Adlibitum

Marcelo Aparicio | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Era principio de primavera. La isla ya se veía emperifollada con los primeros almendros florecidos. El aire, finalmente, circulaba tibio, después de haber soportado sus habitantes los rigores del frìo y, lo peor, el viento frío y húmedo. Durante meses era imposible en esas viejas fincas rústicas y hermosas meterse ya no en una cama caliente sino en una que no esté mojada por la humedad. Si no fuera porque diariamente metíamos nuestras osamentas en su interior, junto a otro calor humano que con suerte habíamos podido rescatar en medio de un pulular de almas solitarias, en esas camas imperaría el moho. Así era, hay que recordarlo a los turistas que llegaban con la mesa puesta en marzo o abril y con los primeros calorcillos. Esas fincas que la mayoría alquilábamos pagando por mes la mitad de lo que hoy se paga por día, recobraban su blanco impoluto y cálido, apenas manchado por alguna buganvilla, oliendo a romero fresco y florecido, a damas y galanes de la noche… y como única música, el zumbido de gordas moscas en busca de frutas y molestos moscardones en busca de moscas incautas. (un poco, por otra parte, lo que hacíamos los humanos). Algún pájaro piaba y el grito de algún pastor o payesa se perdían entre un paisaje entonces ya reverdecido. Las payesas se esmeraban durante los días previos a Semana Santa, desde muy temprano, a recoger las hierbas que daba esa minitemporada sagrada, para preparar el cuinat, una de las excelencias culinarias ibicencas, en grave peligro de extinción, junto con sus obradoras, las payesas. Por la pérdida de las costumbres y por la falta de esa veintena de hierbas que huyen ante el avance impío del cemento. Tempus fugit. Hablamos de los años setenta. Como todo, se veía venir y también como todo, no se hizo nada. Algunos, o muchos, que forraron sus bolsillos, cambiando el verde fluorecente de las noches en el paisaje, por el verde del dólar y de la entonces plebeya peseta. En esos albores de la primavera, olores y colores surgían para fundirse con lo que individualmente aportaban la marihuana, la mescalina, el haschisch o el ácido, los estímulos de entonces. En una entonces tranquila y “lujosa” (a la manera del tiempo y no de ahora), la urbanización San Rafael (hoy San Rafel) , donde hoy alberga una de las discotecas más grandes del mundo con capacidad para 12.000 personas, la audaz y creativa Smijla Mihailovic, elevada a la categoría de princesa por voluntad del entonces príncipe Juan Carlos de Borbón, probablemente por favores parecidos a los prestados hace poco por Corinne Larsson al ya rey emérito, crea y lanza la primer Semana de la moda Adlib (de adlibitum).

La poco después nominada como “princesa de Ibiza”, yugoslava de nacimiento y papeles, aprovechó el momento que vivía la isla con el crecimiento del movimiento y la cultura hippies (much@ retrógrad@ me cuestionara lo de cultura, allá ellos) dio lugar al lema “viste como quieras pero con estilo”- Seguramente esta definición sería para contentar a los censores de la época .

En el atelier del amigo argentino que nos convenció para dejar Barcelona por Ibiza, un artista pintor chileno, huído de su país por ser comunista, nos propuso que trabajemos juntos para llevar a cabo una idea que tenía en la cabeza, que era un vestido metálico. Llevaría una parte de arriba tipo sostén , sujetada por los pechos de la modelo que era la hermosa compañera del dueño del taller y por un sistema con alambres y una parte de abajo tipo bikini, con colgajos como móviles para cubrir como cortina la parte del ombligo y parte de las piernas. Todo en alpaca grabada con dibujos psicodélicos a base de ácido, como se hace con los grabados normales. Fueron días de trabajo duro y la pobre modelo soportó horas y pinchazos de pinzas y alambres hasta que todo quedó muy llamativo y presentable para el día de la inauguración de la semana. Ese vestido era un poco el gran protagonista que había creado cierta expectativa. Para nosotros fue el inicio de una vida de artesanos, auténticamente creativos y hippies si se quiere.

Todo fue muy alborotado y sorteando dificultades con grandes humaredas nocturnas. El día de marras se presentó a último momento un señor en la caseta/camerino y pidió ver “el muestrario” o sea el vestido metálico colgado como se pudo de una percha. A simple vista era una chatarra. La modelo se lo puso y salió a mostrarlo. “Ah, no. Esto no puede desfilar así. La señorita (era señora) debería cubrir sus carnes con algo y encima ponerse lo que quiera para desfilar con ese..”, exigió mientras buscaba la palabra para definir semejante reto a las buenas costumbres que exigía el  régimen imperante. Artista creador y modelo se negaron en rotundo. Finalmente creo que se negoció que desfilaría con las carnes pecadoras cubiertas y luego haría un pase privado tal como era concebido el vestido exclusivamente para profesionales (dueñ@s de tiendas), que no eran muchos.  Mucho más tarde circuló la versión de que el polémico vestido fue adquirido por Brigitte Bardot a la tienda Zoe, de Ibiza.

Hubo que esperar cinco años, después de este desfile, para que se muriera el mentor de tantas censuras , algunas de tintes ridículos.