El virus, el mosquito y yo

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Me pasé tres años y unos días trabajando por todo Brasil sabiendo que teníamos que tener cuidado con un maldito mosquito que transmite el dengue, que infecto en ese país en 2019 a más de 2.225.461 personas y se llevó por delante y directamente a 789 personas.Dicen que andan hurgando a ver si consiguen una vacuna pero hasta ahora el dengue no perdona. Estando yo en Brasil, un vecino de Brasilia, ministro de medio ambiente, tuvo la mala suerte de toparse con un mosquito ad hoc y le faltó el canto de un real para que pudiese contarlo.Porque la vacuna contra el dengue es como el oro de la Amazonía. Se sabe que hay pero encontrarlo ya es otra historia.El caso es que vivíamos en una enorme casa con mucho jardín y todas las semanas me tropezaba con los encargados de detectar los malditos mosquitos, provisto de gafas, máscaras, trajes pesadísimos y lanzas. Porque no es que haya epidemia de dengue en Brasil es que esos bichos están siempre presentes y te la pegan cuando menos te lo esperas.Al cabo de tres años volví a la civilización y ahora me encuentro con un bicho que lleva un nombre excesivamente pretencioso para venir de donde viene, coronavirus, que no tiene nada que envidiar a nuestros simpáticos mosquitos del dengue. Por supuesto que en Brasil no se toman medidas especiales porque los mosquitos que transportan todas las enfermedades están en su casa. La gente sigue haciendo vida normal porque sabe que el dengue es una fatalidad que satanás puso en el más bello paraíso que pueda imaginarse. Además, los pobres no pueden comprar mascarillas ni gafas ni siquiera lavarse las manos con no sé qué compuesto que aquí en Europa provoca casi tumultos. Allí, en Brasil, es a la gracia de Dios. Bueno, también tenemos la fiebre amarilla, que suele darse en regiones de la selva brasileña, pero no creo que la gente se lo tome muy en serio. Y hay otras cuantas enfermedades menores. Yo, que llegué vacunado de todo los diferentes artículos que tiene el Instituto Pasteur, estuve a punto de morir por la glotonería de comerme en Manaus, noreste, un helado fabricado únicamente allí. Es un manjar. Pero a mí me tuvo una noche delirando. Cuando por fin pude vestirme porque mi avión para Brasilia no esperaba, por el camino iba dando tumbos hasta que conseguí una clínica donde la recepcionista se sacó un médico de la manga para que me atendiese una vez que comprobó que podía pagar. Porque allí a los pobres no se les atiende en una clínica privada. El médico me recetó unas pastillas, que fui tragando en el taxi hasta que con la complicidad de un muchacho al que le dije que me ayudase porque tenía una pierna coja evité que la policía sanitaria se diese cuenta de que yo estaba para que me metiesen en observación.En el avión leí el prospecto y me di cuenta de que lo que menos me podía ocurrir con aquel remedio era volverme chalado. En Brasilia me esperaba un amigo taxista que me recogió en el desembarque y me llevó casi en brazos hasta casa, donde permanecí una semana delirando.Y ahora, viernes de marzo de 2020 me encuentro en un país civilizado, encerrado en mi casa porque los chinos, siempre tan serviciales, nos mandaron desde el diablo sabe dónde un bicho, el coronavirus, que mata como el mosquito del dengue o más, no sé, por ahí andarán. Y heme aquí encerrado, en un pueblo costero en estado de sitio donde ya no sale el sol, en espera de que alguna eminencia diga y yo me lo crea que ha inventado una vacuna y podamos todos echar unas risas. Reconozco que soy muy egoísta. He pasado por el Brasil de los mil mosquitos mortales de necesidad pero como estaba allí muy a gusto y nada más que pensábamos en el carpe diem pese a que la crisis económica que se produjo con la moneda nacional me extenuó de tal manera que fui a parar al hospital. En aquel monumento de mármol donde los brasileños pobres no entran se empeñaron en que podía haber sido un amago de infarto pero como los médicos, que exigían un cheque antes de abrir la boca, y cada cual por separado, no se ponían de acuerdo, la Agencia France Presse, de la que yo era corresponsal, llegó a la conclusión de que era preferible repatriarme y cuán más barato aunque fuera en un avión especial que tenía que venir a buscarme a Brasilia. En cuanto me enteré me sentí como un tigre y comuniqué a mis jefes que ya estaba curado y con más ganas de trabajar que nunca.Cuando cumplí mi contrato no me quedó más remedio que tomar el avión para París. Y allí, en la selva de mi jardín quedaron todos los mosquitos del dengue, fiebre amarilla y otros animalitos que me habían respetado durante mi estancia entre ellos.Desde entonces cuando un bichito de esos me molesta me cuesta trabajo matarlo.De vuelta a la civilización, sigo encerrado esperando que el maldito bichito chino no se acuerde de mí.Y lo malo es que ya no puedo volver a Brasil porque han nombrado un presidente con el que probablemente yo no me llevaría nada bien. Creo que es peor que los más perversos de los mosquitos del dengue.

Paciencia.

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