que hoy ya no me hubiese enamorado como entonces de esa capital que no está más que en el recuerdo de los que la han conocido.

Ya no sería igual viendo como arrasa Amazonia, la bella del pantanal donde aquel boliviano se bañaba con las enormes anacondas para provocar orgasmos a las bellas norteamericanas que aplaudían desde el hotel flotante donde nos comían los mosquitos. Como un ballet en una piscina de Hollywood con Esther William ayudada por los músicos del catalán Xavier Cugat.

Ya no sería igual porque Bolsonaro, meu bem, cree que puede gobernar un país que flota en el aire. Lo curioso es que le guste pasear por Brasilia, estar en esa tierra sagrada donde yo me arrodillaba cuando aquella bella propaganda hecho cuerpo de mujer para ayudar a los Campesinos sin tierras me abordó frente al palacio Presidencial con toda la lujuria corriendo por los caminos.

Ya no sería igual porque ya Ani no está. Ni ella ni Humberto Giannini, de cuya guitarra salieron durante mis tres años de estancia y de amor las más bellas melodías, antes de que un dios malo decidiera retirarle la licencia de vivir.

Ya no sería igual porque mi jardín ya no sería mío, y es posible que hasta hayan arrancado aquel árbol del diablo hecho de mil nudos extraños y vengativos que alguien trajo, un caprichoso, de la selva, donde se vive y se muere y se ama.

Ya no sería igual porque yo ya no soy el mismo. La muchacha de los campesinos sin tierra ya no me reconocería y mi vieja piscina de mármol de carrara donde de vez en cuando aparecía una cría de cocodrilo despistada ya estará vacía.

Como yo. Nos veremos allá arriba, Ani, y podremos tomar un güisqui porque creo que a Jesús también le va nuestro rollo