La enfermera que ya no sonríe

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Tuve un problema renal grave. En urgencias del hospital me recibió una enfermera chiquitita, casi una niña, con su modesto uniforme de esperanza. Me mandó que me tendiese en una camilla, muerto de miedo. Se acercó con una sonrisa que le comía las pestañas y me dijo que no tuviese miedo. Tenían que introducirme un tubo para que pudiese orinar o reventaba. Miró el objeto. Me miró y soltó otra sonrisa cuando le expliqué que sentía darle tanto trabajo porque mi instrumento era demasiado pequeñito.Volvieron a encendérsele los labios de risa: “Es perfecto…” Cuando me di cuenta ya podía orinar. Me había salvado la vida o casi. Me hospitalizaron, me operaron pero no volví a verla.Estos días en que el mundo entero tiembla con el maldito virus chino que tiene el bonito nombre de coronavirus, me la he encontrado en una revista. Probablemente no es ella. Pero tiene más o menos su edad. Está medio sentada en una cama y la cara rota de preocupación y cansancio, al lado de una mascarilla suelta. No puede más. Ninguna de ellas puede más. No hay médicos suficientes y las enfermeras trabajan sin parar. Tratan de salvar vidas. Pero el virus es por el momento más fuerte que el cariño y la voluntad de estas niñas y esos señores de bata blanca que tratan de curarnos. España es uno de los países más afectados en Europa. Antes los chinos eran solo los que tenían las tiendas baratas y que cerraban a medianoche. Luego fueron los que nos mandaron el maldito virus. Ahora China ha mandado una expedición de médicos que al parecer conocen al coronavirus por haberlo combatido ya.

Y encerrados en nuestras casas, con el miedo rayándonos el cerebro esperamos el milagro. Pero no antes de dos o tres meses. Todavía no hay vacunas. Y si eres viejo ya estás casi muerto.La gente está aterrorizada. Se acaba el alcohol, las mascarillas, se acaba la paciencia y, sobre todo, la esperanza. Han tenido que apelar a médicos jubilados para que reemplacen a los que faltan, a los que buscaron una vida mejor en otro país. Las enfermeras siguen intentando curar también y de vez en cuando, cuando no están demasiado cansadas, sueltan una sonrisa, aquella sonrisa que a mí me salvó un día. Yo creo en el cariño y en el amor como un acompañante de los medicamentos, sobre todo cuando no hay remedios que curen.

No me canso de mirar esa foto de la chiquita enfermera, al lado de la cual alguien ha escrito algo muy bonito: “Este coronavirus servirá para hacernos entender que los verdaderos héroes llevan bata y no patean un balón”. Claro, es que seguramente no habrá partidos de fútbol durante una temporada. ¿Y qué va a ser de esos futbolistas millonarios, a los que el virus les va a hacer perder millones? ¿Imaginan el drama? La chiquita enfermera no gana más de mil euros por mes, suponiendo que llegue a cobrarlos una vez que le apliquen las retenciones de rigor. Y un futbolista, un astro del balón, esos que se tiran al suelo porque le han roto un pedacito de algo y van a que los operen al fin del mundo, donde les atenderá el mejor especialista, el mejor de los mejores, el que no sirve más que para hacer eso. No, no creo que sería capaz de ponerse una bata blanca para echar una mano en la pandemia de peste de no sé qué que estamos sufriendo.

¿Pero cómo se me ocurre ni pensarlo? Qué harían esos ases del balón, esos magos de la pelota, esos inefables de la patada que a veces rompen una pierna al compañero, al otro que gana como él, dos o tres millones de euros por mes?

¿Sabe la chiquita de la foto, sí, la enfermera que parece a punto de llorar, a menos que ya se haya secado las lágrimas, cuántas cosas podrían hacer con ese dinero? Pero, claro, ella no hace más que tratar de sacar una sonrisa, quizá la penúltima, a alguien que ni no va a morir está aterrorizado porque la enfermedad es cosa del diablo. Ella no sabe, ni yo tampoco, cómo se puede ingresar un cheque de tantos ceros en un banco. Claro, qué tontería, eso lo harán por transferencia.

Ella puede estar tranquila. Sus mil francos o algo menos el cajero los contará rápidamente, no tendrá ni siquiera que esperar. Ni el director del banco le dará las gracias por ejercer el oficio que ejerce, por intentar, qué barata es la vida, que la gente siga viva. O por lo menos que un enfermo le brinde una sonrisa. Tal vez la del final de una vida.

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