El médico de la sabana brasileña

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Era yo muy pequeñito cuando me enseñaron a ser agradecido en la vida. Luego por mi cuenta agregué, sin decírselo a mi padre el Coronel, que lo sería solo con la gente que se lo mereciese. Porque de lo contrario te pueden confundir con el tonto del pueblo.Me ha tocado vivir en medio de periodistas, donde es un batiburrillo de mucho cuidado. El ego de los unos se mezcla con la estupidez de los otros y con la charlatanería de algún que otro analfabeto y ya empecé a tener problemas para hacerle caso al Coronel. Pero en general debo de reconocer que siempre me he tropezado con buena gente, salvo algún que otro desgraciado que se creía periodista cuando en realidad era un aficionado. Con el tiempo he comprobado que los aficionados son los más temibles enemigos.No sé por qué casi de siempre he tenido más amigos en la clase médica que en el periodismo. Probablemente porque como siempre fui de constitución frágil construida por todos los miedos del mundo, me siento a gusto con los que pueden diagnosticarme unas anginas nada más que hablando por teléfono. En realidad miento porque creo que nunca he tenido anginas. Podría haber sido Caruso pero me dediqué a escribir y nunca he tenido problema con las manos.

Mi amistad con los médicos vino de la admiración que yo sentía por alguien que con solo tocarte la barriga sabía si tenías una borrachera indigesta o una traqueítis. Lo malo es que mi gran problema son los miedos y el segundo problema es que no creo en los psiquiatras. La mitad de los que he visitado en mi vida estaban peor que yo, pero bueno…En Brasil, uno ya rondaba los cuarenta años de edad y estaba allí como corresponsal de la Agencia France Presse. Es decir que en Brasilia me pasaba el día viendo a ministros, diputados y otros especímenes curiosos. La pasión por los médicos me siguió hasta el otro lado del mar y dio la casualidad de que al lado de mi oficina había una médica extraordinaria. Siempre me decía que estaba bien y me tomaba la tensión cuando yo se lo pedía y aunque la tuviese un poco acelerada me decía que estaba como una rosa. No sé cómo no me enamoré de ella.

En realidad yo tenía un médico de cabecera al que veía todos los sábados –vivíamos al lado del lago Paranoá— en la selva de su casa donde compartíamos el néctar de un delicioso vino chileno o argentino, que ya había pasado un buen rato en la nevera porque con el calor que hacía era imposible beberlo recién traído de la tienda.

Un día, la moneda nacional, el real, se vino abajo y los corresponsales extranjeros tuvimos naturalmente que informar. Lo malo es que salvo el corresponsal de Reuter, ninguno de nosotros sabía de aquellos líos de monedas que se van a hacer puñetas, de Fondo Monetario Internacional que quiere quedarse hasta con tus zapatos. Fue tal el desconcierto que tuvimos que pedirle al ministro de Hacienda, que era vecino, que nos diese un curso acelerado sobre todo aquel lío, todavía más enrevesado porque el Presidente, Fernando Henrique Cardoso, había desaparecido. Afortunadamente lo encontraron rápidamente. Un helicóptero del ejército lo sacó de un playa perdida donde tomaba el sol bastante lejos de Brasilia. Y por cierto muy bien acompañado de una preciosa locura de televisión. Ignoro si los salvadores la dejaron en la playa.

La consecuencia de aquel lío fue que mi médico, el del rico tinto chileno, me mandó al hospital porque temía que tuviese un amago de infarto provocado por el cansancio y el estado nervioso. Fue la primera vez que temí por mi vida y por la del recepcionista del hospital cinco estrellas, un negro cachondo de dos metros, que se reía de la tarjeta sanitaria internacional que me había dado en París y no hacía más que repetir:

-Money o cheque, decía el desgraciado.

Aquello costó una fortuna y nunca se aclaró si yo había tenido un comienzo de infarto o un atracón de cifras sobre la devaluación. Salí vivo pero meses después sentí que mi espalda me dolía hasta durmiendo. Me buscaron un especialista que vivía bastante lejos de Brasilia, donde tenía su consultorio en la arena roja de la sabana, a menos que lo hubiesen construido cuando el presidente Juscelino Kubitchek mandó edificar aquella capital lejos de las tentaciones de Rio de Janeiro, en medio de la sabana donde los únicos seres vivos eran serpientes aburridas.

El hombre tenía una clínica cuya visita me costó, bueno le costó a la Agencia France Presse, una pasta bastante importante.Después de pasar por un sinfín de aparatos, análisis y no sé qué más, me llevó a su despacho, donde me contempló con la satisfacción del deber cumplido y desde sus 70 años me dio un diagnóstico del que no entendí más que si no me andaba con cuidado tendría que comprarme una silla de ruedas. No me lo tomé muy en serio, quiero decir que no me asusté demasiado, porque era muy simpático y no dejaba de sonreír.

-Pero como le ha recomendado mi excelente amigo el dr.Soares, le voy a explicar cómo curarse.Salió un momento de su despacho y cuando volvió lo hizo acompañado de una muchacha de apenas treinta años todos llenos de belleza que tenía la más bonita sonrisa del mundo. Llevaba de la mano un muchachito que debía tener dos años.

Entonces, el ilustre arreglador de huesos, la llamó, y cuando estuvo al lado de nosotros dijo:

-Es mi esposa. Yo tengo 70 años y no me duele nada. Ella es mi medicamento, el mismo que yo le recomiendo a usted, aunque tendrá que buscarlo fuera de la botica.

La muchacha me sonrió, el niño dijo algo y yo me volví al confusionismo de los asuntos del día que me aguardaban en Planalto, el palacio presidencial, diciéndome que me habían dado sin duda la mejor receta-lección de mi vida.Por supuesto, sigo con la espalda rota. Mi esposa nunc aceptó como válido el remedio recomendado por el eminentísimo médico y, de paso, le pegó una bronca monumental al Dr. Soares, cuando al sábado siguiente volvimos a encontrarnos, por haberme mandado a aquella consulta.

Ah, sigo teniendo la espalda rota, por supuesto.