El blanco que tenía la novela negra

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Mis primeros amigos cuando llegué a París en tren después de una caminata desde Marsella fueron unos norteamericanos que vivían en un curioso lugar, le Passage des Panoramas, en el bulevar de los Italianos. Era un tubo en forma de galería que se adentraba en París y que formaba una especie de ciudad aparte, con sus tiendas de todo tipo, una de juguetes del siglo pasado, del diecinueve, claro, y las boutiques más chulas que podía imaginarse. Al fondo de la galería coronada por un enorme sombrero de cristal, en un rincón había una librería casi toda al exterior, con cajoneras llenas de libros de todo tipo. En un rincón, me tropecé con los que iban a acompañarme durante años. Un francés, Marcel Duhamel, había tenido la osadía de lanzar una colección de libros pequeños y de tapa negra que todos hablaban de gente de mala vida allá en los Estados Unidos en general. Títuló la colección Série noire, que con los años y hasta ahora se transformó en Novela negra. El el primer título que me tropecé lo firmaba un tal Chester Himes, que días después supe que había llegado a París poco antes huyendo de ciertos modales que estaban de moda en Estados Unidos, su país, con los negros, raza de la que él formaba parte. Con solo dos personajes medio locos, dos inspectores negros apodados “Sepulturero” y “Ataud”, Chester Himes se hizo el amo de millones de lectores que sin embargo no estaban acostumbrado a aquella visión de los Estados Unidos, en los que la violencia callejera, los gangsters enormes o de tres al cuarto eran los amos de calles que parecían vivir solo la noche, cuando el agua del riego las hacía relucir. Y entonces salían por las aceras especie de Pedro Navaja, chulos y dispuestos a todo, que empezaban a vivir cuando el resto de los norteamericanos se metían en la cama.

Chester Himes había llegado a París después de alguna que otra temporada pasada en cárceles norteamericanas donde su militancia negra le había llevado. Eran tiempos de querencias de poder negro y el racismo florecía en el país. Casi todos sus personajes eran negros, incluso los que estaban en el lado “bueno” de la ley, dos inspectores negros muy inteligentes y arrojados, pero totalmente dementes, “Sepulturero” y “Ataud”, que tenían que combatir en Harlem, el barrio negro por excelencia en aquellos años cincuenta-sesenta, una delincuencia muy particular. La verdad es que más bien parecía la prehistoria de la historia del Harlem pobre y desamparado reservado a los negros.

Había bandas organizadas y sangrientas en este barrio que más tarde se convertiría en un paseo para turistas, pero sobre todo una especie de bandidos muy difícil de combatir porque en realidad no hacían más que estafar, con las artes más abracadabrantes. El barrio estaba lleno de falsas monjitas que en esquinas y donde podían, amparándose en sus hábitos a veces de fantasía digna de una comedia musical de Broadway, intentaban y casi siempre lograban estafar al viandante con mil triquiñuelas.

Harlem, contaba Himes, era el paraíso de la estafa. Nunca estuve en Harlem. Pero cuando ya vivía en las afueras de París, tener un domicilio en París mismo era para ricos o para gente que vivía de otra cosa que no era el periodismo de principiante, tuve un ejemplo de lo que contaba Chester Himes de la magia de su barrio.Tomo un párrafo del artículo que escribí pocos días después: “El negro enorme farfullaba en un florido francés algo que se asemejaba a una oración o a un canto. Sudaba la gota gorda de un agosto parisiense. A su alrededor, hombres y mujeres con rostros negros y sonrisas blancas le jaleaban. El negro enorme estaba cada vez más excitado, como a punto de entrar en transe. Hubo un súbito y rápido silencio cuando se metió en el círculo que en el suelo del salón alguien había trazado con una tiza blanca.La gente, negros, blancos de todos los colores, pero invariablemente pobres, que once pisos más abajo bebía cerveza, ron malo o lo que fuera en medio de los coches aparcados tuvo apenas tiempo de apartarse. El cuerpo enorme se estrelló con un sordo murmullo en aquella residencia de medio pelo de un suburbio norte de París.

“Ha salido del círculo mágico”, me explicaba poco cartesianamente dos horas después el comisario del distrito mientras sorbía un descafeinado con leche, una auténtica felonía en una Francia orgullosa de compartir con España las cumbres borrascosas del alcoholismo en la Unión Europea.”El gordo salió despedido del círculo más o menos mágico, pero mortal para él, cuando las leyes de la física lo dispusieron. Pasó por la ventana y voló como un enorme pájaro.Aquel fue mi primer contacto con el Harlem que novela a novela, página a página, contaba el negro norteamericana a los franceses, que tenían la impresión de haber entrado en un mundo de una Alicia negra en un país no de las maravillas sino de los mil trucos para engañar al prójimo.

Pero lo que yo había vivido aquella tarde de verano con el puñetero círculo mágico eran cosas que ocurrían en el barrio de Harlem, allá por un Nueva York que pocos blancos conocían en su profunda verdad de todas las mentiras.Otra maravillosa historia que contaba Chester Himes era la de la transmutación del papel en billetes de banca.Es una de sus novelas más alucinantes. Corría la voz por Harlem que unos compadres habían ideado un método para transformar los billetes de 10 dólares en billetes de 100. Ni que decir tiene que los clientes se apretujaban a la puerta de aquel infame piso con la esperanza de poder acceder a la cocina, que era donde dos serios negros muy bien vestidos operaban la transformación en un periquete.

Con las pestañas desorbitadas, los que podían acceder a ese lugar mágico (¿otro círculo mágico?)veían una cocina de lo más pobre que en el centro tenía un fogón de gas limpito y reluciente.Los operarios del milagro sacaban una bandeja del horno rellena de reluciente y prometedor papel y la enseñaban al público, siete u ocho personas que era el aforo de la cocina. Allí quien quería ponía uno, dos o más billetes de diez dólares para que la transmutación pudiese operarse.Cuando la bandeja ya estaba repleta y no podía más de lo llena que estaba, los oficiantes provistos de elegantes y sobrios sombreros, la introducían en el horno. Se cerraba la puerta y los atrevidos que habían metido sus fortunas, diez dólares era ya un buen dinero en aquellos tiempos, esperaban sudando como malditos en el baile de “¿Acaso no matan también a los caballos?” de Horace McCoy.

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