Cómo los bichos fueron vencidos

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

En la guerra que había comenzado sin que nadie la declarase en los primeros meses de 2020, mal año habían augurado quienes entendían de adelantarse a los acontecimientos futuros, un día ocurrió algo extraño. Los relojes fueron cada vez más lentamente, más despacio, casi se paraban, como si los extraños bichos venidos de la China profunda, los coronavirus, hubiesen decidido prolongar el martirio de los habitantes de la tierra.Nadie o casi nadie podía dormir porque los relojes se paraban de pronto y el tiempo quedaba congelado. Los extraños animales, sobre los que los científicos emitían mil absurdas teorías, incluso los chinos que los habían creado sin saber por qué, parecían haberse vuelto locos, ya no obedecían a una lógica científica como les habían mandado sus amos de la guerra bacteriológica. De pronto, una mañana del mes de marzo, casi al final, en el momento en que tradicionalmente se adelanta la hora, la gente despertaba y se preparaba para la jornada. Pero entonces se daban cuenta de que la luz no había salido por el horizonte, contrariamente a lo que solía ocurrir incluso desde el primer día en que los bichos se apoderaron del mundo, de los pulmones de la gente y de las mentes que enloquecían de no entender. Al cabo de unos días, todo el mundo se caía de sueño. Aunque muchos de los habitantes de la tierra trabajaban desde sus domicilios para no tener que afrontar a los animales en la calle, a cielo abierto, sabiendo que iban a una muerte segura. A las tres de la tarde, la mayoría de la gente se caía de sueño. El trabajo “a domicilio” apenas si se hacía. Las grandes compañías no recibían sus pedidos, todo era desorden. Solo se observó que los animales de compañía y los niños menores de cuatro años resistían y vivían la jornada como siempre, sin ninguna alteración.

En las radios, en las televisiones, los sabios que se creían saberlo todo, emitían hipótesis. Y cuando se habían lanzado en tediosas explicaciones que nadie entendía, se oía como el murmullo de risas. Los bichos se divertían de las pretensiones de aquellos brutos, embrutecidos durante muchos años por un saber que no poseían. Los únicos que entendían lo que pasaba eran los bichos, porque se habían convertido en dueños y señores de las agujas de los relojes. En realidad, habían llegado a dominar el tiempo y cuando todos creíamos que era la hora del almuerzo, el cielo se cerraba y mandaba a todo el mundo a la cama, para sacarlos cuarenta minutos después haciéndoles creer que habían pasado ocho horas durmiendo como estaban acostumbrados.

Los consultorios de los psiquiatras estaban llenos a rebosar. Los propios psiquiatras, siempre muertos de sueño, daban citas a sus enfermos a horas extravagantes, las tres de la mañana, a las cinco.Fue entonces cuando un viejo profesor de la Sorbona, en París, tuvo la ocurrencia de comprender. Habíamos pasado de la guerra  bacteriológica a otro tipo de agresión. La gente no moría tanto por afecciones pulmonares y ya ni siquiera necesitaban mascarillas para protegerse de los vientos que mandaban los invasores. Ellos ya habían pasado a otra etapa. Habían decidido volver loca a la gente, cambiándole las horas, jugando con el tiempo, haciendo que fuesen a orinar cuando en realidad acaban de hacerlo.

Ya nadie hacía el amor ni siquiera se masturbaba como mandaba un gurú que la CIA había llevado a Washington desde una caverna de Afganistán donde le había encontrado rodeado de veintidós hijos y seis esposas todas púberes y que parían siendo vírgenes. Hacer el amor y masturbarse había sido prescrito por un Premio Nobel de Física que había descubierto que los bichos chinos no entendían la locura transitoria que procuraba esas dos acciones y ellos mismos empezaron a estar preocupados, inquietos, porque no sabían, no conocían el mecanismo que llevaba a los humanos a sentirse tan satisfechos y felices después de lo que ellos llamaban “un buen revolcón”.

Los coronovirus llegaron incluso a descuidar sus deberes primordiales de volver locos a esos humanos a los que tenían por misión volver majaretas para siempre jamás cambiándoles la vida que habían llevado hasta entonces. Entretanto, los habitantes de la tierra a los que los bichos tenían por misión enloquecer haciéndoles la vida imposible habían encontrado o parecían haber encontrado una ocupación entre las sábanas y ya no atendían a nada más. En dieciocho meses, el volumen demográfico se multiplicó, los pequeño seres que salían de vientres satisfechos estaban hechos de otra pasta contra la que los bichos llegados de lo más hondo de China nada podían.

A los dos años, los nuevos llegados al mundo habían convertido a los cronovirus en infantiles juguetes a los que martirizaban con mil argucias.Cuando llegó el verano de 2020, cuando se proclamó la época de playas y festejos al aire libre, de partidos de futbol mundiales, todo había cambiado. Los científicos chinos que habían encontrado en la guerra bacteriológica la manera de despojar a Occidente de sus riquezas insolentes y de cambiar las agujas de la prosperidad, convirtiendo a los capitalistas en mendigos, no pudieron seguir su mortal experiencia. Los recién nacidos que llegaban por decenas, por centenas, porque la gente lo había abandonado todo como quizá les ocurriera a Adan y Eva cuando descubrieron los placeres de la carne, estaban despedazando a los bichos, que huían despavoridos ante una crueldad que ni ellos mismos eran capaces de comprender.

En agosto de ese año, los científicos chinos inventores de aquella tortura se suicidaron en masa. Los bichos ya ni servían de juguetes a los bebes. Los chupaban, los mordían cuando ya les salían los dientes. Y así fue cómo el mundo recobró la paz. Hubo grandes procesos como los de Nuremberg al final del a II Guerra Mundial, ya nadie se acordaba de todos los nazis que habían sido ejecutados por su maldad, y los nuevos amos del mundo fueron ahorcados en plaza pública. Una particularidad. Cuando les pasaban la cuerda por el cuello, así lo querían los jueces norteamericanos que habían oído hablar de Nuremberg, los bichos que habían aterrorizado a todos los humanos se convertían en una baba que corría por canales que iban a altos hornos que habían sido instalados en un lugar llamado Pearl Harbour y donde se cocían hasta formar muñecos absurdos que tuvieron un gran éxito en Disneylandia.

Al día siguiente, el diario Granma, órgano oficial del Partido comunista cubano y el Washington Post, el portavoz de las élites de los Estados Unidos, salieron a la calle con un mismo titular rojo: VENCIDOS.

La paz había vuelto al mundo.