Morir de angustia por un bicho

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Millones de europeos no sabemos si vamos a morir de un ataque al corazón antes de que el malévolo coronavirus chino nos lleve en sus garras, porque suponemos que las tiene, como todos los monstruos. Todos nos levantamos de la cama con la angustia metida en el cuerpo, a lo que contribuyen “documentos” que circulan por todos los teléfonos móviles. Uno en el que Estados Unidos y China se tiran los trastos sobre la culpa del desastre. Otros son más serios pero no menos inquietantes. Fuentes médicas anuncian para los días venideros los peores momentos de la pandemia. Entretanto la gente sigue cayendo como chinches pese a los esfuerzos de miles de médicos y enfermeras que hacen todo su imposible. Pero no es bastante. No tenemos la vacuna milagrosa que los chinos se jactan de poseer. Se llega incluso a pensar, y mucha gente lo dice en voz alta, que de lo que se trata es de limpiar el mundo de gente anciana, para hacer sitio. No sé si ese es el propósito pero en todo caso hay gente importante que desea una limpieza étnica. Y personas que ocupan cargos oficiales como la presidente del Banco central europeo, la francesa Christine Lagarde, que estando en el Fondo Monetario Internacional, ya con más de sesenta años cumplidos, dijo y repitió hasta la saciedad que había demasiados viejos y que ya estaban estorbando, se supone que a la economía. Ahora las maquinarias de intoxicación tratan de decir que fue un bulo que ella jamás pronunció esas palabras, que habría aplaudido Adolf Hitler. Esta señora que llegó a ser ministro en Francia, fue nombrada para el Fondo Monetario Internacional precisamente cuando un juez de París quería oír su verdad sobre su supuesta participación en una monumental estafa.

En Estados Unidos, también cunde esa sensación de que los ancianos molestan aunque la mayoría de los políticos tienen ya sus años. Un representante del pueblo, como ellos los llaman, cuyo nombre no repetiré para no hacerle publicidad y lo nombren Presidente, ha sido uno de los más entusiastas.

Aquí en España, las autoridades sanitarias avisan que estos días que vienen, y Dios sabe hasta cuándo porque si los chinos tienen la vacuna contra la pandemia no se la ha mandado a nadie, van a ser los peores. Tendremos varias semanas de suspense, es decir que te acostarás por la noche sin saber cuáles son tus posibilidades de despertarte muerto. Algo es algo. Hay que renunciar a la siesta por si acaso.

La bestialidad de los nazis que querrían aprovechar la crisis de la coronavirus para deshacerse de una parte de la humanidad consiste en que esos “viejos” cobran pensiones difícilmente ganadas durante muchos años de trabajo, a veces trabajos duros. Y además son los son los que acumulan toda la sabiduría, de la poca, que todavía han dejado intacta gobernantes inútiles que, de acuerdo con los comentarios de la mayoría de los europeos, deberían ser juzgados por alta traición, ya que en la mayoría de los casos, el más trágico fue el de Italia, no habían previsto la oleada de bichos malignos que se nos venía encima.

Vivimos, pues, los europeos en una angustia extremosa que resistimos encerrados en nuestras casas, sin salir ni entrar, con la esperanza de que escaparemos a esta matanza de inocentes un poco más que el vecino..

En España por ejemplo, el gobierno está siendo ferozmente atacado por algunos periodistas de prestigio, los demás tienen probablemente más necesidad y prefieren echar unas risas, que algunos han sido echados a la calle de sus puestos en la prensa nacional. El escritor Fernando Sánchez Dragó (del diario El Mundo), Alfonso Ussía (La Razón) y otros han sido cesados fulminantemente como dicen los colegas que los comentan con aparente satisfacción, simplemente porque sus comentarios molestaban al poder. Y como el gobierno es quien da las subvenciones para mantener una prensa escrita cada vez más débil, pues ya basta para justificar cualquier barbaridad.

El gobierno español como el italiano es acusado de haber tomado medidas contra el tsunami llegado de China muy tarde y muy mal. Y nos encontramos con que falta de todo: batas, mascarillas, a veces vendidas en el mercado negro, desinfectante… Y no estamos ni en América Latina ni en África sino en el mal llamado primer mundo.

Pero no todo el mundo se queja. Por lo visto hay empresas que seguramente no existían hasta que se han dado cuenta de que la muerte es un buen negocio y no solo para las funerarias. Vamos, que la muerte tiene un precio, para ser peliculero.

La otra mañana, una señorita muy agradable me llamó a mi domicilio y después de desearme los buenos días, preguntarme por mi salud y darme un poco de coba, fue directa al objetivo: “Le llamo para venderle una póliza de defunción”.

Esta llamada ha debido de correr como la pólvora por el lugar donde yo vivo y por toda España, sin que nadie haya hecho jugar las severas medidas sobre la vida privada y las comunicaciones telefónicas no autorizadas y menos deseadas.

La ciudad está desierta y las playas vacías pese a que hace un sol, veraniego. Solamente los negocios de alimentación están abiertos, salvo, según me dicen porque no puedo salir para comprobarlo, los tan populares hasta ahora regentado por chinos. No lo puedo verificar, repito, de visus porque la consigna es encerrarte en tu casa y callar.