Brigitte Bardot, y las guerras perdidas

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

No estuve en ninguna guerra porque la edad siempre me lo prohibía, o muy viejo o muy joven o como les de a ustedes la gana. El caso es que la guerra más feroz que conocí fue la organizada por un bichito chino salido del diablo sabe dónde. Se moría como se vivía sin aviso. Te atacaba una tos y cuando te dabas cuenta estabas muerto. Me acordé de los gases que los puñeteros alemanes lanzaban traidoramente en las trincheras de la primera guerra mundial, la que duro de 1914 a 1918 y para postre llegó la gripe española.He sido un privilegiado y tal vez por eso me cuesta aceptar esta guerra, así la llama del presidente francés, Emmanuel Macron, quien por su edad tampoco habrá visitado los campos de batalla, a menos que haya sido de paseo. Y los mosquitos le parecen un ejército de traidores seguramente. Cuánto me he acordado de Ernest Hemingway que estuvo en casi todas las guerras que se inventaron.Mis más feroces batallas las he librado contra algunas mujeres de las que decía el norteamericano que “pueden llegar a ser excelentes amigas”.He tenido toda mi vida un complejo de inferioridad, sobre todo teniendo un padre que luchó en una de las guerras más feroces que cuentan los historiadores, la del Rif, allá en las montañas marroquíes, de 1911 a 1927, cualquier cosa, donde el rito entre los combatientes bereberes era cortar los testículos al cadáver del enemigo, a menos que se lo hicieran todavía vivo, y metérselos en la boca. Finiquitaban la labor cosiendo los labios de la víctima con hilo grueso.

A mi padre no le ocurrió nada de eso, a menos que fuese lo contrario, porque él era un macho cabrío. Le llamaban Capitán Veneno.Yo no saqué su vena guerrera y ahora, en pleno 2020 me encuentro sin comerlo ni beberlo metido en la más espantosa de las guerras, la que libra al mundo entero un bicho llamado coronavirus, llegado de China, no se sabe cómo ni por qué aunque todo el mundo lo sabe. Y mata con un furor espantoso, cono esos animalitos que defienden a sus hijos.No le he hecho nada al maldito pero me tiene encerrado en mi despacho en espera de que quiera marcharse a otros lares o tenga la ocurrencia de atacarme.Para quien no ha vivido los años 60 en París resulta difícil medir en su justo valor lo que fue el fenómeno Brigitte Bardot para el cine pero también para toda la sociedad francesa, inmersa en la terrible guerra de Argelia, que terminaría con ha autodeterminación en 1962, y con el no menos terrible mes de mayo del 68, lo de terrible por lo que tenía de comedia, que vendría después.

Mientras, la que luego no se conocería más que con dos iniciales que olían a perfume, B.B. había sido descubierta y lanzada pon Roger Vadím en Et Dieu crea la femme, una película que en su época escandalizó casi tanto como tres años después, en 1960, ocurriría con La dolce vita.Pero si la película de Federico Fellini era un auténtico incendio que prendía fuego a veinte siglos de tradícion judeo-cristiana, Et Dieu crea la femme no pasaba de ser un compendio de imágenes que quizá prefiguraban lo que el cine erótico sería más tarde pero que en aquel momento no pasaba de un canto a ha silueta emborrachadora de una Brigitte paseando por una playa y por las vidas de un viejo Curd ]urgens y de un jovencito e inocente Jean-Louis Trintignant.

Nada tenía este filme para encender las hogueras de la Inquisición. Y por supuesto menos tendría en los años dos mil, que vivió los horrores de las imágenes de una guerra impuesta por el politiqueo y los intereses comerciales de Washington y que todavía veía en directo y en color cómo los palestinos caían bajo las balas de los israelíes y cómo los hebreos, aunque menos, eran hechos añicos por los kamikaze de la desesperación.Probablemente la magia de la recién descubierta estrella, que hasta entonces había hecho películas sin mayor trascendencia, resida en una cierta y segura inocente perversión que tan bien le iban a los años sesenta de mis entretelas. Mientras a Felhini le hizo falta sacar la artillería de su dialéctica para provocar el escándalo, Roger Vadim no necesitó más que pasear a su descubrimiento por un pueblecito marinero donde pronto crearía romanescos enfrentamientos entre tres hombres.

El poder de B.B. era enorme en cuanto tenía a tiro a un miembro del sexo masculino. Lo revolcaba en la locura de la conquista sin grandes esfuerzos. Le bastaba con fruncir los ojos, que ni siquiera eran espectaculares, y con hacer unos inocentes gestos con los labios, apenas sensuales y sin silicona como ahora se llevan.Quienes la amaron locamente en aquella aparición de la playa sureña francesa aprendieron a respetan su talento de actriz cuando en 1962 hizo Vida privada de Louis Malle, poco antes La verdad, de Clouzot, y en 1963 Le mépris de ]ean-Luc Godard.

Y cuando paseaba su palmito de novatilla por los estudios de Billancourt, en Paris, jugando a la salvaje elegante, sin creerse realmente todavía que el mundo le iba a rendir pleitesía, los periodistas encargados de seguir sus menores pasos supimos rápidamente que iba a ser un fenómeno de la importancia de Marilyn Monroe o Rita Hayworth. En uno de aquellos rodajes suyos en los estudios de Billancourt, que ahora se han convertido en todo menos en lo que era, uno de sus productores tuvo la idea de hacerla elegir al reportero más simpático. Y me eligieron a mí, probablemente porque, las fotos de la época me rinden esa justicia, era guapito y jovencito. Cuando pienso que una de las starlettes (aprendiz de estrella pero que no siempre llegaban a serlo) que andaban por aquellos platós me trataba de “bocato de Cardinale” me quedo patitieso mirándome en el espejo donde en lugar del espigado muchachito de entonces veo a un gordo que se ha llegado a ese estado mental con ese salario del miedo de la vida que el que más y el que menos se ha ganado con los años.

Pero dejémonos de recuerdos ociosos. El premio no fue pasar una noche con BB (una noche de charla, entiéndanme bien) ni siquiera una romántica cena en cualquier restaurante elegante, sino un modesto bolígrafo de plástico en el que figuraba su nombre y el título de la película.En mi inocencia, fuí por un rato el muchacho más feliz del mundo. Felicidad corta porque el bolígrafo me lo robaron aquella misma tarde. Creo que hubiese dado a cambio un Cartier. Pero, bueno… También es verdad que yo no tenía nada de esa tienda de la Rue de la Paix para ofrecerlo como recompensa.Desde el cine, el estilo de B.B. saltó a la vida real e impuso una forma de ser de muchacha liberada que la llevó hasta la entonces exótica playa brasileña de Búzios, donde pasó unas vacaciones con un amante o un esposo, la memoria me falla.Aquel pedazo de tierra virgen que se confiesa con el mar era entonces un mero refugio de hipis. Hace unos años no quise venirme de Brasil sin visitar los lugares del crimen. Y descubrí un cine del centro de la ciudad, muy parecida al Saint-Tropez que Brigitte haría célebre en Francia, entre las plantas tropicales que se comen la fachada, donde reza orgullosamente la razónn social de Cine Bnigítte Bardot.

Pero ella, que desde que cumplió los sesenta ha guardado sus distancias con el mundillo que fue el suyo para consagrarse prácticamente a los animales – mucho más agradecidos que los hombres –nunca ha querido ir más por allí pese a que ha han invitado repetidamente para presidir un festival que le hubiese estado consagrado. Para terminar el cuento, digamos que en el ano 2.000 el propietario de la sala era uno de los innumerables argentinos instalados en Búzios.

 

Brigitte me permitió conocer Buzios, uno de los pueblos más bellos de la costa brasileña.y me di por contento.Ahora la recuerdo porque es la guerra y cuando la muerte te persigue es bello tener recuerdos de un mundo que fue mejor.En aquellos tiempos de belleza y pasión, los brasileños de Búzios que sabían que BB andaba por allí, pasaban por su casa cantando, como si fuera una oración: Brigitte Bardot, Bardot, Bardot, Brigitte Bardot, Bardot. Éramos felices porque la pena no nos sentaba bien para el cutis, aunque supiéramos que los temibles mosquitos de la familia Aedes que cuando les parecía te metían un chute de dengue, broma que podía estallarte el hígado, volaban graciosamente a nuestro alrededor. Pero probablemente ellos también cantaban el estribillo de Brigitte, Brigitte Bardot. Ya les digo, éramos felices, qué quieren ustedes….