Besos perdidos

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

¿Cuántos besos se habrán perdido en el infinito desde que los chinos nos regalaron el coronavirux, un nombre exquisito que oculta las garras de un Fu Manchú, siniestro personaje que en un tiempo fue una estrella de cine, enloquecido por el amor. Porque los monstruos también aman. Y cuando aman duele. Al maldito bicho no le gusta, o esos dicen, vaya usted a saber, que los labios se junten, choquen suavemente los unos contra los otros hasta que la exquisitez del roce primero prorrogue todo tipo de sensaciones que suelen terminar cuando las piernas de ellas caen en un desvarío amoroso. Dicen los técnicos que el choque de los labios pueden provocar una infección, y quizá la muerte, como si ya el amor por sí solo no fuera peligroso. Claro que los chinos, bueno los asiáticos, son o parecen tan exquisitos que tal vez se pongan mascarilla, como cuando en Hollywood los besos entre un actor y una actriz no debían pasar de ningún modo de un roce perfectamente fotografiable en la superficie. No hay nada más bello que el beso, y los censores hollywoodenses lo sabían. Cuando el cine pudo echar abajo aquella ley ridícula los actores primero y luego el público descubrieron que las aventuras más locas y definitivas de los sentidos tenían que empezar en los labios. Y es justo, puesto que la sensualidad es una especie de juego de suspiros que se enreda en el que aparentemente es el lugar más frágil, el más inocente. Porque un beso sin pasión no es más que una muestra de afecto o de saludo. El poeta uruguayo Mario Benedetti decía o dicen que decía que creía en Dios cuando veía las piernas de su esposa. Pero yo creo que se alzaba a los altares cuando veía las piernas de cualquier mujer. Porque todas las mujeres son hermosas cuando quieren. Los besos que pueden poblar unas piernas de cualquier mujer, más o menos esbeltas, más o menos atrevidas, porque ellas tienen un alma, las piernas, son tan infinitos como unos labios que se entreabren empujados por unas gotas de saliva, el elemento más indispensable para tantos juegos amorosos.

El beso no tiene parentesco ni nacionalidad. No hace falta la palabra para darlo, dirigirlo, llevarlo hasta donde quieras anclarlo a lo largo de una geografía que no tiene más defensa que un poco de ropa acostumbrada a amar. Cuando los niños juegan con los pezones en el momento de mamar ni don Juan, el viejo lúbrico de Venecia, podría ser más plenamente feliz.

Me contaron que una madre, amiga mía, bella como una tarde de las mil y una noches, acudió a su médico de cabecera porque, le explicó, su hijo quería mamar constantemente.

Ante la extrañeza un poco indolente del médico, ella explicó con un deje de desconcierto:

-Pero doctor, es que Robertito tiene ya siete años.

Me aseguraron que el médico miró intensamente a la madre, no era para menos, y con una sonrisa embelesada le contestó:

-No se preocupe, señora. Su hijo es muy normal, totalmente normal diría yo. Ya se le pasará.

Ella, que hasta entonces había estado angustiada pensando en el mal extraño que podía aquejar a su retoño, sonrió, se pasó la mano por un pecho en un gesto descuidado, y suspiró profundamente. Esta pandemia que padecemos en este comienzo de los buenos días que este año serán de dolor y angustia, terminará en cualquier momento, como un vuelo atropellado de golondrinas. Y entonces todos olvidaremos los encierros obligados, las calles vistas casi siempre desde una ventana y el temor de que esa especie de bicho malo que no ama el amor se nos agarrara sin piedad. Lo que ya no estoy tan seguro es si recordaremos el gusto de aquellos besos cuando las mascarillas no tenían que ocultarlos ni prohibirlos.Tengo miedo de que perdidos en el dramón que habremos vivido el diablo sabe durante cuánto tiempo, cuantos minutos, cuantas horas, cuantas semanas, cuantos meses, cuantas noches sin que el sueño llegara, no sepamos ya apreciarlo.

Habrá que volver a empezar, a acostumbrarse a que el beso es el comienzo de todo, muy por delante del propio acto sexual. Porque el beso no necesita preparativos. Es como tomarse un té negro fuerte cuando se te funden los plomos de las entendederas. Pero en el fondo será bello. Tendremos que aprender a besar. Habrá quien se pregunte si son los mismos besos o si el maldito coronavirux no los ha transformado en algo pecaminoso, como si una pandilla de curas pederastas le hubiesen mandado por el mundo, a Nueva York, a París, a mi isla africana, para que los humanos lleguen a pensar que es pecado. Y entonces se perdería el poder del beso. Pero no ocurrirá así porque los humanos no somos bichos sin entrañas y funcionamos, nos movemos, trabajamos, amamos, todo por un beso. Por mil besos que construyan una muralla de China impenetrable donde el bicho caerá muerto, asesinado, descuartizado por el amor que lo puede todo, mucho más que quienes lo inventaron. Y volveremos a encontrar el sabor del beso, que tiene el que se le quiere dar en el momento en que los labios se estrellan unos contra otros en busca de lo imposible. En busca de un pacto para la eternidad de un rato, ese instante que corta el aliento y abre las ansias de vivir.