Cuando Audrey Hepburn jugaba a la princesa

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Las gastadas escaleras que se desparraman sobre la Plaza de España chorrean turistas y ella no está allí. Ni él tampoco. Durante cinco días les he buscado en los lugares donde solían ir pero sólo he hallado unos viejos retratos en los que se les ve jóvenes y enamorados, de ellos y de la vida.Entiendo entonces que los sueños son tan difíciles de resucitar como los muertos. Qué más da. Gregory Peck y Audrey Hepburn, de profesión sus películas, hicieron soñar a la generación de mis años sesenta con aquellas inolvidables Vacaciones en Roma que filmó deliciosamente William Wyler. Era unos años antes de que Fellini se hiciera preguntas trascendentales sobre la vida, la muerte y el más allá en La Dolce vita. Los personajes de aquellas vacaciones no iban tan lejos, se limitaban a vivir, aunque con amargura. Gregory Peck es también periodista, el que encuentra en las calles de Roma a una princesa con ganas de libertad. Se conocerán, se amarán suavemente y se separarán para siempre.Sin proponérmelo me he metido en una callejuela con olor a ternura, Via Margutta, donde Wyler situaba el primer encuentro entre el reportero y la princesa. En este 2003 es feudo de los artistas y las galerías se suceden a lo largo de sus adoquines húmedos por la sombra. Casualidad. En una de estas casas con aires de palacios perdidos en el tiempo vivieron Fellini y su esposa, Giulietta Massina.He bajado casi religiosamente las escaleras en las que el periodista que busca la fama y la princesa de los ojos tristes deciden tomarse unas horas de vacaciones juntos en una Roma que todavía no conocía los atascos ni la contaminación. Y me he dado cuenta de que el realizador, como hacía Alejandro Dumas con la historia, se tomó algunas libertades con la geografía urbana de Roma. En la película, la casa de Gregory Peck en Via Margutta se sitúa encima de la Plaza de España, para permitir que los dos personajes pudiesen salir de ella y bajar por la impresionante escalera donde hoy los turistas se sientan como si intuyeran que hay una magia en esos trozos de piedra ajados por las suelas. En realidad, esa calleja está en la otra parte de la plaza. Cosas de cine.

No muy lejos de allí me tropiezo con una multitud que invade una plazuela. A la izquierda se alza, impresionante de majestad y belleza, la fuente de Trevi, para la que sobran o faltan los adjetivos. En ella, Marcello Mastroianni y Anita Ekberg protagonizaban una de las escenas clave de La dolce vita y que, aunque la gente no sepa apreciarlo, es uno de los momentos más inteligentemente sensuales de la historia de la cinematografía.

Era una escena intimista en la que apenas quedaba espacio pero que daba vuelos a la imaginación más pobre. La sorpresa es que la fuente de Trevi, en la que los turistas siguen arrojando monedas que según la leyenda garantiza que un día volverán a Roma, es un inmenso y deslumbrante monumento que se prolonga en unas aguas cristalinas de donde todos los días se sacan unos cuantos euros en calderilla.Cerca del Coliseo, allí donde los horribles romanos se divertían viendo cómo algunos desgraciados eran devorados por los leones, que preferían a los cristianos, entonces en la clandestinidad, me doy de bruces con la plaza de la Boca de la verdad.

Hay cola delante de la representación de las fauces de un horrible animal donde es tradicional arriesgar la mano. Pero la leyenda advierte que los invisibles antes de la fiera son capaces de comerse la mano de los mentirosos. Un romano que me mira con cierto cachondeo y advierte: “Aquí no vienen los políticos. Si metieran la mano se quedarían mancos”.Curiosamente, los periodistas pueden meterla. La prueba: Gregory Peck lo hacía en Vacaciones en Roma ante el espanto y los gritos de Audrey Hepburn. Por si acaso, yo me he abstenido. Cosas de la realidad.

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