El terror de un mosquito

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

El peruano Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura, está convencido, y así lo escribió en el diario El País, que «Nadie parece advertir que nada de esto (la catástrofe provocada por el virus coronavirus llegado de una ciudad de China) podría estar ocurriendo en el mundo si China Popular fuera un país libre y democrático y no la dictadura que es»…»Por lo menos un médico prestigioso, y acaso fueran varios, detectó este virus con mucha anticipación y, en vez de tomar las medidas correspondientes, el Gobierno intentó ocultar la noticia, y silenció esa voz o esas voces sensatas y trató de impedir que la noticia se difundiera, como hacen todas las dictaduras».Entiendo perfectamente al compañero Mario, primero porque el virus no salió de la nada y porque todo el mundo sabe que la guerra bacteriológica existe. Acuérdense cuando el Presidente de los Estados Unidos, Bush, mando colgar por el cuello al Presidente Saadam Hussein, cuyo país destrozó hasta la última piedra seguidamente con el pretexto de que allí se ocultaban armas extremadamente peligrosas, bacteriológicas por cierto. Segundo porque Mario tiene mi edad, alrededor de 80 años, y sabe que las primeras víctimas somos nosotros, los viejos, a los que nos dan el privilegio de caer los primeros. Y a cosa hecha. No creo que nadie en el mundo, ni los chinos, haya olvidado que Christine Lagarde, dijo una frase cuando dirigía el Fondo Monetario Internacional que hubiese llenado de alegría infantil al sabio Adolfo Hitler: “Los ancianos viven demasiado y es un riesgo para la economía mundial. Tenemos que hacer algo y ya”. La señora Lagarde, que tiene pendiente un proceso en Francia por un sucio negocio, dijo algo que ningún nazi se hubiese atrevido a decir en una tribuna mundial, sin duda porque eran más inteligente que ella, que por cierto no es ninguna niña ya que tiene por lo menos 64 años de edad, y en Francia se jubila a la gente a los 65. Ya está casi a punto para la liquidación.Pero, recientemente, cuando apareció repentinamente el primer bichito procedente de China, ¿cómo Mr. Trump no lanzó a sus fuerzas con las que amenaza a todo el mundo e hizo añicos, cachitos, pedacitos minúsculos, todo lo que había a muchas millas a la redonda del lugar de donde alguien jugaba con ese bichito que ha destrozado la vida al mundo entero?

Y lo peor es que entre las muchas cosas de que presumen ahora los chinos –ya dicen que no tienen un solo enfermo—es de que poseen medicamentos para curar. Yo confieso que todavía no me han llamado de la embajada de China para que pase a vacunarme. Tal vez sea porque no tienen mi teléfono.Porque Europa está destrozada, aniquilada, muerta de miedo, sin saber dónde meterse. En España, que es donde yo vivo, las autoridades han tenido que improvisar,  convirtiendo algunos hoteles en hospitales, poniendo en alerta a todas las fuerzas armadas, llamando a los médicos ya jubilados, e incluso a los que no habían terminado sus estudios. Miles de enfermeras y de médicos se juegan la vida para curar a los que tienen la mala suerte de que el bicho chino les haya alcanzado. Y la gente muere como si de una bomba atómica se hubiese tratado. Lo único que les queda a los chinos es plantar una bandera china en medio de Lombardía, la región italiana más destrozada por el simpático coronavirus. Esto no es una gripe como las que conocemos en Europa, ni siquiera aquella llamada gripe española de 1918. Esto es un veneno del que por el momento ningún científico europeo es capaz de sacar una vacuna y arreglarlo. Es la muerte lenta, aterradora, que no sabes cuándo te va a allegar. La gente tiene orden de encerrarse en sus casas para que no haya contagio y con todo y con eso los hay. Se llevan mascarillas, se usan toneladas de líquidos detergentes. Es una espantosa tragedia que nadie podía imaginarse.Los que más mueren son los mayores, los viejos vamos. Han encontrado varios en una residencia de la tercera edad donde pasaban sus últimos días felices viendo la televisión. Hasta allí ha llegado el virus y los ha roído.A medida que pasan los días y que las autoridades gritan y amenazan todo lo que pueden para que la gente no se salga a la calle y se quede quieta en casita, los muertos hacen caso omiso y siguen cayendo. Es como una maldición de la que no se puede escapar.

Las emisoras cuentan cosas terribles. En una localidad han tenido que convertir una pista de hielo en una improvisada funeraria, y los muertos han sido tirado unos encima de otros en el hielo para que no se descompongan.Pero nadie puede asegurar que cuando llegue el día del entierro los enterradores encuentren algo más que trozos de hielo que la señora Christine Lagarde, la nazi, probablemente utilizaría para tomarse un güisqui and the rock.Esta mañana, una vieja amiga médica, que lucha contra el virus desde el comienzo, me ha musitado:

-Por primera vez en mi vida, tengo miedo…