El baño turco de Nana

Me gustan los hombres que dan sin necesidad de pedirles nada…

“Nana”, Emile Zola

 

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Con los brazos lechosos en actitud furibunda, de una belleza casi virginal que miles de años después pondría de moda en el cinematógrafo Nicole Kidman, Nana escupe injurias malolientes al poderoso conde Mufat mientras el banquero Steiner suplica su amor. Están en un piso grandioso con pinta de casa de citas de una calle de París que yo pateé cuando era joven y tenía esperanzas en el cine y casi en la humanidad. Hace tiempo que el cine me cansa por estúpido letargo, me hastía por su pedantismo de jovencitos genios sin seso, me revienta el hígado por la pretensión de inventarlo todo. Finalmente, mientras me pasa esta crisis de adolescencia lúcida y vuelvo a caer en el conformismo de viejo crítico de cine, prefiero ver películas viejas en la televisión pero sobre todo releer. (Con lo facilón que es ver una película y lo difícil que resulta leer y hasta entender un libro. Casi todas las películas lo explican todo. Los libros hay que comprenderlos, cosa de analfabetos y de alfabetizados en cierto modo).

Dicho esto, esta misma tarde he encontrado en una malísima película de catástrofe aérea vía la TV a un extraordinario actor – que Dios me perdone haber olvidado su nombre – que interpretaba el papel de un teniente de policía lleno de complejos y de hartura de la vida en la serie Hills Street Blues, que recuerdo con el cariño del agradecimiento.

Nunca la australiana Nicole Kidman, por muchas noches que me haya dejado sumido en sueños de adolescente que imagina el Kamasutra jamás leído podrá parecerse a la Nana inventada por ese infinito escritor de estirado talento que fue Emile Zola. Cada una de sus novelas podría ser una gran película, cada uno de sus personajes un actor irremplazable, pero falta quien lo haga. El cine anda sumido en medio de la estupidez de todos esos que creen volver poder a empezar sin siquiera acordarse, no por desmemoriados sino por malcriados de la cultura de la música, de Cole Porter.

Con Zola y Balzac he aprendido a andar por París y una mañana de sábado – mi pisito minúsculo de soltero no tenía ni agua caliente – me metí en uno de esos baños públicos que entonces, allá por los sesenta, abundaban en la Ciudad Luz, menos luminosa de lo árabes (hamman) que se creían los turistas. Por unos cuantos francos teníamos derecho a jabón, toalla y ducha. Muy cerca de allí conocí a Nana que, según contaba su padre putativo el burgués Zola, había crecido en aquel barrio.

Aunque pobre de medio pelo era yo un joven periodista que quería conquistar la capital, como hicieron tantos héroes de esos autores o del mismísimo Flaubert, cuyas historias saquearían realizadores de cine de tan mermado talento como desmesurada desvergüenza. Era en el barrio de Barbès, que todavía en este 2020 sigue siendo el centro de todas las desesperadas emigraciones de antiguos países del Este hacia el centro de Europa y de muertos de hambre de Africa.

El edificio, de tres o cuatro pisos, hacía esquina. El primero estaba ocupado por un burdel – sería pretencioso hasta la muerte del gato de Colette llamarlo casa de citas – con ejecutantes de ritos amorosos ultrarrápidas que ni el propio Federico Fellini hubiese podido plasmar aún pidiendo prestada imaginación a cualquiera de sus contertulios del Café de París de la via Venetto de Roma.

Mujeres pasada de años y de desesperanza y más necesitadas de mi baño público que sus fugaces amantes que formaban largas colas, como si aquello fuese una panadería con ricas baguettes calentitas y gratuitas. Cuando yo salía de ducharme veía las largas filas de emigrantes que poco a poco se adentraban en el portal donde a la derecha oficiaba la Madame, una señora con cara de eterno asco, probablemente maltratada y vilipendiada tres veces al día por su chulo, que tendía una minúscula y transparente toallita al cliente a cambio de unos billetes. Entonces empezaba el calvario para aquellos desarraigados del amor. La prostituta que les había tocado en suerte encabezaba la marcha y empezaba a subir una escalera ancha y empinada delante del cliente. Con un delirio de imaginación podrían haber sido Vivien Leight y Clark Gable en una improbable toma de Lo que el viento se llevó. Antes de que ella hubiese terminado de subir la escalera que conducía a algo que se parecía a una habitación, con una cama cuya colcha tenía color a esperma usado y en un rincón de la cual un bidet se peleaba con un lavamanos, solía producirse el drama.

Imagino a Fellini cuadrando la siguiente escena: el cliente parecía tener un fulgurante ataque de epilepsia, lanzaba un alarido y corría escalera abajo con las manos protegiendo su bien más precioso según la filosofía popular. Salía disparado mientras Vivien Leigh u Olivia de Havilland seguían subiendo y el pobre se precipitaban como alma en pena y medio lamido por las llamas del infierno por una puerta al lado del burdel. Era la entrada de una comisaría que ocupaba la planta baja del edificio.

Un día me paré y vi como el pobre gesticulaba delante de una mesa donde un tipo con pinta de Marcello Mastroianni después de los treinta le escuchaba mientras me miraba como diciendo que la vida era dura. Cuando aquella minicomedia terminó me acerqué al inspector Mastroianni que conocía y le pregunté qué puñetas le pasaba. Me puso cara de Vittorio de Sica después de que la comadrona le dijese no en Pan, amor y fantasía y me contó con un acento norafricano que quitaba el hipo:

— El pobre había ahorrado toda la quincena para pagarse el lujo de pasar un rato ahí arriba. Pero como llevaba encima tanta abstinencia su deseo se desparramó por las escaleras. Y quiere que le acepte una denuncia por haber pagado por adelantado algo que no ha consumido…

Han pasado tantos años que el burdel ha desaparecido y supongo que mi amigo el inspector será ya comisario y estará varado en la jubilación esa que es la siniestra sala de espera del nunca jamás. Pero, como dice un gran cantante español, El Arrebato, “cuando menos te lo esperas va la vida y te sorprende”. Me llegó la sorpresa, pequeña reconciliación con la imagen, la otra noche con un documental, ese género tan despreciado en Europa, sobre los baños públicos en Estambul o más exactamente sobre uno de la época otomana de un viejo barrio de esa ciudad perdida en el Bósforo. Me dio rabia que mi baño de Barbès no fuera como ese. Allí nos lavábamos porque no teníamos donde hacerlo. Ese vestigio otomano era sobre todo una especie de lugar de encuentro entre gente que hablaba de sus cosas y se quitaba de la cabeza las preocupaciones de la noche antes de afrontar el estrés del día. Nadie conocía allí al poeta Miguel Hernández y nadie podía recitar aquello de “hoy estoy sin saber y no sé cómo/hoy estoy para penas solamente, /hoy no tengo amistad, /hoy sólo tengo ansias/ de arrancarme de cuajo el corazón”.