El último beso de Hemingway

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Era la primera vez que salía de su agujero de “exiliado” desde que su periódico le había mandado a la jubilación (la más terrible palabrota de la lengua española) antes de hora en una isla africana del extremo sur de Europa, donde el sol y el mar volvían majaretas a millones de turistas anémicos de luz.El decano de una facultad de Periodismo de la capital de la región que había sido reino de los árabes durante siete siglos le había invitado a dar una serie de cursos, convencido de que de este modo sus alumnos podrían conocer la profesión que iban a ejercer, o que no ejercerían jamás debido al paro galopante, por boca de un profesional y no sólo con las teorías de profesores que en su mayoría no habían visto un periódico desde hacía una eternidad. Enseñar lo que no se sabe era mucho más cómodo y daba esa seguridad del empleo que en la Unión Europea se había convertido en la principal preocupación de todos.El aula blanca y soleada tenía treinta alumnos del último curso. Desde su mesa, el viejo periodista podía avistar por los ventanales un mar azul celoso del sol que le hacía guiños. Se acordó de otro mar, de otra playa, allá en el Caribe, cuando todavía sus patrones consideraban que era rentable. Porque en Europa la “rentabilidad” laboral acaba en este desolador siglo XXI alrededor de los sesenta años. A partir de ese momento, los patrones hacen lo imposible por deshacerse del profesional para reemplazarle por un joven que aceptará un contrato basura, horarios interminables y sueldos bajos.Como decía recientemente de forma siniestra un dirigente de uno de los más importantes canales de televisión españoles, “hay que tener en cuenta que un medio de comunicación es ante todo una empresa”. Y aunque en Francia, España y otros países unos cuantos, muy pocos es cierto, se alzan contra esa forma de liquidar la memoria viva de empresas que necesitan la experiencia como primera arma (medicina, periodismo, ingeniería, etc.) el rodillo de las multinacionales sigue funcionando.

Finalmente, en aquella aula acogedora yo no era más que uno de esos tantos que habían tenido que irse a casa con la experiencia de los años bajo el brazo.Se volvió hacia sus alumnos que le miraban con la curiosidad que todavía tienen algunos jóvenes que sueñan con el periodismo de otros tiempos sin saber que la grandeza de este oficio se acabó en Europa hace ya años y cogiendo un libro de la mesa empezó a leer: “El viejo había visto muchos peces grandes. Había visto muchos quepesaban más de mil libras y había cogido dos de aquel tamaño en su vida, pero nunca solo. Ahora, solo, y fuera de la vista de la tierra, estaba sujeto al pez más grande que había visto jamás, más grande que cuantos conocía de oídas, y su mano izquierda estaba todavía tan rígida como las garras convulsas de un águila”.Al terminar esta rápida lectura el silencio era tan impresionante como ruidosa la cafetería cercana de donde llegaban los ecos de las tazas de café que se entrechocabanya vacías y que yacían junto a restos de bocadillos.Para no poner a los estudiantes en un apuro aclaró rápidamente que era un párrafo de El viejo y el mar, probablemente las 127 páginas más brillantes de Ernesto Hemingway. Los oyentes agradecieron la aclaración. Quizá les diese hasta ganas de leer el libro y al menos más de uno sabía ahora que Hemingway no es sólo el nombre de una actriz (la nieta del escritor).

Soltó el libro y les aclaró: “Para mí, el enorme pez que consigue agarrar el viejo de la playa de Cojímar, muy cerquita de La Habana, que es donde se sitúa la acción de lanovela, es la esperanza que todos llevamos dentro. Y me atrevería casi a afirmar que podría ser también esa ilusión que nace en todo periodista el día que publica su primer artículo. Es el rey del mundo. Nada le resiste. El infinito es suyo. Ha capturado al tiburón, al que tal vez incluso podrían atribuírsele influencias freudianas. Y va cantando victoria a medida que se acerca a la playa del triunfo, donde por fin podrá demostrar al mundo su valía. El triunfo de la tenacidad, también el de la temeridad, el del sustento ganado honradamente, con su inteligencia y su tesón. Pero cuando por fin, la barca se arrastra en la arena, el tiburón por el que tanto había luchado no era más que un despojo, un largo espinazo sin carne y sin vida. Una vez más, el viejo pescador había perdido. Y se fue a dormir”.

No sé ni nunca se lo oí decir si al escribir esa maravillosa aventura que finalmente le valdría el Premio Nobel, Ernesto Hemingway se acordaba de sus muchas luchas con tantos peces en su vida de periodista, desde que empezó en el Kansas City hasta cuando cualquier publicación se peleaba por publicar hasta sus más lejanos desvaríos. Ignoro de veras si se daba cuenta de que el tiburón fue el mismo que él había pescado tantas veces y tantas veces se comieron otros depredadores. Cuando uno se pega un tiro de desesperación, por mucho que las tesis oficiales hablen de desarreglos mentales, que es más bonito que decir locura, no se hace sencillamente porque “llegó a la conclusión de que ya nunca podría seguir escribiendo”. Es demasiado simple. Un tiro en la cabeza, que es la muerte instantánea cuando se toma la precaución como él lo hizo de escoger el arma más mortífera de su colección, requiere mucha motivación. Hay que estar cansado de llevar a la orilla tiburones destrozados por los colmillos de sus congéneres.“Esa lucha en alta mar y ese triste viaje de regreso a la playa que tanto se asemeja a un funeral de tercera clase, es lo que les espera a todos ustedes, aprendices de periodistas.

Pero es posible que un día enganchen al tiburón y hasta consigan llevarlo intacto a la playa. Aunque si no lo consiguen no se aflijan demasiado. Lo habrán intentado ejerciendo el más bello oficio del mundo”.El sol regaba el silencio sepulcral. Al cabo de unos minutos, una muchacha de la primera fila que había estado tomando notas como si en ello le fuera la vida levantó subonita cabeza de pelo corto y azabache y clavando unos ojazos verdes como el trigo verde en los ya mustios y siempre tristones del viejo periodista le espetó: “Profesor,en su larga carrera, ¿usted ha pescado algún tiburón?”.Rostros y hechos, tragedias y alegrías empezaron a darse porrazos en mi cabeza como si hubiesen sido pajarillos alocados por el fuego del recuerdo. París, Bogotá, Cartagena de Indias, México, La Habana se empeñaron en transmitirme algunos de esos momentos que todo periodista vive, escribe y aterriza fugazmente en las páginas de un periódico que termina sirviendo para envolver cualquier objeto.

-Sí, algún que otro tiburón he pescado. Pero cuando lo he sacado a tierra siempre se lo habían comido otros peces.El timbre del fin de la clase sonó estridentemente. La mayoría de los alumnos recogieron sus cosas y con un pequeño saludo casi avergonzado salieron corriendo haciala cafetería. El viejo recogió su libro y lo metió en la carpeta. En la primera fila, los ojazos verdes de la morena no dejaban de mirarle con simpatía.Le propuso tomar un café en la cafetería de la facultad. Y fue entonces cuando el viejo profesor recordó a un personaje de Hemingway, a aquel coronel que en Venecia pierde sus últimas ilusiones con una condesita enamorada y decidió rechazar ese rato de vida que nunca más se le presentaría.

En la portezuela del taxi que se lo llevaba hacia la vida real, ella le sonrió y, sin que él se lo esperase se le echó al cuello y le besó con infinita ternura. Un beso largo, casi casto. Un beso de despedida que ninguno de los dos olvidarían jamás.

Era el adiós de la condesita.

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