El barbero de Isla Bella

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Nuestra isla africana era un refugio de deshechos de todo el mundo. Se venían porque un día en Londres, Nueva York o Dusseldorf le ofrecieron un billete barato y no pudieron resistirse a la exploración. Richard era peluquero de la vieja escuela. Había llegado de Londres cuando una mañana le dejaron ko más tiempo de la cuenta y comprendió que en el boxeo, su pasión misericordiosa, no tenía nada que hacer. Y se hizo peluquero para caballeros con tan buena suerte que de los doscientos primeros pacientes a los que sometió a su saber solo unos pocos lo buscaron durante días para rajarle el cuello. El muchacho se dijo que poco le quedaba que hacer en su país, que había sido un Imperio llenos de regimientos de chaquetas rojas que inventaron a un tal Gandhi. No solamente ya se ponía el sol en sus calles, antes preservadas de toda maldad meteorológica, sino que habían tenido que ir a buscar tierras a África, donde los mau mau y otros indígenas sin corazón quisieron pasarlos por el filo de sus espantosos cuchillos, tan enormes que se necesitaban dos guerreros para cortar una cabeza de un blanco. En la isla africana, la mía, donde aterrizó con seis hijos y una mujer recién estrenada se instaló en un local que antes había sido una taberna muy cotizada. Allí plantó sus bártulos y espero a los clientes. Pero como tenía muchos compatriotas que habían llegado huyendo de los mau mau, no le fue difícil y pronto pudo comprarse una casita en la ladera de una montaña. Eran baratas aquellas viviendas porque los promotores nunca contaban que había un volcán que cualquier día de estos se pondría en erupción, como cuando los indígenas tuvieron que nadar doce horas para alejarse de la lava.

Richard era un optimista y no había olvidado el boxeo, que había sido toda su vida. Y un día aparecieron por toda la isla carteles sobre un enfrentamiento entre el Tiger of Malasia y Pablito Cabraloca. Hubo gran expectación. La isla, que no tenía más que aburridos noruegos que se freían al sol, tomo aires de capital. El combate duró asalto y medio. Cabraloca era una bestia que había estado encerrado seis meses en un corral de la montaña por orden de la autoridad y por haberse sobrepasado con una muchacha. Todo su furor se lo llevó el peluquero.Acabó en el hospital con un desprendimiento de retina, pero en realidad no veía un carajo. Poco importaba. Había que ganar dinero y cuarenta y cinco días después ya estaba de nuevo en su peluquería, donde había más clientes que nunca, que venían sobre todo a que les contara la escabechina. Se fue acostumbrado a su visión más bien defectuosa –pero nadie sabía nada—y como conocía a toda su clientela no le costaba acicalarlos. Incluso algunos notaron que había ganado una destreza que antes no habían notado. Una mañana aburrida en la que no había ni un cliente se presentó en la peluquería un vendedor de lotería. Le llamaban Ricitos porque tenía los más bellos rizos rubios plateados de la comarca, que a las mujeres, con solo tocarlos, les provocaban espasmos llamados corrientemente orgasmos naturales y prolongados. Así lo calificaba la Academia de Medicina. . Era un chaval muy joven y aunque un poco cojo de los dos pie, pero las muchachas se peleaban por tener sus rizos rubios entre sus senos.

Se sentó en el sillón pero como el peluquero seguía sin saber hablar la lengua local, una mezcla de escandinavo antiguo y de árabe lusitano, se dijeron un hola válido en todas las lenguas. El peluquero creyó reconocer al tacto a uno de sus viejos clientes y empezó a contarle cosas de su combate en un inglés cerrado hecho para profesores universitarios.

El cabrero, que había pasado toda la noche corriendo para escapar a las mozas que lo agotaban porque no les podía escapar, se medio durmió. Cuando el peluquero le dio a entender que ya estaba servido el pobre muchacho vio horrorizado en el espejo que no le quedaba uno solo tirabuzón. Su cabeza parecía la de un presidiario de tebeo. Se cagó en toda su familia (en la del peluquero) y el otro asentía sonriendo, ya que no entendía nada. Risitos salió a la calle muerto de vergüenza pero de pronto la gente se le acercó a montones para comprarle lotería. Su cabeza pelada al cero doble encantaba a la gente. Aquella semana incluso vendió el gordo.Cuando le contaron lo que había sucedido al peluquero, creyó que había llegado su última hora. Pero en lugar de un Ricitos furioso se le echó en los brazos un pelado al cero (ya veía mejor) que le decía cosas que debían ser muy agradables. La peluquería estaba a rebosar. Todo el mundo quería el mismo peinado. A las dos semanas, provisto de ropa traída por avión expreso de Londres, el peluquero recibía a su clientela vestido de seda y encajes a la Pompadour y un sombrero muy francés con el que saludaba a todo el mundo. Cabeza pelada, escribieron los pintores en la fachada, toda adornada como nunca se había visto otra peluquería en la isla.En seis meses y ocho semanas, Richard hizo fortuna y se compró una cadena de peluquerías. Había contratado al cabrero como reclamo y el muchacho –ahora las niñas se morían por su bola de cabeza—pudo abrir una fábrica de leche que era vendida exclusivamente en las peluquerías de su benefactor. Olvidaba decirles que a los pocos meses, el peluquero de los famosos se trasladó a Hollywood, donde abrió una cadena de peluquerías y consiguió que todos los famosos se pelaran al cero, pero solo y únicamente con su maquinilla. La que dejó sin tirabuzones al cabrero. Era como rezar a Jesús en época de ramadán.