El periodista y la monja

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

He tenido la bendita suerte de conocer en este oficio de locos que es el periodismo, o que era, a gente entrañable, lo cual es bastante singular. Normalmente pasa uno la vida tropezándose con indeseables. La verdad es que también los he conocido pero como hablaban otra lengua prefiero ignorarlos. Xavier Domingo, español y catalán, podía ser un poco mentiroso, en los amplios límites de la mitomanía, ese plus que tienen todos los buenos periodistas. Bebedor y fanfarrón, tenía la calidad rara de ser un gran tipo al que nunca se le pudo atribuir una de esas guarradas tan frecuentes en esta profesión. Xavier Domingo era un enorme escritor y un periodista al que no le daba miedo más que el aburrimiento. Cuando nació el hijo de la Princesa Margarita de Inglaterra, acontecimiento mundano que esperaba el mundo entero tan lleno de majaras, mandó un URGENTE que decía MARGARITA PARIO.Nadie más que a él se le hubiese ocurrido hablar de una princesa como si lo hubiese hecho de una vaca parturienta. Su genialidad indigno y provocó una carcajada en cientos de redacciones a través del mundo. Ese era él. Ahí estribaba su genio, en atreverse a jugar con la gramática y con todo lo que le daba la gana. Porque la Real Académia usa parir solo para las hembras vivíparas.

Era famoso por su acidez al escribir y sus interminables relatos de conquistas femeninas, largos y aparatosos hasta la incredulidad.Una tarde tranquila en la que los actores de la actualidad debían de estar tomándose un descanso, Domingo entró aparentemente sobrio y acercándose a mí con unarisita suya que parecía sacar del trasfondo de sus calcetines y que siempre anunciaba una novedosa maldad me dijo: “Berro, me he enamorado de una tía que está comoun camión y que se ha vuelto loca por mí”.Y tras quitarse las gafas metálicas redondas y chiquitillas para su inmensa cara empezó a pulirlas con unos dedos enormes y cuyas uñas tenían la particularidad de estar siempre de un riguroso luto. Aquellos preparativos eran siempre señal de que la confidencia no había acabado: “Pero lo malo es que es monja”.

Soltó una de sus habituales carcajadas satánicas y se sentó ante su máquina para preparar el temario (anuncio que se envía a los periódicos) con los grandes temas de las próximas horas. Cuando me levanté para ir a cenar agarró su abrigo y con su seriedad monacal que podía querer decir cualquier cosa me arrastró hacia el ascensor: “Ven, Gordo, que te la voy a presentar. Está en la entrada”.Cuando el ascensor se detuvo en la planta baja eché una mirada al amplio vestíbulo y en una silla, modosita y calladita, había una monja bonita como la pasión. Vestía esaropa moderna que ha reemplazado hoy a las aparatosas tocas de antaño. Como una Audrey Hepburn cualquiera. Me la presentó y fuimos a cenar como siempre al Vaudeville. Era un encanto de criatura que le miraba con ojos de enamorada, como Julieta debía de mirar a Romeo antes del final de la obra. Charlamos y efectivamente era monja aunque no de clausura y me confesó que iba a dejarlo todo porque se había enamorado como una colegiala de aquel diablo de Domingo que, naturalmente, probablemente no le había referido que estaba casado con una muchacha encantadora y era padre de dos niños ya mayores.Domingo, prolífico como el propio Dumas, acababa de editar una guía de los lugares más sórdidos de Barcelona. Además de los obligados prostíbulos había un jardín enuna parte de la ciudad en la que él aseguraba que los pederastas podían encontrar fácilmente compañía.Una noche, ya a punto de terminar nuestro turno – debía de ser las once y media – atendí una llamada telefónica y una voz masculina me pidió hablar con Xavier Domingo, que en aquel momento estaba enfrascado en alguna nota sobre Camboya.

Al terminar la conversación, corta, precisa y en un tono de banquero a cliente, XD, como se le reconocía en todos los despachos que escribía – sólo en contadas ocasiones los periodistas podían firmar con su nombre y apellido pero al final del artículo tenían que dejar sus iniciales como constancia – se partía de risa, más de lo habitual.Al terminar su regodeo nos contó. Era un señor, bueno un pederasta empedernido, que había leído su guía y quería saber exactamente dónde podía cazar a niños. “Le he dado una dirección – explicó aguantándose las ganas de soltar otra risotada – para que vaya a buscar lo que quiera. Lo que no sabe ese jodido maricón es que se trata de un bar donde a estas horas está cenando media policía de Barcelona. Y el nombre que le he dado como contacto es el de un inspector que odia a los pederastas. Ya podéis imaginaros lo que va a pasar…”

En su casa de las afueras de París, Domingo cocinaba para unos cuantos amigos de vez en cuando y era una delicia.En la ventana de la cocina tenía como inquilino a una especie de pajarraco al que le tenía un real cariño y con el que entablaba largos parlamentos. Un día que estábamosdegustando la maravilla de su arte culinario empezó a hablarnos de aquel engendro de loro y ave de rapiña que campaba a sus anchas en una amplia jaula: “Este cabrónde pájaro me va a buscar un disgusto. Imagínate que ha aprendido a silbar como los policías y para la circulación en la calle cuando le da la gana”.Y antes de que tuviésemos tiempo de echarnos a reír se fue para la jaula y tras cruzar unas palabras con su huésped oímos un estridente pitazo al mismo tiempo que el estruendo de varios autos que frenaban desesperadamente. Nos asomamos por la ventana. Abajo en la calle cinco o seis coches se habían detenido abruptamente y sus conductores, furiosos, esperaban que otro silbato les dejase continuar su camino.Xavier Domingo estuvo a punto de transformarme en un periodista rico. Nos había llegado a la Redacción un guapo y esbelto muchacho, Juan Tomás de Salas, que intimó con nuestra pandilla y más especialmente con Ricardo Utrilla, que mucho después sería nombrado Presidente de la Agencia española EFE.

Más hombre de negocios que periodista, Salas venía de Canadá, donde se había casado con una joven atractiva y elegante y todas las tardes, cuando venía a tomar su servicio en la AFP, dejaba aparcado en la Rue de la Banque, esquina de la agencia, un inmenso Jaguar con interior de cuero viejo. A su lado todos parecíamos miserables, aunque también es verdad que alguna vez tuvimos que prestarle algunos francos para que diese de comer a aquel monstruo que bebía gasolina como nosotros vino tinto.Salas tenía una idea fija: montar un grupo de prensa en España. Decía, y no le faltaba razón, que mientras agonizaba el franquismo era el momento de tomar posicionesdetrás de periódicos que acompañarían a la inevitable vuelta a la democracia.Convenció a Utrilla y a Domingo para que se marchasen con él a Madrid. Yo me negué porque entonces tenía ya tres hijos y no conocía como ellos a alguien que me diese comida y cama en Madrid mientras el proyecto del Ciudadano Kane se ponía en marcha.Domingo me animó a aquella locura con los argumentos que él sabía esgrimir cuando quería algo. Finalmente yo me quedé y ellos se marcharon. Así nació el Grupo 16, que empezó con el semanario Cambio16, Diario16 y otras publicaciones que se convirtieron en un referente de la nueva prensa en España.

Y así fue también como un servidor siguió siendo un periodista de a pie mientras Utrilla se convertía en un influyente director de las publicaciones del grupo, que le llevaría hasta la presidencia de la Agencia EFE. Y Domingo quedó de delegado en Barcelona al menos por una temporada. Alguien me contaría luego que tuvo que renunciar a un cargo tan relevante porque seguía adelante con sus bromas y aficiones de París y correteaba a las secretarias como a mí una noche en que llegó con más copas de la cuenta a la Redacción de París y atufándome de olor a vino tinto barato me dijo: “Me he enamorado de ti, te voy a violar”.Por entonces yo estaba de buen ver y no me pareció tan descabellada la intención de mi compañero. Dejé viuda mi silla y empecé a correr por la inmensa Redacción jaleado por los operadores que esperaban con mucho empeño que Domingo llevase a cabo su promesa.Encaramado encima de una larga mesa metálica espere a que llegasen los refuerzos en la persona de un delegado sindical, nada menos que de la CGT, el sindicato que entonces mandaba más que la Presidencia de la República, un personaje fuera de serie, que puso punto final al intermedio haciendo que dos de sus compinches se llevaran a Domingo a tomar el fresco.Me quedó la duda de si aquello no había sido una estratagema suya para largarse a alguna cita.Muchos años después visité a Salas en su olímpico despacho de Cambio 16. Había engordado hasta lo indecible pero le quedaba esa sonrisa suya de conquistador con laque poco después se marchó para siempre siguiendo el camino obligado del cementerio.Domingo murió solo, en su casa mirando la tv, según me contaron, y Salas no sé cómo, deseo que haya sido con una copa de buen güisqui en la mano.