Aprendices nazis
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Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La crisis del coronavirus ha despertado en Europa una ola de nazismo purificador que encuentra ecos en los Estados Unidos de una América que ha sido incapaz de hacer frente a la pandemia más espantosa desde que en 1918 se produjo la llamada gripe española.En toda Europa, médicos y enfermeras luchan con una valentía extravagante para salvar gente, incluso a viejos de los que muchos querrían deshacerse. Y esos héroes de rebaja, ganan algo más que una miseria, no pueden hacer nada contra la imbecilidad de la que están hechos muchos seres humanos. Esto es un mensaje copiado de Face Book. No huele a bulo. Huele a dolor: “ En Cataluña se establece que los pacientes de 80 años NO RPT. NO que tengan acceso a la UCI (Unidad de cuidados especiales). La novedad es que el manual aconseja a los médicos mentir a los familiares sobre el hecho de que no hay camas”.Los ancianos, que en países como España son muy a menudo la salvaguarda de sus hijos que ya casados y con familia son muchas veces incapaces de sacar su casa adelante si no cuentan con la pensión de los abuelos, ya están de más.Y en otros países como Dinamarca y alguno más de este batiburrillo insensato de Unión Europea que no tiene nada de unión y menos de europea. Un organismo que no sirve más que para alimentar majestuosamente a miles de funcionarios que viven como verdaderos maharajás sin hacer nada por los 28 países que tendrían que atender, si no es repartirles migajas del dinero que no es de ellos y que lo usan con el desparpajo de los sátrapas.

Diputados y médicos de algún que otro país –imaginen una unión entre 28 países cada cual con su lengua, sus costumbres y sus ambiciones- ya están abogando por la liquidación de los viejos, que cobran la pensión que se ganaron con el sudor de su frente durante un millón de años, al contrario de los políticos que cobran sin hacer nada y perciben pensiones millonarias sin ningún derecho. Los viejos salen caros en medicamentos y otros cuidados médicos, los viejos no tienen gran utilidad, afirman con toda la cara dura.

La pandemia de coronavirus ha puesto de relieve esta forma de pensar que llega hasta los Estados Unidos, donde un personaje de primera magnitud de la política nacional, nada menos que el vicegobernador de Texas, Dan Patrick, ha declarado con una bella sonrisa de sus dientes postizos –tiene 69 años de edad—que “los abuelos deberían sacrificarse y dejarse morir para salvar la economía”. Ni siquiera para salvar a otros seres humanos. Pero seguramente que este viejo comentarista deportivo no sacrificaría su propia existencia ni por sus hijos.

Pero nazis como éste empiezan a surgir en Europa. Se dice que muchos extranjeros ya demasiado ancianos se venían o se vienen a pasar sus últimos años a España por temor a que de una forma u otra, con o sin su consentimiento, los sacrificaran en nombre de la doctrina que dice que quien desee morir puede hacerlo por una especie de suicidio asistido en un establecimiento hospitalario. Este es el caso de Holanda. Y la operación se llama eutanasia. Lo terrible es que en varios países, Italia, donde la peste china ha sido terrible, e incluso España, se está aplicando una variante de la eutanasia. Falta de cuidados médicos, vaya a saber usted por qué, han aparecido ya varios muertos en centros para ancianos jubilados, casi todos víctimas de la coronavirus.

Y se oye de vez en cuando a un médico que no es médico sino funcionario harto de tanto trabajo decir que, de todos modos, en el último caso escogerán a los enfermos más jóvenes preferentemente si hay que elegir salvarlo metiéndolos en cuidados intensivos, donde hay poco sitio.

Dicho claramente, los viejos tienen muchísimas menos posibilidades de sobrevivir a la epidemia que los más jóvenes. Una selección que los nazis pusieron muy de moda aunque luego los “liberadores” de muertos en los campos de concentración, los norteamericanos, crearon un aparatoso tribunal, el de Nuremberg, donde eran juzgados y a menudo ejecutados los que se consideraban responsables de las cámaras de gas que, por cierto, no solo eran utilizadas para los viejos sino para cualquiera que figurase en los gustos de los alumnos del gran Adolfo Hitler.

Lo malo es que esto que en tiempos de una terrible pandemia como la que vivimos puede estar “justificado” (“salvemos primero a los más jóvenes”, usando un derecho inventado en la creencia de que cuantos menos años tienes más útil puedes ser) ya tiene precedentes. La prueba más flagrante es la existencia de esas clínicas en Holanda, y no se sabe si en otros países, donde quien está harto de vivir puede quitarse del medio echando mano a ese método que tiene el bonito nombre de eutanasia. Claro, previo pago de honorarios que, según ciertos testimonios, no están tampoco al alcance de todos los bolsillos.

Los partidarios de la lapidaria solución final, no recuerdan probablemente que quienes nos salvaron de la esclavitud alemana durante la primera guerra mundial, y a ellos a distancia también porque si no no hubiesen nacido, fueron dos “viejos”, el general Joffre y Clemenceau, ministro de la Guerra, el primero con unos sesenta años y el segundo con 73, edad más que avanzada para la época. La segunda guerra mundial la ganaron también dos hombres maduritos ya, Charles de Gaulle, casi setenta años, y Winston Churchill, con sus 65 años ya cumplidos. Es cierto que todos estos datos podrían ser una excepción. Y no tendría nada de extraño que la pujanza del viejo Churchill la debiera al consumo de güisqui y al exceso del humo de los puros habanos que le traían de contrabando desde Cuba. Pero lo malo es que de Gaulle era de una austeridad monacal y su “droga” eran sencillos cigarrillos apestosos.

Teniendo en cuenta estos datos, que no son más que indicativos, quizá los responsables podrían pensárselo mejor cuando hay que decidir si se cura o se deja morir a un viejo. Y, de paso, que piensen esos jovenzuelos que quieren tener el poder divino de la muerte, que ellos también serán viejos un día. Europa nunca volverá a ser Europa. Yo ya he negociado una matrícula de lengua china en una facultad de Pekín. Por lo menos, la próxima vez entenderé la lengua del coronavirus que toque y tendré el carnet del partido comunista.