Cuando Santa Teresa creía en Dios

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La gente que pululaba alrededor de las películas era a veces más interesante e instructiva que los filmes que actores, actrices, realizadores y productores presentan en los magnos festivales de cine como Cannes o La Habana, el primero por su solera y veteranía y el segundo por su gigantismo a la hora de presentar la producción latinoamericana. Les hablo del pasado, porque yo ya pertenezco a ese tiempo en que los mosquitos del Amazonas jugaban con las lagartijas verdes azules de las orillas que según los indígenas, los viejos, claro, decían que se transformaban en bellas bailarinas coquetas y enamoradizas cuando el sol se escondía para dar las buenas noches a los cocodrilos del río.. En quienes menos se fijan los amantes de ese Arte que invaden las salas como si en ello les fuese la vida – La Habana – o que en general esperan largas horas muertas al pie de los célebres escalones rojos que dan paso a la sala de proyección de galas – Cannes – es en los periodistas, verdaderos artífices-payasos de estas fiestas.Sin embargo es una fauna que cualquier entomólogo debería estudiar con la misma minucia que el vulgo hace con las estrellas o estrellitas que les ciegan en una noche en que los meteoritos se estrellas en los campos de maíz y las amapolas crecen mientras las margaritas cantan bajito la novena Sinfonía de Beethoven aprovechando el viento de la tarde en el desierto del Sahara. A lo largo de cuarenta años de festivales, me he tomado muy en serio la observación de esos bichos de dos patas que son mis compañeros de trabajo metidos en la faena de hormiguitas – es cierto que también pueden convertirse en auténticas termitas – para informar al mundo desde sitios donde la actualidad es la pantalla grande. Aquí les ofrezco tres retratos, auténticamente apócrifo por supuesto, más o menos como “Las memorias de Mr. D’Artagnan, Capitán Teniente de la primera Compañía de los Mosquereros del Rey, que contiene cantidad de cosas PARTICULARES Y SECRETAS que ocurrieron bajo el reinado de Luis el Grande”, y que dieron a Alejandro Dumas la posibilidad única de producir uno de los grandes momentos de la literatura universal, Los tres mosqueteros. De los cientos de periodistas con que me he tropezado en muchos años de festivales en una u otra parte del mundo, ya sea en un hotel de lujo o en una miserable pensión – todo depende de las finanzas del medio que manda a sus esbirros a ese nuevo circo romano que es el cine – Juliette es sin duda una de las que más impresión me ha causado. Tenía 32 años, de los cuales doce de periodismo, y era bonita como la Julieta que imaginó William Shakespeare para su Romeo aunque siempre me ha parecido imposible que ella se hubiese matado por amor. Amaba a las damas y ellas son más miradas a la hora de matarse. Creo que en realidad fue un virus, pero eso ya sería otro cuento. Desde que un desconocido la había violado a los 18 años en uno de los ascensores del National Press Club de Washington, Juliette empezó a odiar la música latina y todo lo que se pareciera a un afro-norteamericano aunque fuese una copia de Shaft, un guapo detective que se hizo célebre pese a negritud en las blancas pantallas norteamericanas hacia los años setenta. Pero desde aquel episodio, Juliette sentía una morbosa pasión por los ascensores. Millonaria – su papá regentaba uno de los laboratorios farmacéuticos más ricos del mundo – en su hotelito privado de Neuilly, barrio elegante de París, tenía un ascensor que era una copia del que existía en un célebre prostíbulo de París en los años cuarenta, el One two two, cuando los nazis estaban en París como en casa. El ascensor de Juliette – que tardaba una eternidad en ir de la planta baja al tercer piso – estaba tapizado con un amplio sofá de piel sedosa y blanca, música de ambiente que envolvía al visitante como un traje de chaqueta de Chanel y una rinconera con botellas de alcoholes del mundo entero. Decían que ese ascensor, donde lo único prohibido era la música latina, Juliette se transformaba en una loba mitad Sheherazade y mitad Reina Margot, la que mandaba arrojar por la mañana los cadáveres de sus amantes al Sena después de haberlos consumido hasta el tuétano durante la noche. Juliette, magnífica pluma por lo demás, adoraba el champán y en su despacho de Cannes solía terminar sus brillantísimas crónicas en un derroche de burbujas que invariablemente se desmoronaban en una descomunal borrachera, cuyos restos encontraba la portuguesa encargada de la limpieza a las dos o las tres de la mañana. Por Supuesto que Juliette nada tenía que ver con Richard, quien trabajaba para una emisora de radio norteamericana y sus amigos le llamaban cariñosamente “La loca de Chaillot”, vaya usted a saber por qué. Desde que había llegado a París casi en tiempos de Hemingway había pasado de ser un macho de Illinois para convertirse en algo que nadie se atrevía a definir. Un compañero francés decía con todo el desprecio de que era capaz, y tenía más reservas de este producto que de billetes de una libra esterlina el Banco de Inglaterra, que en realidad funcionaba “à la voile et à la vapeur”, vamos que no despreciaba a ningún sexo. Y en aquellos tiempos, porque yo les hablo del pasado pluscuamperfecto.

Adoraba las camisas verdes y los pañuelos fucsia. Cuando yo le conocí tenía la edad de Jean Cocteau en su momento de máximo talento y cuando descubrió al actor Jean Marais – que entre otros personajes encarnó precisamente a D’Artagnan – con quien vivió un huracanado idilio que duró años. Richard odiaba a las mujeres, por lo que en sus crónicas era raro que una actriz saliera bien parada. Tendría que haber sido su propia madre y aún así nadie hubiese sido capaz de decirlo. Para él todas las féminas eran brujas para las que los suplicios de Salem hubiesen sido mera caridad cristiana.

Por el contrario, Serge habría dado su único par de zapatos por una sonrisa de mujer. Era un chaval guapo y moreno, con más ambiciones que conocimientos del cine. Tenía apenas 23 años pero ya estaba convencido de que conocía el Séptimo Arte como los barrios bajos de París, su ciudad casi natal. Enamoradizo como pocos, su Redactor Jefe tenía de vez en cuando la sorpresa de leer en otro periódico una crítica sobre una determinada película que nada tenía que ver con lo que el jovencito Serge había escrito en el suyo. En esos casos, era un puro y majadero ditirambo mientras la del viejo señor que firmaba la otra decía que era un filme infame. El secreto lo descubrí una noche en un discreto restaurante del viejo Cannes, al que se llegaba por escaleras amplias y resbaladizas, donde el jovencísimo cronista cenaba en un ambiente arrullador con la todavía más pura protagonista de una película que él había encumbrado – sólo le faltó decir que “Ciudadano Kane” era un cortometraje a su lado – y que a mí me había hecho llorar por la rabia que sentía de no poder estrangular al director en la misma sala de proyección.

Estoy casi seguro que a a la muchacha, heroína de una película realmente mala sobre un momento histórico de Francia, su jefe de prensa le había transmitido una ficha que podría haber estado redactada más o menos en estos términos: “Si le caes bien a Serge es incluso capaz de decir que tu última película merece ocho Oscars aunque los grandes críticos la hayan considerado como una de las peores del mundo. Háblale de Ernesto Hemingway (es un escritor norteamericano, adjunto pequeño dossier con resúmenes de sus principales novelas). También es indispensable que te muestres entusiasmada por la llegada de Fidel Castro a La Habana (adjunto resumen histórico). Y aunque lo único que tú bebes es Coca-Cola dos minutos después de que llegue a tu habitación pide dos güisquis recalcando alto y claro que los sirvan en vasos estrechos con dos trozos de hielo grandes (insiste en este detalle) y un chorreón de agua Perrier (la reconocerás porque la botella es verde).

“Por supuesto, hazte la sorprendida y encantada cuando bebáis el primer sorbito de güisqui. Le dices al camarero que los canapés no sean de caviar o salmón ahumado. Por razones que no he podido descubrir, Serge los odia. Para la entrevista ponte una falda no muy ceñida, más bien tipo colegiala pero que deje ver las rodillas aunque sin exageración. No olvides los mocasines rojos. Los adora hasta el fetichismo. El pelo “despeinado” y que el maquillaje ni se note. Está convencido de que eres la típica jovencita norteamericana de la América profunda. Si te habla de música no olvides que le gusta una mujer tocando el violoncelo más que el último descubrimiento de las páginas centrales de Playboy y que sólo la cambiaría por un concierto de Frank Sinatra”.

Allá en la capital, el Redactor Jefe no comprendía nada de lo que le escribía su joven reportero porque, naturalmente, ignoraba estos detalles. Dos años después volví a ver a Serge en París. Se había casado y tenía una hija de unos inmensos y profundos ojos verdes. En cuanto a la actriz, que luego sí que protagonizó una película de éxito mundial, se había liado con un bajista negro que tocaba en La Cigale, un célebre y popular café del Pigalle de los años sesenta al que hoy van en peregrinación miles de turistas norteamericanos. La última vez que me crucé con Serge fue en una playa muy cerquita de La Habana con una criatura de ensueño. Me dijo que era una modelo novia de un amigo. Por la noche, antes de perderle para siempre de vista, me lo encontré en un ascensor del Hotel Nacional varado entre el primer piso y la planta baja con un camarero que se encontraba allí por casualidad. Acababa de ver la película cubana “Fresa y chocolate” y por los barrotes del ascensor me tendió una copia de la crónica que había mandado poco antes. Era una maravilla. Era lo mejor que había escrito en toda su vida. Pero a él le importaba un comino mi opinión. En espera de que lo bajaran seguía bebiendo ron con hielo como si fuese agua Perrier.

 

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