Trump agacha la cabeza frente a China

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Al César lo que es del César y a Donald Trump lo que él mismito se ha ganado con sus griterías histéricas. Llego a la presidencia de los Estados Unidos con fama de pendenciero, o más de bien de jugador de cartas tramposo.Le ganó la presidencia a Hillary Clinton cuando todo el mundo apostaba que su oponente, el republicano Donald Trump, madeja de pelo revoltoso y amarillento al aire, pinta de matón de película de Humphrey Bogart, no aguantaría un asalto.Pero él, al que muchos en su propio partido tomaban por un chulo de barrio bajo, incapaz de resistir una elección presidencial y, Dios nos libre, de llegar a ser presidente frente a una universitaria que fue la única dama que oficialmente tuvo un esposo, Bill Clinton, que le puso los cuernos en su propia casa, se reía y contaba una mentira para darse importancia. Los fake news o informaciones falsas las inventó él, retando al Presidente de Corea del Norte a jugar a la bomba atómica y otras bromas del mismo tipo.Trump el millonario inauguró la primera presidencia norteamericana en la que no había prácticamente ministros fijos, si no que depende de su santa voluntad quien está en un puesto y quien ya no lo está. Además, no se corta para llamar al despedido y echarlo a la calle por muy importante que hayan sido sus funciones. Ha sido también el más moderno de todos los Presidentes que han pasado por la casa Blanca. Cuando firma algún papelín con forro de cuero o de plástico lo hace con un garabato ditirámbico que impresiona a cualquiera. Y fue el que inventó el uso intensivo del tuit, mensaje corto pero sin complejos. Y por último introdujo la costumbre de tratar a patadas a los periodistas de la Casa Blanca, que siempre se habían tomado por personajes excepcionales.

Maleducado, cabezón, capaz de cualquier cosa consiguió pese a todo que las dos Corea, la del Norte y la del Sur, que habían mantenido desde 1950 a 1951 una guerra con las tropas norteamericanas al lado de los sudistas, hicieran las paces, a menos de boquilla. Trump acaba de mandar a hacer puñetas a la Organización Mundial de Sanidad (OMS) porque considera que en la crisis terrible del coronavirux no cumplió con su cometido y porque sospecha que su director, Tedros Adhanon, es demasiado amiguito de los chinos, a los que tres cuartas partes del mundo responsabiliza de la pandemia que ha puesto al mundo patas arribas. Porque muchos dicen que Xi Jinping, amo de China, pudo y tuvo que avisar de lo que se venía encima y no lo hizo.

Es cierto que ese personaje manda con mano de hierro en China, que es la expresión del comunismo más retrógrado y a la vez que el que ha conseguido meter en una misma caja las enseñanzas de Marx y los principios del capitalismo más duro.Y se sospecha que haya tenido algo que ver con ese coronavirus que va a dejar a Occidente, salvo a Estados Unidos, para el arrastre.Lo que ha extrañado a muchos observadores es que Trump no haya sido más duro con su colega chino, al que apenas ha amenazado.

El caso es que en plena pandemia mundial, las mentiras de las que Trump fue un artífice se han extendido por todas partes. La epidemia del bicho llegado de Pekin da lugar a cualquier aberrante afirmación o negación. Cada país, sobre todo aquí en Europa, miente constantemente con las estadísticas y con todo lo que haya que mentir. Nadie reconoce abiertamente que ha sido el golpe más bajo y más duro que han recibido desde la II Guerra Mundial.

Y en el fondo lo que extraña a muchos observadores es la paciencia de que parece estar dando pruebas Trump, pese a que su país es el que hasta ahora ha registrado más muertos.¿Por qué el Presidente del país más poderoso del mundo no ha puesto a China en su sitio, diciéndole las cuatro verdades que seguramente guarda en algún tuit aunque ya haya empezado por mandar al carajo a la Organización Mundial de Sanidad, OMS, a la que acusa de no haber estado a la altura de la situación?

Cito un despacho de una publicación leída con fruición en todas las cancillerías: “La OMS ha fracasado en su deber más básico y debe rendir cuentas”, ha dicho. El presidente (Trump) ha señalado como una de las decisiones “más peligrosas y costosas” de la OMS su oposición al veto a los viajeros procedentes de China que Washington aplicó desde el 31 de enero. “Afortunadamente no me convencieron y así salvamos miles y miles de vidas”, ha recalcado el republicano. “Si otros países hubiesen hecho lo mismo se hubiesen salvado muchas más vidas, sin embargo, miren al resto del mundo, países de Europa y regiones que siguieron los consejos de la OMS”, que antepuso “la corrección política”, ha dicho Trump, “a la salvación de vidas”.

¿Habrá querido China, de una forma muy cruel para el resto del mundo, hacerle ver a Estados Unidos que quien manda en el mundo es Pekín y no Washington?.No sé por qué se me viene a la cabeza un poema, como siempre muy amoroso, del uruguayo Mario Benedetti: “Es claro que lo mejor no es la caricia en sí misma sino su continuación”.Quizá en ese juego de la verdad y la mentira, del improperio y la sonrisa, por falsa que sea, reside la explicación de por qué los norteamericanos no han reaccionado de una forma parecida a cuando el 7 de diciembre de 1941, los japoneses atacaron sin declaración de guerra Pearl Harbour, destruyendo lo más florido de la flota naval norteamericana. Hoy por hoy, Estados Unidos es el país que más pérdidas ha sufrido en la cruenta guerra del coronavirus. Por el momento ha perdido la guerra más cruel desde la II Mundial.