El coronavirus y los terroristas

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Encerrados en nuestras viviendas, a veces asomados a las terrazas como haciendo novillos, los mayores de esta isla africana mía (los viejos, vamos) tratamos de torear al coronavirus, bicho procedente de China, que con tan buen tino aquellos que llevaban coletas en las películas de la MGM han aceptado mandar a nuestro mundo y jodernos la vida. Pero los chinos son así de graciosos. Seguramente, ahora que son ricos, se vengan de todas aquellas películas norteamericanas que les empleaban para poner kilómetros de rieles con una ridícula coleta.Estamos como de vacaciones, con el mar al lado, pero con la prohibición de salir a la calle. Y con el susto corrido por todo el cuerpo, porque los más mayores son el ganado que esos bichos del diablo prefieren. El mundo entero está infectado. Y en una revista veo al jefe de Estado de China Xi Jinping, con rictus de tigre de bengala sobre un traje de Armani, mirarnos de reojo. Son las cosas de la política mundial, me dice un señor que sabe de esas cosas. Pero fíjense, no todo el mundo está aterrorizado por el virus. Un compañero cubano acaba de hacérmelo saber via teletipo. Le he provocado un espantoso cabreo porque se me ocurrió pensar y escribir una crónica diciendo que los europeos y los cubanos estábamos igualmente aterrorizados. Pero él me dice que ni hablar. Que eso no va con ellos. Me he sentido tan chiquitito, tan inferior que me he olvidado que he pasado algunos malos ratos con otros “virus”, uno de ellos llevaba traje de lujo y una pistola bajo el abrigo y pertenecía a la organización terrorista vasca ETA, que en España hizo una chacina espantosa.  Yo nunca había tenido nada que ver con ellos hasta que un día se me presentó, tan repentinamente como el coronavirus, en mi teléfono de la Agencia France Presse (AFP) en París. Quería que con mis supuestos contactos en España le consiguiese una especie de bula papal, y cualquiera le decía algo al general Francisco Franco, que mandaba las ejecuciones mientras charlaba de toros. Por supuesto le dije que haría lo imposible por intentar que lo rehabilitaran.. Durante unos meses, unos dicen que tres pero mis historiadores calculan que fueron más, aquel bastardo, que no venía de China aunque entonces mandaba Mao Tse Tung, no dejó de perseguirme en París por teléfono y presentándose de improvisto. Me hizo incluso acudir a una cita a la que llevé a un compañero que había sido capitán del Ejército Republicano en la Guerra Civil española (1936-1939) para que me asesorara. Pero aquella bestia corrupia no entendía más que de bombas de mano que llevaba en un elegante bolso de deportes por si nos salíamos del guión.

Sentí el mismo pánico que siento ahora con el coronavirus, salvo que aquello duró solo unos meses. Un día desapareció y una semana después supe que probablemente lo habían matado al intentar llegar a España saltándose a la torera todas las reglas de las fronteras. Pero como la vida es una broma, un tiempo después me nombraron Director Adjunto en la AfP Madrid, donde ETA hacía de las suyas casi todos los días. Y lo primero que nos dijo la policía es que nuestra agencia, y todos sus componentes, claro, estábamos en una lista de objetivos de un llamado Comando Madrid. Y no era precisamente para invitarnos a cenar.

Estuve cinco años de corresponsal en Madrid y todas las mañanas antes de subirme al coche miraba por debajo como me habían enseñado. Pero los instantes de girar la llave de contacto debieron envejecerme bastante. Y mire usted por donde, ahora que tenía una playa adonde nunca voy porque no me gustan los nórdicos que toman el sol como si se tratase de un filete de vuelta y vuelta, me amenazan desde China. Y eso que yo siempre he comprado en las tiendas de estos señores, que usaron el subterfugio de plantar boliches de todo y de nada en el mundo entero ellos sabrán por qué.

Y resulta que mi amigo cubano, por el que tengo el mayor respeto y amistad. porque además es un excelente periodista que sigue trabajando día y noche, me llama la atención y me espeta que los cubanos no conocen el miedo, vamos el terror que yo les metía en mi artículo, como diciéndome que esos son cosas de los europeos.

Confieso que me ha dejado hecho polvo. He tenido a un asesino de ETA jugando con una bomba de mano en un café de París, me han amenazado y ahora, cuando creo que es natural tener miedo de un bicho que no hay manera de matar ni con un fusil de caza inglés… Pues sí, mi querido amigo habanero, no soy un macho, ni siquiera un valiente y si me insistes mucho te diré que aunque mi padre fue una fiera contra los moros en la guerra del Rif (Marruecos) yo no he heredado más que un enfermizo miedo que me hace dormir con un aparatito espanta mosquitos.

En Brasil, me libré durante tres años de los enormes mosquitos que transmiten la fiebre amarilla y el dengue. Pero fue por casualidad y porque me ayudó el Instituto Pasteur. Pero nunca me he expuesto a nada porque soy más bien cobarde. Y sí, te confieso que ahora mismo que estoy tecleando me pregunto dónde estará el coronavirus maldito. Una vez en La Habana, para que vean hasta dónde llega mi sinceridad, acabe con todo el papel higiénico (papel de culo, vaya) que había en el Hotel Nacional. La maravillosa camarera de mi piso estaba un poco apurada y tuve que decirle que había sido una indigestión. En realidad, había tomado un taxi no sé dónde y cuando mi hijo Toni y yo estuvimos dentro nos dimos cuenta de que el conductor llevaba un pistolón que nos pareció sacado de una película de Sergio Leone. Llegamos sanos y salvos y el chófer era un encanto. Pero yo no estaba acostumbrado a esas cosas, como no estoy acostumbrado a los terroristas ni a los coronavirus. Lo siento. No todos somos machos.