La guerra perdida de Hemingway

Sergio Berrocal | Nota Sergio Berrocal Jr.

Cuando se pegó el tiro más célebre de toda la historia del suicidio mundial, el escritor norteamericano Ernest Hemingway ignoraba que ese disparo iba a costarle perderse la guerra que él nunca había vivido y que nunca había imaginado, pese a que estuvo en todas las posibles y en las que se inventó. No le dio tiempo a conocer a un ciudadano llamado Coronavirus, cuyos padres, imagino, habrán sido condecorados con las más rutilantes y chillonas medallas jamás conocidas en la China Comunista, donde un desconocido, Mr. Coronavirus, es hoy el héroe nacional, el que ha hecho comerse la tierra a miles de cadáveres, y los que quedan, de esos sucios blancos. Hemingway había vivido cuando existía la China de Mao Tse Tung, la del comunismo puro y duro, las monstruosidades de un régimen al que en el Occidente repleto de imbecilidad admiró, pero nunca hubiese podido pensar lo que llegaría un día, nunca podría haber creído que siempre sería peor, como quizá dijo Confucio en una de sus episódicas borracheras. Y llegó el año de desgracia de 2020, con un Hemingway ya muy tranquilito en la tumba del éxito. Y estalló lo que nadie esperaba. Una guerra bacteriológica de dimensiones que ni los más sabios científicos saben calcular. Era la venganza de Fu Manchú contra los blancos que algún día que otro humillaron el imperio de puterío establecido en la Ciudad Imperial por emperadores que no eran más que una sarta de asaltadores sanguinarios. Pero eso no lo sabía nadie cuando el cine dio un bonito barniz a esa China con “55 días en Pekín” y Ava Gardner aterradoramente arrebatadora.

Pues sí, Maestro Hemingway, nos llegó un bicho salido de una maldita ciudad, pueblo o villorrio llamado Wuhan, que se presentó a los científicos occidentales aterrorizados y aterrados con el nombre de Coronavirus. Te hablo desde el 20 de abril de 2020, cuando el mundo entero está encerrado para no coger el virus. Vivimos la mayoría de los terrícolas en nuestras casas, sin poder poner los pies en la calle a menos que sea por causas muy graves. Todo ello para no contagiarse.

Xi Jinping, el amo, el dueño, de China y de su partido comunista donde no se cuentan chistes, sigue sonriente en todas las fotos que aparecen en los periódicos aunque curiosamente desde la invasión del bicho chino no ha viajado a ningún sitio. Nadie, ni los más sabios de los sabios presentes en la Tierra, es capaz de prever cuándo acabará esta pandemia causada por ese animalito de tan dulce nombre. Bueno, lo sabrán los chinos, que ahora se hacen los mártires diciendo que la epidemia ha vuelto sus casas y que están desesperados. Pura ópera de las que le gusta contemplar al eminente Xi Jinping y donde Mao TseTung reclutaba a sus queridas.

Parece que el coronavirus saltó de las entrañas de uno de los bichos con los que comercian esos honorables ciudadanos cuyas queridas compran regularmente los bolsos más caros de París y se alojan en los más bellos hoteles de la capital francesa (adoran Francia, son unas románticas), allá por el mercado de la ciudad de Wuhan, que ha quedado grabado en nuestras mentes como el infierno. Informaciones de prensa afirman que el doctor francés Luc Montagnier, Nobel de Medicina en 2008 por haber descubierto el VIH, el virus responsable del Sida, afirma que “En el laboratorio de la ciudad de Wuhan trabajan grandes especialistas en los coronavirus desde el principio del año 2000… Creemos plausible que el genoma de este coronavirus tiene secuencias muy semejantes a las del VIH, el virus del sida. Y puede ser fabricado, producido, en un laboratorio chino”.

Naturalmente inmediatamente ha habido fuentes poco fiables hechas y pagadas para desmentirlo. Algunos observadores dicen que casualmente el virus alcanzó al mundo entero pero no hizo muchos daños en ciudades chinas como Changai, el burdel creado por los castos comunistas chinos para epatar a los extranjeros y para que vean que ellos cuando quieren tienen las putas más lindas y lenguaraces que ni las de Pigalle, que muchos de ellos conocen.

Algunos especialistas dicen que ellos, los chinos ya tienen la vacuna para no seguir contagiados, ya ves Hemingway lo que inventa la envidia. En todo caso, el camarada Xi Jinping no ha evitado el refregón del coronavirus ni a los norteamericanos. Después de todo, esto no es probablemente más que el comienzo de la guerra por el poder del mundo que se gana en las bolsas.Los grandes de nuestro mundo infectado con miles de muertos cada poco han decidido pedir cuentas a China. En un artículo a la altura de su reputación, el semanario francés Le Point afirma que “China aparece como el vencedor paradójico de la catástrofe sanitaria de la que ese país es responsable en primer lugar y que aprovecha para legitimar su modelo autoritario”.

Los occidentales, querido Hemingway, por una vez están juntos para decir que los chinos son una gente poco elegante que han mentido sobre el origen de la pandemia, de la que probablemente ello estaban a salvo antes de que se produjera. Los mentideros están que arden. Se afirma que la científica que conocía la existencia del coronavirus ha desaparecido, una forma muy elegante que tienen los chinos de callar a la gente. Pero como Occidente se ha pasado la vida enamorados de ellos, desde las atrocidades de Mao Tse Tung que convirtieron a un pueblo de mil millones de personas en un campo de concentración donde se ejecutaba, no, por dios, nunca asesinaron, facturando la bala de la ejecución a la familia del delincuente.

Mi querido Hemingway. ¿Te das cuenta de que no podrías ni siquiera ir a tomarte una copa al Ritz de París como a ti te gustaba? En Ginebra los norteamericanos montaron en La Haya, Holanda, un Tribunal especial para crímenes de guerra, por donde han pasado algunos criminales de guerras europeas. Supuestos criminales de guerra de la guerra de los Balcanes, supuestos criminales de guerras africanas ya han pasado por allí, pero el tráfico no es atronador. En realidad es un truco yanqui para que nunca pueda juzgarse a un norteamericano por ese tipo de tropelías. Esa fue la condición que exigieron para autorizarlo.

Nadie en su sano juicio cree que los culpables de la guerra que estamos viviendo vayan a parar allí, a menos que manden a algunos animales con las entrañas al aire llevados por avión directo desde el mercado ya más que famoso de Wuhan. Apuesto a que en seguida acabe la alerta del virus, cuando los que saben de lo que va hayan dado las vacunas para cortar el maleficio, París volverá a llenarse de asiáticas, entre ellas las chinas más ricas de Shangai, a las que los dependientes de las boutiques más célebres de la capital, Cartier, Dior y tantos otros, les abren los dientes de contento.

Para entonces, a menos que el amo de esta tremenda tragedia mande otra cosa, ya nos habremos olvidado de lo que pasó y los chinos habrán conquistado un cachito más de la tierra, que empezó cuando tuvieron la idea de construir estupendas autopistas en África que no conducían a ninguna parte y más modestamente llenando el mundo de tiendas de lo más barato a las que surten aquí en España regularmente, surtían por lo menos, un tren especial que llegaba o llega de Pekin a Madrid cargado de todas las porquerías que luego los blancos vamos a comprar a sus humildes tiendas que ni respetan los días más sagrados de nuestro calendario religioso. Por cierto, y aunque no venga a cuento, con el horror que nos invade día y noche con la guerra del coronavirus, está pasando casi desapercibido que los japoneses, enemigos jurados de los chinos pero de raza afín, han aprovechado para volver a matar ballenas con el único permiso que ellos se han otorgado.

Un célebre escritor francés, Alain Peyrefitte, escribió un libro de enorme éxito mundial titulado “Cuando China despìerte”. He tenido la curiosidad de traducir la nota de prensa con la que la editorial presentaba su aparición, hace ya 47 años: “La primavera de Pekin en la Plaza Tianammen y, sobre todo, la matanza del 4 de junio de 1989, parecen marcar un corte tan enorme que dan ganas de considerar como peripecias los acontecimientos que los precedieron como la Revolución cultural, esa formidable histeria colectiva”. En julio de 1973 se publicaba la primera edición de esta obra (Cuando China despierte), un informe sobre el estado de China en el verano de 1971, en medio de la Revolución cultural. “¿Seguía siendo de actualidad el libro después de tanto tiempo? Los acontecimiento de estos últimos años son sin duda importantes pero ¿puede decirse que las estructuras de la vida colectiva y de la mentalidad china las han transformado de una forma profunda. Lo que yo había tratado de desnudar (se preguntaba el autor, Alain Peyrefitte) eran los resortes fundamentales de ese pueblo y de esa revolución…”

Otro detallito, da la casualidad de que el director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), el etíope Tedros, fue acusado antes de su nombramiento por muchos de sus compatriotas de haber ocultado epidemias de cólera durante su mandato como ministro de Sanidad de su país, según se lee en Internet. Últimamente, pero esto ya es vox populi y pura casualidad, se ha distinguido por su amistad con el número uno de China. Wikipedia afirma que mientras ejercía como ministro de Sanidad en su país se le acusó de haber ocultado epidemias de cólera.

Habladurías.