Patricia ya no está

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La playa tiene la soledad de lo nunca acabado. Como si el coronavirux hubiese detenido las olas que ya no pisan los turistas nórdicos. Todos han huido. La fiesta ha terminado. Ni siquiera se ve una de esas pateras que traen a los desgraciados africanos convencidos de que Europa es un país de futuro. Para partirse de risa. No está ya ni Pedro, que ha apilado rápidamente sus hamacas para que el monstruo chino no se las trague. En estos días santos no queda ni Errol Flynn, que un día, hace años de años y años me quiso ahogar desde lo alto de su bello yate con esa sonrisa que le hizo ser el pirata preferido de los productores de Hollywood.

Tuve suerte de que el bote en el que un fotógrafo tangerino y yo flotábamos no se fuera a pique. Porque estábamos en la ciudad maravillosa de Tánger, donde hasta podías creer en el amor.Por la noche, el actor se había largado y su esposa, la actriz Patricia Wymore, me acogió con una sonrisa de película de Hitchcock,…como cuando Grace Kelly entra con su vestido de cuatro sedas haciendo la vampiresa del vecindario…una vez la preciosa goleta atracada. “Un día tendré yo una como ésta”, me dije antes de subir a bordo.Con unas enormes gafas de quien lee de veras y no se las pone para la foto, ella me acogió como a un amigo y me tendió un vaso helado con lo que ya se llamaba Cuba libre, mi primer contacto con esa tierra de Fidel Castro que por entonces estaba lejos de pensar en conocer. ¿Sería comunista? No me hubiese importado que aquel ron fuese el santo y seña…Cuando se tienen 17 años, la cabeza llena de ilusiones de gran periodismo… Por el momento yo era el último redactor del semanario Cosmópolis, un chico para todo que quería aprender. Si les digo la verdad, no sé de qué hablamos, pero nada más que de ver el movimiento de los labios de Patricia, su juego con las gafas y unos ojos que parecían interrogar al epicentro de mi vida, aquello era el paraíso. Y era una noche del Tánger internacional, donde Paul Bowles escribiría una obra maestra, “El cielo protector”, que me sirve de paño de lágrimas cuando se me descuelga el alma.Ustedes no han conocido Tánger. Es lástima pero me alegro porque así comprenderán que perdieron el paraíso, no el de Alá ni el de Jesús sino el de las Mil y una noches.

Algunos atrevidos se preguntarán que por qué les cuento este cuento, porque yo conocí a Sherazade y amé a Sherazade con la pulcritud de un niño salido de su primera comunión.Dos días después de aquella tarde en que Errol Flynn quiso mandarme al fondo del mar, la entrevista salía a todo trapo en “Cosmópolis” (el viejo corrector que mandaba en la imprenta tenía fe en mí…). Corrí al muelle para darle a Patricia unos ejemplares pero en el lugar del yate había una lancha agujereada por las ametralladoras de la policía en una operación contra el contrabando de tabaco.

Nunca supe si se enamoró de mí. Tampoco estoy seguro de que me hubiese casado con ella. Son cuestiones mayores que hay que dejar para la reflexión de una noche con luna llena. Pero ahora que tantos años han pasado de lo que estoy seguro es de que me hizo un enorme regalo, su sonrisa y sus ojos que nunca olvidaré, como diría aquel amigo mío aragonés que cantaba tangos en París a condición de que las cremas hubiesen hecho su efecto, porque como no pensaba más que en el sexo a veces le costaba trabajo andar.

Cuando la playa no era el desierto del terror, encontraba aquí en esta isla mía africana a algún noruego suficientemente borracho y con suficientes conocimientos de español o francés y le contaba mi aventura de Tánger. Y a veces llorábamos juntos. Porque no se crean, los nórdicos tienen corazón de novelita rosa.

Aquella aventura sin aventura en el puerto de Tánger me emborrachó lo suficiente para que durante los primeros meses consecutivos a la partida de Patricia yo pensase en hacerme monje enterrador pero una monja muy jovencita, y bonita, que conocí en un reportaje me convenció de renunciar a mis nobles propósitos. También es verdad que ya para entonces me había enamorado de ella y estaba dispuesto a pedirle que dejara los hábitos y se viniera conmigo.

(No se rían y lean “Los tres mosqueteros”. Alejandro Dumas no contaba más que verdades).

Aquella monjita me dijo que yo no estaba hecho para el servicio de Dios y tenía razón porque olvidé a Patricia por otra y otra y otra.Lo curioso es que no volví a tropezarme nunca más con otra Patricia. Conocí a Mónica. Me enamoré de ella aunque ella estaba ya enamorada de un gañán de la Place Pigalle, allí por el París de mis cuentos de hadas, cuando empezaba a ser periodista y quería comerme el mundo aunque para ello tuviese que sacrificar mi apetito y alimentarme de huevos duros con sal y un crème, que solo se parece a un café con leche porque lo parió una vaca. Eso era cuando el viento soplaba como Dios manda.Llevo más de setecientas palabras tecleadas y les juro que no sé por qué les he contado mi no aventura con Patricia Wymore. Quizá sea que con el coronavirus que tan amablemente nos regalaron nuestros amigos chinos, Dios quiera que ardan todos en el infierno de los malos, uno empieza a hacer su testamento íntimo.Si no hubiese fallecido ya en Jamaica, lindo sitio para morir, estoy seguro de que a Patricia le hubiese gustado que hablase de ella.

Y quien sabe. Hasta me hubiese comprado un billete para esas tierras.