Cuando casi fui putiperiodista
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Aunque la flor de mi carrera periodística se quedó muy, pero que muy atrás, me estoy dando cuenta de que debería de haber variado el rumbo pero ahora la rama que me hubiese abierto las puertas de la fama y de la fortuna está muy colapsada. Esa especialidad es la que yo llamo putiperiodismo, que en España es una verdadera mina para sus practicantes, algo así como la microcirugía de las pestañas para los cirujanos. El putiperiodismo consiste en bucear día y noche en los retretes de personajillos que se nutren de escándalos más o menos apañados resultantes de amoríos entre gente que tiene el favor de esa prensa que en tiempos se llamó amarilla en Estados Unidos y en Hollywood tenía como gran sacerdotisa a la oronda Elsa Maxwell, terror de los grandes actores. Una frase suya podía quebrarles la carrera. En España, como no hay Hollywood ni grandes figuras, se reduce al trajín sexual entre toreros, folclóricas, una hija de una duquesa, modelos que no tienen más talento que la belleza que Dios les ha dado y algún político aprovechado. Alrededor de estos especímenes están las rémoras – secretarias, mucamas y otros sirvientes – que en cuanto pueden venden una “exclusiva” de sus señores. Y suben como la espuma en la popularidad que les dan las cadenas de televisión y una prensa del corazón cuyas páginas podrían provocar una epidemia mortal de enajenación mental si alguien las utilizara para envolver el almuerzo. España es el país del putiperiodismo sin lugar a dudas. En lugar de enseñarte a escribir te enseñan a hurgar en la mierda de los famosos y así llegas a ganar mil veces lo que un pobre redactor de un periódico que sabe leer y escribir correctamente.Todavía hoy los carroñeros de esa subprensa hurgan en los hígados de los muertos en busca de material para sus cloacas mientras los coros de sirvientes de uno u otro signo ofrecen pedazos de vida reales o inventados.

Un espléndido negocio que mueve millones de euros o dólares entre los bolsillos de putiperiodistas acreditados por su desfachatez y de sus adláteres capaces de autopsiar a un vivo para arrancarles sus secretos más rentables. Tengo que confesar que, en el fondo, y en la forma, estas críticas son pura envidia cochina por mi parte. Y confieso también que si no abracé ese noble y productivo cuerpo del putiperiodismo fue por falta de valor. Hace sesenta años o así, cuando la prensa del corazón empezaba en España, aunque vestida con galas de comunión y no de prostituta como hoy, un empresario periodístico descubrió el talento que yo tenía para esas cosas y quiso contratarme. Estaban construyendo entonces la prolongación de la Castellana de Madrid, la mayor arteria de la capital española, y una tarde me llevó a una lujosa vivienda en construcción y con el tono apasionado de una amiga que me enseñaba el inenarrable paisaje que se observa desde el primer piso del bellísimo palacio de Itamaraty, en Brasilia, que se hunde perpetuamente en el horizonte de aquella vieja sabana, me dijo: “Hijo mío, yo he comprado aquí veinte pisos. Tú puedes hacer lo mismo. Trabaja para mí”.

Creo que aquel hombre de prensa había quedado impresionado por un reportaje exclusivo que yo había conseguido en París con una princesa que estaba destinada a casarse con el Rey de Irak y que se quedó viuda virgen porque unos días antes de la fecha prevista para la boda colgaron a su prometido en Bagdad. Recuerdo que la dejaron compuesta y sin novio el mismo día 14 de julio de 1958, día sagrado en Francia ya que se conmemora la toma de la Bastilla y el comienzo del fin de la monarquía. No sé si por parte de los militares iraquíes fue sentido del humor o gusto de la historia. El caso es que yo había realizado una entrevista (con sus correspondientes fotos) que era un primor. Y cuando se supo lo del 14 de julio y no de 1789 mis fotos y mi artículo se cotizaron en la plaza de París como el oro siberiano. El caso es que a mí la Agencia Keystone, entonces mi mamá profesional, me pagó cinco mil francos, que me dieron para quitarme el hambre atrasada durante una larga temporada.

Y aquel hombre que extendía el brazo desde los pisos en construcción de la Castellana como Napoleón dirigiéndose a sus soldados encima de una pirámide (o algo así cuentan) me ofrecía la fortuna. Lo malo es que yo tenía entonces dos grandes defectos: me enamoraba fatalmente de las actrices que rápidamente se llevarían otros (con más dinerillos que yo) y tenía un sentido de la ética periodística que daba asco. Entonces dije no. Y me quedé sin la Castellana.

Aunque, después de todo, no me arrepiento de no ser hoy un distinguido putiperiodista porque veo que en otros países donde existen hasta ideales los periodistas trabajan casi sin medios. Con ordenadores que se apagan y se encienden cuando les da la gana o incluso tecleando en una vieja máquina de las que ya están en los museos, aunque a veces lo hagan “en hojas impecables, blancas o beiges, con el perfume de ese papel de antaño…” Es el señorío de la dignidad. El que les falta a los adinerados putiperiodistas.