El día antes de la guerra

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

 

 

 

 

 

 

El teléfono suena varias veces, lejano, como al otro lado del mundo.

-Alo!

Por fin oía la voz que buscaba desde un acuarto de hora.

-Estarías durmiendo. Perdona. No tengo nada que decirte pero necesitaba oír tu voz.

-¿Sabes la hora que es?, ríe una voz dulce y muy joven.

– Ya, pero hoy es el día. Ayer recibimos una nota oficial que dice: “A partir de mañana (hoy) no salga para nada de casa ni por el pan, porque empieza lo peor, se cumple la fecha de incubación y empezarán a salir muchos positivos y se puede contagiar mucha gente así que es muy importante quedarse en casa y no relacionarse con nadie, tener mucho cuidado…”

-Sí, aquí estamos igual, aunque no tan mal como vosotros. Pero yo aquí en mi Nueva York también contaminado salgo todas las tardes a ver mis árboles. A mí el bicho ese maldito chino no me amedranta.

-¡Estás loca!

– Qué va, ya verás como todo va bien.

-No, yo no veré nada, estamos muy lejos y además no se puede entrar en tu isla…

Por el ventanal de la terraza veo a una sola persona, el encargado de recoger las basuras radiactivas procedentes de ordenadores y otros aparatos. El hombre está de guardia todos los días, doce horas, llueva o haga sol, con o sin el bicho coronavirus que nos amenaza de muerte. Las órdenes son las órdenes.

Yo nunca he conocido la guerra –él probablemente sí—pero desde que apareció el coronavirus, ese bicho misterioso llegado de China, estamos como en las trincheras. Llevamos ya dos semanas sin pisar la calle. Y seguimos esperando. Porque la gente muere sin piedad.

Encima de su mesa de trabajo, tiene una foto de una muchacha que no debe de tener más años que la que le contesta a miles de kilómetros de teléfono. Lleva un uniforme azul un tanto desvencijado y una mascarilla que se le ha caído de la boca. Se resguarda los ojos con la mano izquierda, como si quisiera no ver nada de lo que ha visto. Porque está en uno de los hospitales donde las víctimas del maldito virus mueren una tras otra.

-Te dejo, mi niña. Ya hablaremos con más tranquilidad. Vuelve a dormirte.

– Pero, ¿tú estás bien? ¿Seguro que no te ocurre nada?

La conversación se ha cortado. Seguro que miles de personas están tratando de encontrar consuelo desde un teléfono de un rincón del mundo al otro donde todavía parece que las cosas no son tan graves.

Ya no queda más que esperar que pasen los días y que se produzca el milagro de la redención.

Se ha puesto a escribir para concentrarse en el teclado, que probablemente estará infectado de esos bichos. Luego tendrá que pasarle una mano de alcohol. No cree que eso sirva para nada pero qué más da.

Las calles siguen solitarias, con un fondo de viento que resuena como si fuera una música de Ennio Morricone. El vigilante de los viejos aparatos sigue uniformado en su puesto. Es un hombre más cerca de la vejez que de la juventud. Vaya usted a saber lo que estará pensando. Seguramente todo este estado de alerta le recuerda la Guerra Civil española, cuando desde 1936 a 1939 los españoles se enfrentaron en una guerra espantosa que todavía se recuerda como el fin de un mundo.

Pero aunque fueran a veces hermanos contra hermanos, era una guerra brutalmente real, cara a cara, no con bichitos llegados de no se sabe qué infierno. Ernest Hemingway se lo pasaba como nunca en su hotel de Madrid contando los destrozos de las bombas, los muertos, o los que iban a morir. Luego escribía su crónica mientras encendía una pipa.

Pero hoy no hay enemigos, ni rencillas. El coronavirus ese nos ha atacado a traición. Todo lo que sabemos es que se escapó, o le ayudaron a escapar, que siempre hay armas caritativas, de una ciudad de China de la que nunca habíamos oído hablar, y empezó a correr por el mundo, como en un dibujo animado. Salvo que a cada parada deja un lote de destrucción. Se mete en los pulmones y los destroza, sin mirar a quién.

Día y noche ha sido así desde hace como dos semanas. Y no sabemos hasta cuándo.

Hace dos mañanas, mientras los médicos atendían en hospitales, clínicas, recibí una llamada que parecía venir de otro planeta. Era casi mediodía.

Una voz risueña, femenina, por supuesto, me interpeló desde no sé dónde.

Con la misma alegría, como si fuese a contarme la boda de su mejor amiga, la señora me explicó:

-Soy Fulatina de Tal y represento a Aldeas Infantiles, una organización a través de la cual ayudamos a los niños que nos necesitan. ¿Usted estaría dispuesto a ayudarnos para hacerlos más felices?

La palabra felicidad me pareció una incongruencia pero le di mis datos y ella me dijo que era el hombre más simpático y adorable del mundo y el más generoso. Por un momento me pregunté de dónde me estaría llamando. Debía de ser desde otro planeta porque hacía mucho tiempo que no oía una sonrisa ni por teléfono.

Pero Dios, que es justo y misericordioso según los cristianos, puso rápidamente las cosas en su sitio porque apenas diez minutos después volvió a sonar el teléfono.

Otra voz femenina, menos cálida, menos entusiasta pero mujer al fin.

Y antes de que tuviese tiempo de congratularme por los elogios de mi anterior comunicación, la persona que hablaba secamente, como si fuese a darme una orden de ejecución, me explicó:

-Le llamo para proponerle un seguro de enterramiento.

Dije no y colgué.

El guardíán de los deshechos peligrosos sigue con su mono amarillo, como si no hubiese pasado nada. Como si no estuviera pasando algo.