Cuba, virus y multitudes
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Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr

La Habana

No hay quien escape al susto más allá de ideologías, la pandemia cobra vidas por minutos. Estados Unidos sobrepasó la mitad de los 58 mil 159 muertos que tuvo durante la guerra en Vietnam (podría llegar a 100 mil según sus pronósticos, lo que sería mucho más que todas sus bajas en todas sus guerras;en Cuba, con 27 fallecidos hasta el 16 de abril, quienes entran en cuidados intensivos tienen pocas posibilidades de salir, porque al parecer ni aquí ni allá se dispone todavía del tratamiento necesario en esos casos. Quizá por ello en la isla se trabaja contra reloj para lograr, en primera instancia, una vacuna que multiplique la inmunidad de los enfermos, ya que el virus se la come. Científicos cubanos consideran que “80 por ciento (de los contagiados) lo pasa de forma asintomática o de forma leve, y un 20 por ciento se complica, llega al estado de gravedad, crítico y con un nivel alto de letalidad”.  “La diferencia de los pacientes que llegan al estado crítico –dicen- es que la carga viral es 60 veces mayor a la de uno con enfermedad leve”, de ahí la prioridad de elevar primero los niveles de inmunidad de las personas mediante la vacuna que se prueba en humanos, al tiempo que a más largo plazo se trabaja en otra específica para eliminar el virus. Hasta ahí las cosas marchan los mejor posible, aunque todo indica que Cuba entrará en el mes de mayo -cuando se espera el mayor ascenso del contagio- con más de mil infectados, lo que pondrá al país en un estadio próximo a los cuatro mil que se pronosticaron en el pico de la curva prevista. El virus se pasea por 20 localidades declaradas en cuarentena obligatoria y las autoridades crean más y más capacidades de ingreso a fin de evitar el colapso. No obstante, la escasez de alimentos, de los medicamentos habituales, de los productos de aseo, se ha convertido en una fuente de contagio que conspira contra médicos y científicos, e incluso contra el sentido común de practicar el aislamiento social, la única vacuna existente hoy para neutralizar la enfermedad.

Las multitudes

Cuba comenzó su enfrentamiento al virus con una marcada escasez de recursos financieros, alimentos y otros productos de primera necesidad a causa de un bloqueo estadounidenses endurecido; también arrancó la nueva batalla con una estructura administrativa saturada de burocracia y ahora, cuando es todavía más complejo adquirir alimentos en el exterior, cuando se pide a la gente que permanezca en su casa el mayor tiempo posible –están suspendidas las clases en escuelas y universidades, así como los trabajos no imprescindibles -, el necesario ejercicio de comprar los alimentos mínimos indispensable se ha transformado en peligrosas aglomeraciones y fuentes de contagio, y despliegue policial para mantener distancia entre los consumidores ansiosos y evitar acaparamiento. Aquí es imposible en un día comprar lo mínimo para un mes de vida, por lo que hasta la Organización Panamericana de la Salud, al tiempo que elogió la rapidez con la que el país asumió el enfrentamiento a la pandemia, ha advertido que debe evitar las colas por ser fuentes de contagio. Las personas asintomáticas se mueven y sin querer contagian en esas multitudes.

Los médicos y los científicos cubanos, por suerte, saben lo que hacen, el gobierno insiste una y otra vez en desconcentrar a la mayor rapidez posible la venta de alimentos, pero ello pasa por ese aparato burocratizado, esclerotizado, que lo único que ha aprendido es a complicarlo todo un poco más. Se abren tiendas para ventas on line, pero las páginas no corren; se habilitan teléfonos para que se hagan pedidos sin ir a las tiendas, pero los teléfonos no conectan; en las zonas en cuarentena se les lleva a los afectados las medicinas y los alimentos a sus casas, pero en las ciudades, digamos La Habana con sus 2,2 millones de habitantes, la llegada de unas cuantas toneladas de pollo para vender en algún comercio estatal –la carne de cerdo desapareció-,   se convierte en una agonía de multitudes y muchas horas de espera. La Covid-19 es un reto en todas partes y aquí, una vez más, ha vuelto a poner a prueba la distancia enorme que existe entre lo que decide el gobierno con toda lógica y para bien, y la lentitud, para mal, con que se aplica cada medida anunciada que implique romper rutinas.